El TDAH (trastorno por déficit de atención e hiperactividad) es un trastorno del neurodesarrollo que comienza en la infancia y puede afectar la manera en que una persona mantiene la atención, controla los impulsos y regula su nivel de actividad.
Es importante saber que tener mucha energía, ser distraído ocasionalmente o ser inquieto no significa automáticamente tener TDAH.
Para realizar un diagnóstico, los síntomas deben ser persistentes, presentarse en más de un entorno, por ejemplo, casa y escuela, y afectar significativamente el funcionamiento del niño.
Más que corregir, es enseñar habilidades
El tratamiento de TDAH en la infancia no busca convertir a un niño con mucha energía en alguien que permanezca quieto todo el tiempo. El propósito es ayudarlo a desarrollar habilidades para manejar la atención, la impulsividad, la frustración y las relaciones con los demás.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda intervenciones de educación y entrenamiento para los padres y señala que pueden incorporarse estrategias cognitivo-conductuales y de habilidades sociales.
Desde esta perspectiva, la terapia conductual puede convertirse en una especie de entrenamiento para la vida cotidiana. La psicóloga Katherine Pineda explica que “el objetivo no es que el niño simplemente se porte bien o deje de moverse.
Lo que buscamos es ayudarlo a desarrollar herramientas que le permitan regular mejor su conducta, manejar la frustración, seguir instrucciones, esperar turnos, mantener la atención y desenvolverse mejor tanto en casa como en la escuela”.
Por ejemplo, si un niño interrumpe constantemente durante una conversación, el objetivo no sería castigarlo por hablar, sino enseñarle gradualmente a esperar su turno mediante instrucciones claras y refuerzos positivos.
Responsabilidad parental
La OMS recomienda el entrenamiento de padres y la coordinación con docentes como parte del abordaje del TDAH. Pineda destaca que “a los 6 años no podemos esperar que todo el cambio venga del niño. También tenemos que trabajar con los padres y, cuando es posible, con la escuela.
Les enseñamos estrategias muy concretas para establecer límites, reforzar las conductas positivas y responder de una manera más efectiva ante las dificultades”.
Medicación
La psicóloga Pineda enfatiza que en niños de 6 años en adelante “la medicación es una decisión que debe tomar el profesional médico después de evaluar al niño de manera individual.
No todos los niños necesitan exactamente el mismo tratamiento y tampoco debemos pensar que la medicación sustituye el trabajo psicológico, familiar o escolar”. Por eso, no se debe iniciar, suspender o modificar un medicamento por cuenta propia.
Además, los medicamentos pueden producir efectos secundarios y la respuesta puede variar de un niño a otro. El éxito del tratamiento tampoco debería medirse únicamente porque el niño “está más tranquilo”.
Pineda propone observar cambios concretos en su funcionamiento diario: “Tenemos que preguntarnos: ¿está logrando terminar sus actividades?, ¿puede seguir mejor las instrucciones?, ¿está teniendo menos dificultades en el colegio?, ¿mejoró la convivencia en casa?, ¿puede manejar mejor algunas situaciones que antes eran muy difíciles?”.
Estas preguntas permiten valorar si las intervenciones están produciendo beneficios que realmente importan para la vida del menor.