Mía Isabella es una pequeña de cinco años, que el pasado 4 de julio logró escuchar por primera vez la voz de sus padres, mostrando una reacción de sorpresa y felicidad que conmovió a las personas que se encontraban en la Fundación Oir para Vivir esa mañana.
La historia de Mía es una de esas de amor incansable, en la que sus progenitores nunca dejaron de tocar puertas y cruzaron el Atlántico en busca de una mejor calidad de vida para su hija.
Todo comenzó en sus primeros años de vida, cuando enfermó y su madre la llevó a consulta. Fue durante esa visita que el médico notó que la niña no respondía a los sonidos como debía y recomendó a su madre, Sendy Gómez, que le realizara estudios para determinar si existía algún problema auditivo.
“Se lo fui a hacer y nos dijeron que un nervio no se le había terminado de desarrollar, por eso no escuchaba y requería una operación”, dijo. Desde entonces, la familia, originaria de San Manuel, Cortés, inició un recorrido marcado por citas médicas, exámenes y la búsqueda constante de una alternativa para Mía Isabella.
Las consultas se acumulaban, pero la solución seguía pareciendo lejana. Hasta que el abuelo de Mía les comentó que había escuchado sobre un hospital donde podían ayudarlos.
Así fue como en 2025 llegaron a la Fundación Oír Para Vivir en San Pedro Sula. Allí comenzó un proceso integral de evaluaciones con el propósito de obtener un diagnóstico preciso y determinar si Mía podía ser candidata a un implante coclear.
Este dispositivo se utiliza en personas con pérdida auditiva severa o profunda. Aunque puede abrir una nueva posibilidad para desarrollar la audición, el implante no produce resultados de forma inmediata ni funciona por sí solo, requiere programación, controles especializados y proceso constante de rehabilitación auditiva, indicó la fundación.
Después de completar las valoraciones, la familia recibió la noticia que tanto había esperado. Gracias a las gestiones de la Fundación Oír Para Vivir y al apoyo de la Fundación García-Ibáñez, Mía viajaría a Barcelona, España, para someterse a la cirugía.
La organización Flying Angels Foundation se sumó al esfuerzo y donó los boletos aéreos para que la niña y su madre pudieran realizar el viaje, partiendo de Honduras el 1 de junio de 2026.
Diez días después, Mía ingresó al quirófano en Barcelona para recibir el implante coclear. Detrás de aquella intervención había meses de preparación, el trabajo de especialistas y el respaldo de personas y organizaciones que, mediante sus aportes, ayudaron a que la distancia y los costos no se interpusieran en el sueño de la familia.
La cirugía fue exitosa, pero todavía quedaba uno de los momentos más esperados, el encendido del dispositivo, protocolo que inició el 1 de julio y que finalmente concluyó el sábado 4 en San Pedro Sula. Un momento emotivo en el que participó el equipo de la fundación que la acompañó en este largo recorrido.
Desde entonces, Mía comenzó un proceso de terapia, para adaptarse gradualmente con los estímulos auditivos, aprender a reconocerlos y asociarlos con las voces, las personas y el mundo que la rodea.
“Viene un proceso de aprendizaje, pero verla tan fuerte nos demuestra que puede con todo. Mi mensaje para los padres que atraviesan un proceso como este es que nunca dejen de luchar por sus niños y verán que, con la ayuda de Dios, todo es posible” expresó.
La fundación compartió que para muchas familias hondureñas, acceder a este tipo de procedimiento es casi imposible, debido a sus altos costos, ya que un implante coclear puede superar los $30,000, además de los exámenes, la programación del dispositivo y terapias.
Es por ello que la Fundación Oír Para Vivir nació para acompañar principalmente a niños de uno a cuatro años que requieren este tipo de intervención y también gestiona auxiliares auditivos para personas de escasos recursos, previa valoración de su comité médico.
Mía es la segunda niña beneficiada con un implante coclear mediante las gestiones de la organización. En enero, Dany Emmanuel recibió el suyo en el hospital María, mientras que 15 pacientes más permanecen en lista de espera, cada uno con una familia que, como la de Mía, espera una oportunidad para mejorar su calidad de vida.