Mientras la actividad comercial despierta en el centro de San Pedro Sula, varios adultos mayores ya ocupan sus tradicionales sillas de lustrado. Brochas, betún y cepillos siguen siendo sus herramientas de trabajo, no por elección, sino por necesidad.
En la ciudad que concentra buena parte de la actividad económica e industrial del país, muchos hombres que dedicaron su vida al trabajo continúan laborando después de los 60 años porque nunca lograron acceder a una pensión o jubilación que les permita retirarse.
Uno de ellos es Baldino Leiva, de 66 años, quien trabaja desde que tenía seis años. Sentado junto a su caja de lustrar zapatos en la primera avenida, recuerda que después de décadas de esfuerzo sigue dependiendo de los clientes que llegan cada día.
"Para que uno tenga un seguro social, sea individual o familiar, las empresas ponen un montón de trabas. Quizás no haya la capacidad o el interés del Gobierno en hacer que uno tenga cobertura", expresa.
Hace casi un año perdió a su esposa y desde entonces vive solo, sosteniéndose con los ingresos que obtiene al lustrar calzado.
"Yo llevo todo a mi casa; se puede decir que ya solo estoy yo. Quedé, como decimos vulgarmente, como 'perro sin dueño", relata.
Aunque reconoce que el paso de los años pesa, asegura que aún tiene fuerzas para seguir trabajando.
"Todavía tengo fuerzas para dar un par de años más. En Honduras existe un mal concepto: a la persona de la tercera edad la hacen a un lado como si ya no tuviera nada que dar. Se pierde la fuerza física, pero la inteligencia, el conocimiento y la experiencia no los quita nadie", afirma.
Leiva también cuestiona que la edad se convierta en una barrera para conseguir un empleo formal.
"Los gobiernos solo miran para la gente joven. Cuando publican un anuncio piden empleados de 25 a 35 años. Yo estoy aquí trabajando desde 1970", señala.
Ubicado en la cuarta avenida, entre la primera y segunda calles del barrio El Centro, frente al antiguo Gran Hotel Sula, José Andino, de 70 años, también dedica sus días al lustrado de zapatos. Desde su puesto atiende a clientes que buscan mantener impecable su calzado, una labor que ha desempeñado durante más de dos décadas.
Para él, quedarse en casa no representa una opción.
"Siempre y cuando uno tenga salud y la voluntad de trabajar, se trabaja. Yo tengo 70 años y me siento mal si me quedo en la casa. A la una de la tarde ya me vengo a mi puesto. Aquí nos establecieron en el 2002 y ya estoy acostumbrado al trabajo", comenta.
Los lustradores permanecen durante horas en sus puestos, expuestos a las altas temperaturas y dependiendo del flujo de clientes para obtener ingresos. Muchos aseguran que nunca han recibido apoyo de instituciones públicas.
"Nunca han venido personas de instituciones a proponernos que nos van a ayudar", coinciden.
Su realidad refleja la de numerosos adultos mayores que integran la economía informal en San Pedro Sula. Sin seguridad social, pensión ni oportunidades de reinserción laboral, continúan trabajando más allá de la edad de retiro para cubrir sus necesidades básicas.
En una ciudad que impulsa gran parte de la economía hondureña, los lustradores de zapatos, vendedores ambulantes y comerciantes de mercados como Guamilito que, incluso adultos mayores de 70 y 80 años, continúan trabajando, reflejan una realidad que se repite entre miles de adultos mayores.
Lejos de limitarse por la edad, siguen levantándose cada día para ganarse el sustento, convirtiéndose en un ejemplo de perseverancia y cultura del trabajo para las nuevas generaciones. Su presencia forma parte del paisaje urbano y recuerda que, para muchos hondureños, la vejez no representa el descanso, sino la necesidad de seguir trabajando para sobrevivir.