A las 6:00 am, San Pedro Sula entra en movimiento. En un barrio residencial del sector sureste de la ciudad, Marta Guzmán enciende la luz de su cocina. Tiene 65 años. Le duelen las rodillas y también la columna. Aun así, su jornada comienza temprano, como desde hace años.
Antes de terminar de despertarse, atiende a los cuatro perros que viven con ella en casa. Allí empezó todo. Hace años, una perrita mestiza apareció frente a su puerta: desnutrida, cubierta de sarna, con la piel inflamada. Marta la curó y esperó a que alguien la reclamara. Nadie llegó. Poco después acogió a otra perra atropellada. Luego otra más. Y otra. De casos aislados nació una vocación que ya no tendría vuelta atrás.
Hoy Marta dirige, junto a sus hijas, el refugio Amor y Abrigo, en la colonia Montefresco. Una de ellas, cofundadora y presidenta del refugio, atraviesa actualmente un delicado estado de salud, lo que ha reducido la capacidad operativa del equipo y aumentado la dependencia de donaciones externas.
En 2018, una tormenta destruyó gran parte de la estructura improvisada donde albergaban a los animales. Los perros tuvieron que ser repartidos temporalmente entre amigos. Un año después, gracias a la donación de un terreno, fundaron oficialmente el refugio. Desde entonces ha crecido, y con él, el número de animales.
Hacia las 9:00 am, Marta llega al recinto con sus propios perros. Antes de bajar del vehículo, decenas de ladridos la reciben. Unos 550 perros y varios gatos viven en un espacio apenas mayor que una cancha de baloncesto. Hay cachorros, animales grandes, recién operados y enfermos. Están distribuidos en corrales separados. Bajo techos de lámina, ventiladores giran sin descanso para aliviar el calor tropical.
Lo primero son los cachorros y los más débiles. Para los recién llegados con desnutrición severa, el equipo cocina cada día varios kilos de pollo mezclado con suplementos vitamínicos.
El alimento seco llega en sacos grandes, cuando hay fondos suficientes. Mantener el refugio cuesta el equivalente a varios miles de lempiras al mes. No reciben apoyo estatal. Todo se financia con donaciones, padrinazgos y campañas en redes sociales.
Honduras cuenta desde 2015 con una ley contra el maltrato animal, que prevé multas y, en casos graves, penas de prisión. En la práctica, rara vez se aplica. Organizaciones de protección animal señalan una alta incidencia de maltratos, envenenamientos y abandonos. No existen estadísticas nacionales fiables, pero oenegés estiman que hay cientos de miles de perros callejeros en el país.
El problema es estructural
En amplias zonas de Centroamérica faltan programas masivos de esterilización. La atención veterinaria es costosa y muchas familias no pueden asumirla. La pobreza, la falta de educación y la débil aplicación de las leyes contribuyen al abandono de animales enfermos o con crías. A ello se suma la recurrencia de desastres naturales: tormentas e inundaciones destruyen viviendas, y los animales quedan atrás.
“Un hombre me dijo una vez: si no te llevas a mis perras, las dejo en la calle”, recuerda Marta. “Le respondí: si su hijo está enfermo, ¿también lo abandona?”.
Situaciones como esta forman parte de su rutina. Con frecuencia, dejan animales durante la noche frente al portón del refugio. Algunos aparecen en contenedores de basura. En una ocasión rescataron a una perra encadenada cuya cadena metálica se había incrustado en la carne. “Aullaba de dolor”, dice Marta en voz baja. “Hay momentos que me hacen llorar”.
Pese a la saturación, el equipo intenta mantener el orden. Cada adopción exige esterilización previa. Se evalúa a las familias, se solicitan fotografías del hogar y, en el caso de cachorros, videos para dar seguimiento a su desarrollo.
Marta también visita escuelas para hablar con niños sobre responsabilidad y empatía. En Navidad y Año Nuevo organizan pequeñas celebraciones en el refugio: pastel y piñatas rellenas de salchichas.
Al caer la tarde, hacia las 4:00 pm, Marta regresa a casa. Cocina algo sencillo, descansa unos minutos y juega con sus perros. A pesar del dolor, continúa. Mientras pueda caminar, se levantará cada día a las seis. Para Marta no son animales callejeros, sino seres vivos a los que nadie más quiere. Y mientras las causas estructurales en Honduras no cambien, su trabajo no disminuirá. Al contrario.