"Dejamos tirado al muerto porque los mareros salieron de las tumbas disparando con fusiles"

Hasta los cementerios han sido repartidos por pandillas. Vecinos de Rivera Hernández aseguran que algunos duermen allí, esconden armas, droga y se ocultan de la Policía

Dejamos tirado al muerto porque los mareros salieron de las tumbas disparando con fusiles
San Pedro Sula, Honduras.

El calor es pesado en la Rivera Hernández, uno de los sectores más complejos en materia de seguridad dentro de San Pedro Sula por el dominio de las maras y pandillas desde hace más de 20 años.

Pocos se atreven a hablar de lo que ocurre detrás de las esquinas y entre los pasajes de sus barrios y colonias, de las rutas de autobús que no se desvían y de los cementerios que ya no son solo lugares de descanso y respeto.

Fredy, nombre ficticio e identidad protegida por seguridad, llegó con paso medido al lugar donde se estableció la cita en las cercanías del parque central, y no es paranoia, es costumbre. Aquí, en este sector este de San Pedro Sula, mirar demasiado puede ser ser peligroso y sospechoso.

“A unos los raptaron y a otros los mataron, los territorios que pertenecían a ‘Los Tercereños’, ‘Los Vatos Locos’, ‘Los Bordeños’ y ‘Los Olanchanos’, por citar algunos ejemplos, pasaron a estar bajo el control de la MS, hoy tienen dominio casi total de estas zona”, dijo, apenas comenzando la conversación con LA PRENSA Premium.

Él ha vivido más de 30 años en el sector, ha sido testigo de su evolución violenta desde la década del 2000, ha crecido aquí, ha trabajado aquí y ha mirado cómo el territorio ha cambiado de manos entre la pandilla 18 y la Mara Salvatrucha, sobre todo durante los últimos dos años.

Cuando se le preguntó por la situación actual, Fredy no dudó, pero tampoco se relajó, posee información de primera mano sobre lo que ocurre en el corazón de Rivera Hernández.

Durante años ha sido parte de un voluntariado junto a líderes comunitarios en gestiones para salvaguardar la vida de jóvenes vinculados a pandillas y mantiene cercanía con varios de sus integrantes activos, a quienes conoce desde que eran niños y adolescentes, y que ahora son gatilleros, jefes de plazas, "banderas", distribuidores de droga, entre otros cargos dentro de las organizaciones.

Fredy explicó que, aunque antes “todos los lugares estaban controlados por un grupo específico de todos los que operaban en las fronteras, recientemente se ha liberado bastante espacio en los puntos céntricos de Rivera Hernández. El problema persiste principalmente en las zonas dominadas por la 18”, que mantiene áreas inaccesibles como las colonias La Kitur, Central, Céleo Gonzales y Cerrito Lindo".

Los placazos de las maras se concentran en las zonas más profundas de los barrios y colonias menos transitadas de Rivera Hernández, donde las patrullas policiales realizan saturaciones diarias.

Según él, la Pandilla 18 controla hasta la línea divisoria hasta la Central, mientras que la Mara Salvatrucha domina el corredor del centro de Rivera Hernández, incluyendo La Tercera, Brisas, 6 de Mayo, Llanos de Sula, El Hogar y Felipe Zelaya.

"Las zonas de la 18 están alejadas de los antiguos puntos de ataque, por ejemplo, antes no se podía circular desde la vuelta de El Chivo hacia adentro del parque, y ahora sí es posible", dijo, al tiempo que hizo una pausa, pero esa “normalidad” no es paz, es otra forma de orden, uno impuesto.

“La ruta de Rivera Hernández es tan exacta que actualmente nadie se aventura a desviarse, es una sola calle y no atraviesa territorio de la 18, solo pasa en zonas controladas por la MS. Los habitantes que viven donde está la 18 esperan afuera porque los buses no entran, y lo mismo ocurre con los taxis”, explicó durante la entrevista.

Fredy no habló de seguridad institucional, se refirió a otra cosa, a la vigilancia que mantienen permanentement los grupos pandilleriles.

“Tienen ojos en todos lados, pero quienes vivimos en el sector y nos hemos informado somos conscientes que la situación está más relajada en el centro de la Rivera Hernández”, afirmó Fredy, con un sentimiento de optimismo, pero en su voz no había orgullo, sino adaptación.

Los conflictos entre pandillas no solo trazan límites territoriales, sino que impactan de manera directa la vida cotidiana de quienes habitan estas zonas. Fredy relató que la pandilla 18, dentro de su modus operandi, suele quitar la vida a personas que ingresan sin autorización a territorios que consideran propios. En contraste, explicó que en áreas bajo control de la MS “no se delinque, no se mata ni se roba sin permiso”.

Comentó, con una naturalidad inquietante, que “en territorios de la 18, si así lo deciden, pueden asesinar a alguien o incluso un grupo de unos 10 integrantes asaltar una pulpería sin que ocurra nada, porque allí se impone su voluntad”.

“Hace poco mataron a una persona que pertenecía a ‘Los Tercereños’ y que actualmente trabajaba de manera honesta en la ruta de buses del sector, pero quizá alguien lo reconoció y terminó siendo asesinado”, lamentó.

En medio de la conversación, Fredy mencionó un aspecto que puede parecer menor, pero que no lo es: el impacto de la violencia en la economía local. En las zonas donde opera la pandilla 18, los negocios enfrentan extorsiones constantes y muchas pequeñas empresas optan por no instalarse o terminan entrando en decadencia. Por el contrario, explicó que en áreas bajo control de la Mara Salvatrucha se percibe mayor actividad comercial.

“Incluso, la 18 cobraba una ‘vigilancia’ de 300 lempiras a quienes vivían en sus zonas, y quien no pagaba era víctima de robos, pero ahora eso ya no ocurre”, detalló.

Luego, contó algo que suena cotidiano, pero que no debería serlo. Un pulpero de la colonia Central debe recorrer varias cuadras en un vehículo con paila para trasladar la mercancía hasta su despensa y poder abastecerse de refrescos. Este es apenas un ejemplo del modo de vida que enfrentan los pobladores que residen en zonas bajo el control del Barrio 18.

Cuando la conversación entró más fuerte, Fredy bajó aún más el tono, no lo exteriorizó como amenaza, sino como hecho.

“Se dan guerras cuando las pandillas ingresan a otros sectores, sobre todo porque la frontera de la Céleo es frecuentada por la pandilla 18". Hace unos meses, recordó Fredy, fueron asesinadas cuatro personas vinculadas a la MS en Cerrito Lindo, entre ellas una mujer y cuatro adolescentes. Según su testimonio, miembros de la 18 llegaron desde la Céleo e ingresaron a la zona con el objetivo específico de cometer el ataque.

“En el centro comunal de la Rivera Hernández donde antes se realizaban fiestas todos los fines de semana, esa dinámica ha cambiado debido a la presencia de las pandillas, ya que estos eventos eran frecuentados incluso por sus miembros. Hoy, las celebraciones aún se realizan, pero de forma mucho más reservada, dentro de las casas y en espacios discretos”, externó, hablando.

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Horror

El momento más inquietante llegó cuando habló de los cementerios, Fredy respiró hondo antes de seguir.

Los cementerios, según él, se han convertido en refugios y puntos estratégicos para las maras. Hizo una pausa prolongada y luego continúó rememorando varios episodios en los que pandilleros dormían sobre tumbas, almacenaban armas y drogas e incluso amenazaban a los familiares de personas asesinadas cuando los enterramientos se realizaban en territorios considerados rivales.

Los cementerios han sido señalados como espacios donde la violencia y el control de pandillas también se extienden.

“Cuando matan a alguien que ha sido pandillero y es conocido, no se genera mayor movimiento, de la morgue lo trasladan directamente al cementerio y lo sepultan”, comentó. Agregó que, en la zona, es un conocimiento común que algunos cementerios también están vinculados a las maras. “Por ejemplo, el de Los Laureles pertenece a la MS, mientras que el de Arenales y el de La Puerta son controlados por la 18”, mencionó.

Añadió que, si la MS detecta el traslado del cuerpo de un integrante de la 18 hacia su territorio, la respuesta puede llegar a ser extrema. “Esa gente no duda en matar, incluso a la familia”, afirmó.

Fredy no habló de valentía, sino de estrategia. “Hay que ser sabio”, enfatizó. “Si tengo un familiar de la 18, por ejemplo, no lo entierro en zona de la MS, porque necesitan entrar yo, mi familia y mis amigos; sería como meternos en la boca del lobo. Esta práctica se ha vuelto un conocimiento necesario y se aplica con cautela”, detalló.

Hizo una nueva pausa larga. “Viví una experiencia en el año 2017”, relató Fredy, dejando la frase suspendida en el aire. “Íbamos a enterrar a un muchacho que no era marero, pero viajábamos en un bus rotulado de la Rivera Hernández. El joven era del sector y, justo al entrar, desde las tumbas salieron miembros de la 18 con fusiles disparando; allí viven varios de ellos, tuvimos que dejar el cuerpo afuera", apuntó.

"Desde que uno ingresa al cementerio hay ´banderas´ que identifican la presencia de grupos y adentro permanecen miembros de la 18, aprovechando que la Policía no realiza operativos en ese lugar. “Esa vez empezamos a gritar y todos nos tiramos al suelo, el muerto quedó allí, se le pagó a un sepulturero para que lo enterrara, enviaron las fotos del proceso y se realizó el pago”, narró.

“Eran las 11:00 de la mañana cuando ocurrió. Esos están locos, llegan a un punto donde la droga y la maldad les barre la cabeza, dormir en un cementerio es extremo, colocan colchones y almohadas sobre las lápidas, y prácticamente tuvimos que despertarlos ese día. Muchos de ellos son pandilleros a los que andan buscando o que acaban de cometer un ilícito fuerte y se esconden en los cementerios", sostuvo.

Se quedó mirando al suelo sin dramatizar ni exagerar, solo recordando. “Hace unos dos años también llevamos a un familiar al cementerio La Puerta, desde que entramos miramos a pandilleros durmiendo sobre tumbas acondicionadas como casitas, vivían allí, incluso con colchones. Mientras llevábamos el ataúd, ellos se levantaban somnolientos y empezaban a mostrarse incómodos, nos miraban raro, salían de las esquinas, se silbaban entre ellos, solo ese día miramos a unos cuatro pandilleros durmiendo allí”, relató.

Los grupos organizados utilizan muchos cementerios porque la Policía los busca en casas, barrios y colonias, pero no en estos espacios. Según sus declaraciones, en estos lugares también almacenan armas y drogas e incluso ocupan tumbas techadas y cercadas para dormir dentro.

Alertas

En otro punto de la Rivera Hernández, el director del centro educativo Altagracia Sánchez, José Ernesto Díaz Mejía, también ha aprendido a convivir con esa realidad.

Señaló que “es difícil establecer un control general porque cada centro tiene sus particularidades, somos fundadores de la colonia y del centro educativo, y hemos acumulado diversas experiencias a lo largo del tiempo. Nuestros pilares fundamentales son la salud, la educación y la seguridad”.

La dirección del centro educativo Altagracia Sánchez trabaja con medidas preventivas y correctivas en favor de sus estudiantes ante la presencia de grupos organizados en las cercanías.

El centro básico cuenta con 12,000 metros cuadrados y seis portones, ya que atiende a cientos de niños provenientes de la Felipe Zelaya y de colonias circunvecinas del sector Rivera Hernández. “Para que un niño ingrese, lo primero es una charla; aquí no viene a hacer amistades, sino a aprender, y si detectamos que representa un riesgo, se le colocan condiciones”, explicó Díaz Mejía.

Hace unos 12 años, recordó el profesor, “hubo un alumno al que se le siguió todo el procedimiento, pero que finalmente terminó asesinado en el campo donde se ubica el área del colegio porque ya estaba vinculado a una mara. Primero huyó a México, luego regresó y se dedicaba a asaltar”, relató.

“Imagino que muchos de nuestros estudiantes simpatizan con las maras, pero que estén dentro, lo dudo, porque año con año realizamos filtros de ingreso y seguimiento. La mayoría de los jóvenes que han pertenecido a pandillas fueron mis alumnos, no fue por falta de consejo que tomaron ese camino, sino que pasaron por la institución y al final lo decidieron por su voluntad”, afirmó Díaz Mejía.

La educación sigue siendo una de las armas más poderosas para evitar el ingreso de menores a las estructuras criminales.

“Un padre de familia que había tenido un alumno aquí y cuyo hijo también estudiaba en el centro fue asesinado, lo enterraron, pero los mareros lo sacaron y terminaron quemándolo", contó el docente entre sus anécdotas.

"Con los estudiantes es distinto, a simple vista uno mira si forman o no parte de pandillas. Les explico que hay 16 cámaras que los vigilan y que quien quiera superarse tiene que sacrificarse, algunos lo entienden y otros no”, expuso.

“He tenido padres que me han pedido sacar a sus hijos porque no los dejaban pasar del otro lado o porque les daban 24 horas para abandonar la zona. También ha habido casos de estudiantes que no quisieron entrar porque los estaban esperando en alguno de los portones. Nos ha tocado hacer gestiones para que ingresen por otros portones con apoyo de los maestros”, agregó el director del centro Altagracia Sánchez.

A los maestros los respetan y eso lo agradece. Cuando surge algún problema verbal con estos jóvenes o con los estudiantes, le corresponde intervenir y orientar a los docentes para evitar que la situación escale a mayores conflictos. Hasta la fecha no se han registrado agresiones contra ningún maestro.

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Redacción web
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