"Negocié con jefes de maras en la Rivera Hernández y salvé a jóvenes que iban a liquidar"


​​​El pastor Arnold Linares, de la iglesia Bautista "Un lugar para todos", ha sacrificado su vida y la de su familia para rescatar a más de 1,000 personas de las pandillas. Tiene 25 años de realizar esa labor

Negocié con jefes de maras en la Rivera Hernández y salvé a jóvenes que iban a liquidar
  • Actualizado: 06 de marzo de 2026 a las 23:30 /
San Pedro Sula, Honduras.

“Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y tu casa”, ese versículo bíblico ha rondado la mente de un hombre y de su familia, que hace casi tres décadas decidió emprender la desafiante misión de rescatar a jóvenes atrapados por las maras y pandillas.

En algunas colonias y barrios de la Rivera Hernández, en San Pedro Sula, donde durante años ni la Policía se atrevía a entrar, ese hombre comenzó a caminar con la Biblia sobre la mano y los brazos levantados en señal de estar desarmado, consciente de que quizá no saldría vivo.

Su nombre es Arnold Linares, tiene 57 años y hace 25 decidió tocar la puerta del infierno donde comenzó todo: la casa de "Los Vatos Locos". Durante años, la historia de la Rivera Hernández se ha contado desde la sangre, pero antes de las maras, los placazos (manchas en las paredes) y los códigos territoriales, hubo polvo, migración interna y un sector que nació fracturado.

Apoyo social

LA Rivera Hernández está compuesta geográficamente por más de 100 barrios y colonias. Arnold Linares siempre busca apoyo para mantener los proyectos sociales que impulsa en la comunidad. Con los brazos abiertos da la bienvenida a cualquier organización o persona que desee acercarse a colaborar.

Llegamos al centro de alcance, justo al lado del parque central de Rivera Hernández, en una mañana donde el sol parecía querer derribar de un golpe el calor de la zona. Entre niños jugando cerca de las computadoras y adultos haciendo ejercicio en un gimnasio, apareció Arnold Linares con su esposa y una asistente joven, la prometida de uno de sus hijos.

La congregación de la iglesia que dirije está en la Rivera Hernández, uno de los sectores históricamente más difíciles de San Pedro Sula.

En el marco de nuestra cita, con 15 minutos después de lo previsto, llegó sin traje, vistiendo formal, pero sencillo, con gestos serenos y una sonrisa humilde que parecía decir más que cualquier discurso preparado.

Allí, en ese espacio que él ayudó a construir, converge un gimnasio, consejerías familiares, computadoras para niños y talleres de oficio. Este sitio parece ser un centro comunitario cualquiera, pero no lo es, muchos de esos niños son hijos de pandilleros o viven en zonas donde hace años el miedo tiene nombre propio.

Viene desde la pobreza

Apartó una botella con agua, se sentó, dio la bienvenida, mientras mantenía un teléfono celular que no dejaba de sonar. Comenzó a relatar su impactante testimonio, viajando en el tiempo hasta los años setenta, cuando nació en San Pedro Sula, en la colonia Ideal, antes de que la ciudad se convirtiera en sinónimo de violencia.

Era el mayor de seis hermanos en un hogar humilde donde la honradez era norma y el trabajo una obligación moral. Su madre era una comerciante y luchadora incansable, quien marcó la ruta familiar, pues algunos de sus hijos terminaron dedicándose al comercio, replicando el ejemplo que miraron en casa, aunque la estabilidad era frágil.

Encabeza proyectos sociales como centros de alcance para jóvenes en riesgo, donde se busca evitar que niños y adolescentes entren a las maras.

Arnold estudió en la escuela José María González Rosa; su padre trabajaba en una textilera ubicada en el centro de la ciudad, pero el empleo garantizaba lo básico, como útiles escolares, comida, techo, hasta que la fábrica misteriosamente se incendió y con el fuego se consumió también la seguridad económica.

Cuando Arnold llegó a la Rivera Hernández tenía ocho años y la certeza que ya nada sería igual. No encontró casa, solo halló cuatro postes de madera clavados en la tierra, ese era el nuevo hogar para él y su familia.

La familia había dejado atrás la colonia Ideal en San Pedro Sula, empujada por la crisis económica tras el incendio de la textilera donde trabajaba su padre. El traslado no fue una mejora, fue una caída abrupta en la escala social.

Durante meses sobrevivieron con el apoyo de vecinos, pues la pobreza dejó de ser una palabra lejana para convertirse en experiencia diaria, con techo improvisado, ingresos inestables y comida racionada.

Arnold recordó con precisión el quiebre. “Desde que llegué a la Rivera Hernández mi vida cambió, antes mi padre me daba los útiles y la empresa donde trabajaba pagaba todo, pero desde tercer grado ya no tenía cuadernos ni nada, la vida dio un giro de 180 grados”, comentó.

Ha desarrollado su trabajo de rescate y reinserción de jóvenes vinculados a pandillas.

La frase no es retórica, en sectores en expansión como la Rivera de finales de los setenta, el acceso a educación dependía muchas veces del sacrificio familiar más que del sistema público.

Cuando la familia de Linares llegó a la Rivera Hernández, el sector aún estaba lejos de convertirse en el territorio estigmatizado que hoy muchos conocen. Apenas comenzaba a poblarse y los rumores corrían más rápido que las calles de tierra. “Decían que era una zona peligrosa”, mencionó Linares, pero todavía no existían las maras.

Lo que sí había era tensión social, la Rivera Hernández estaba creciendo a partir de migraciones internas provocadas por crisis económicas, desastres naturales y desplazamientos laborales, muchas familias llegaban desde Choloma, buscando un lugar donde asentarse en la periferia de San Pedro Sula.

En medio de ese crecimiento desordenado surgieron dos líderes comunitarios que intentaron organizar a los recién llegados y dar forma al sector naciente. Ambos impulsaban proyectos de trabajo comunitario y buscaban estructurar lo que era, en ese momento, un asentamiento improvisado; sin embargo, la historia del sector comenzó a marcarse temprano por la violencia.

Su palabra funciona como refugio espiritual y su iglesia es el punto de encuentro para jóvenes que buscan abandonar la vida en las pandillas.

Con el tiempo, aquellos dos dirigentes terminaron enfrentados, la disputa escaló hasta el punto que ambos murieron, un episodio que muchos habitantes recuerdan como uno de los primeros hechos que sembraron tensión en el sector. “Prácticamente la colonia se fundó en medio de esa violencia”, relata el líder evangélico.

En el corazón del circuito permanece la estatua de Carlos Rivera Ramos, figura que da nombre a múltiples espacios circunvecinos y que simboliza los esfuerzos iniciales por construir comunidad en medio de la precariedad. Décadas después, ese mismo territorio sería imagen de una de las expansiones más complejas de las pandillas en Honduras.

La infancia de Arnold transcurrió en medio de las carencias, pero también alrededor de uno de los pocos espacios que ofrecían estructura en la Rivera Hernández de aquellos años, la escuela.

Cursó la primaria en el centro educativo Carlos Rivera Ramos, ubicado en el centro del sector. Durante aquella época era uno de los pocos lugares donde los niños de la zona podían reunirse, aprender y escapar, aunque fuera por unas horas, de las dificultades que marcaban la vida cotidiana del sector.

Ha compañadodo la salida de miles de jóvenes de las pandillas en los últimos 25 años, muchos de ellos en momentos críticos cuando estaban a punto de ser ejecutados por grupos.

Décadas después, ese mismo edificio funciona como un centro de alcance, un espacio comunitario que busca ofrecer oportunidades educativas y recreativas a los jóvenes del sector.

La secundaria la realizó en el instituto Panamericano, ubicado en el barrio Guamilito, una zona más céntrica de la ciudad. El trayecto diario implicaba cruzar la distancia que separaba dos realidades urbanas, la periferia empobrecida donde crecía la Rivera Hernández y el centro donde se concentraban más oportunidades educativas y laborales.

Como muchos jóvenes de su generación en San Pedro Sula, Arnold soñaba con llegar a la universidad, pero también consideraba dos pasiones que le abrían otras posibilidades: la música y el fútbol.

El talento deportivo llegó a ponerlo cerca de un camino distinto. Durante su juventud participó en una pretemporada dirigida por el reconocido entrenador hondureño José de la Paz Herrera, una figura histórica del fútbol nacional. Aquella oportunidad le permitió acercarse al entorno profesional del Club Deportivo Marathón, que incluso le otorgaba una media beca para continuar sus estudios.

Pero los planes de la vida eran otros. Las condiciones económicas en su hogar lo orillaron a quedarse trabajando a tiempo completo y dejar de lado uno de sus sueños.

“Éramos miserables”, lamentó Linares respecto al nivel de pobreza económica. Como el mayor de seis hermanos, sentía sobre sus hombros la responsabilidad de ayudar a sostener a la familia.

En Honduras, la mayoría de víctimas de homicidio han sido hombres jóvenes, muchos de ellos vinculados directa o indirectamente a estructuras criminales. Arnold vio eso, por lo que decidió ayudarlos.

En su casa, la situación económica era débil, su padre, un hombre humilde que trabajaba en oficios temporales, enfrentaba constantes dificultades para encontrar empleo estable. Las carencias eran tan profundas que, en ocasiones, la alimentación de la familia se reducía a lo que podían conseguir con mayor facilidad.

“Muchas veces comíamos pepino”, contó, mientras se ríe y evoca aquellos días en los que la pobreza obligaba a sobrevivir con lo mínimo.

En medio de las carencias, una escena aparentemente sencilla definiría el rumbo de la vida de Arnold. Una tarde, su madre decidió intentar una salida para aliviar la economía familiar, preparar sándwiches y venderlos en una feria. Con la esperanza de regresar con algo de dinero, ambos salieron a ofrecerlos, pero la jornada fue un fracaso, no vendieron ninguno.

La noche los encontró caminando en la bulliciosa quinta avenida, donde decidieron entrar al cine, fue entonces cuando Linares observó a un joven vendiendo baleadas en la calle.

Aquella imagen quedó grabada en su memoria, para muchos, hoy, es algo cotidiano, pero para él fue una especie de revelación, desde ese momento nació la idea de vender baleadas para ayudar a su familia.

Sin saberlo, estaba dando el primer paso hacia su espíritu emprendedor, tenía apenas nueve años cuando comenzó a vender en las calles. Desde entonces su infancia cambió para siempre, y mientras otros niños jugaban o pasaban el tiempo libre en el barrio, él trabajaba.

Su papel como misionero hondureño ha sido reconocido por agencias sin fines de lucro a nivel internacional.

Durante más de una década, desde los nueve hasta los 20 años, las ventas callejeras se convirtieron en una parte de su vida diaria. Aquella decisión temprana no solo lo obligó a madurar antes de tiempo, también dictó el momento en que, como él mismo recuerda, “perdí mi niñez y mi juventud”.

La iglesia que hoy dirige no fue siempre un templo de consuelo y guía para cientos de personas, para él, al inicio, era solo un espacio que despertaba curiosidad.

Sus primeros pasos

Un día, mientras observaba el viejo edificio y escuchaba los testimonios de los hermanos de la congregación, un misionero lo invitó a acercarse, era la iglesia bautista que, sin saberlo, representaría un antes y un después en su vida. Así comenzó a llegar con regularidad, a escuchar y a aprender sobre el evangelio.

Antes de este encuentro espiritual había pasado por un período difícil, el reclutamiento obligatorio lo había llevado al Batallón Militar, donde sirvió dos años y medio, alcanzando el grado de sargento raso. “Salí golpeado de allí y me di cuenta que necesitaba de alguien”, recordó. Ese momento de vulnerabilidad lo acercó a Dios y abrió el camino hacia su verdadera vocación.

Este es el gimnasio que funciona en el centro de alcance, por el cual se paga una módica membresía para el mantenimiento del lugar.

A los 25 años tomó la decisión que definiría su vida, la de convertirse en pastor evangélico. En apenas tres años y medio de congregarse ya ejercía el liderazgo espiritual de un templo con casi 100 miembros. Su vida personal también encontró estabilidad, pues años después contrajo matrimonio con quien hoy es su esposa.

Desde su iglesia no solo predica, sino que también envía misioneros y contribuye a la apertura de nuevas congregaciones en puntos marginales, expandiendo su labor y alcanzando a más familias, siempre con el mismo objetivo de ofrecer guía, esperanza y oportunidad a quienes más lo necesitan.

Mujeres, varias de ellas dentro de núcleos familiares asociados a pandillas, asisten para reinsertarse y aprender de belleza.

Arnold rememoró con claridad el lado este de San Pedro Sula donde creció, allí las autoridades pasadas no invirtieron en infraestructura básica, no había parques, escuelas en condiciones adecuadas ni lugares de recreación para los jóvenes, los programas sociales eran escasos.

La situación empeoró con el paso del Huracán Mitch, que afectó con fuerza a la región y dio el golpe de gracia. Fue en ese vacío social que comenzaron a aparecer las primeras pandillas.

La costura es otra de las actividades que aquí aprendren, y es un escaparate para incluirlas de una manera correcta en la sociedad.

Se convirtió en un lugar violento

Todo empezó cuando llegó a la Rivera Hernández un deportado desde Los Ángeles, Estados Unidos, traía un vídeo bajo el brazo, la película "Blood In Blood Out", conocida en los barrios como "Los Vatos Locos". La proyectaban una y otra vez, los zapatos, la ropa y la actitud, todo parecía poder.

Con un grupo de jóvenes locales comenzó a enseñarles la película y, sin proponérselo, sembró la semilla de lo que se convertiría en la mara que luego se multiplicaría en San Pedro Sula y otras ciudades del país.

El hombre era carismático y sociable, los niños y adolescentes lo observaban, admiraban su ropa y sus zapatos, y poco a poco comenzaron a seguirlo. Lo que inició como un pequeño grupo de dos o tres jóvenes fue creciendo de manera exponencial.

Finalmente aquel iniciador murió, presuntamente producto de enfrentamientos entre grupos, pero la semilla que dejó ya había echado raíces; con el tiempo, la influencia se expandió más allá de la Rivera Hernández y comenzó a masificarse.

Aparecieron nombres de bandas como "Normandy", "Garfield", "Los Aguacates", "Los Tercereños", y, más tarde, la MS-13 y el la Pandilla 18, que se expandieron como pólvora.

"La Rivera Hernández era su lugar natal, supe que estaba en el exterior y lo conocí (optó por no mencionar el nombre), solo sé que murió y su familia tampoco ya no vive aquí", dijo durante la entrevista con este medio.

Los viernes, sábados y domingos eran pesadilla, el lunes amanecía con muertos y heridos en las calles y casas destrozadas. La presión obligaba a tomar decisiones extremas, muchos miembros de su iglesia optaron por irse, incapaces de vivir bajo el riesgo constante.

Música y juegos de recreación también forman parte de lo que ofrece el centro de alcance a las familias.

Para los que quedaban, la situación era igualmente fuerte, si sus hijos permanecían en la zona se enfrentaban a la disyuntiva de permitir que se unieran a la violencia o arriesgarse a perderlos.

Fue en medio de este escenario que comenzó la verdadera misión de Arnold Linares, rescatar familias y ofrecerles un camino de esperanza. Lo que inició como preocupación personal se transformó en un compromiso profundo con su comunidad, enfrentando el peligro directamente para proteger a quienes más lo necesitaban.

La tarea no fue sencilla, sabía que cada paso que daba podía costarle la vida. En aquel momento, 18 maras operaban en la ciudad, cada una con su territorio y sus códigos de violencia.

Linares comprendió que no enfrentaba solo un fenómeno local, estaba ante un nido de grupos organizados y peligrosos, donde cada barrio y colonia tenía sus reglas y alianzas, y donde intervenir significaba arriesgar la vida.

Aquí llegan a entreternerse a diario niños y adolescentes, una medida para alejarlos de los grupos organizados.

En su lucha por proteger a la comunidad buscó apoyo en las instituciones, pidió intervención al Gobierno, a la Policía Nacional y al Ejército, pero la ayuda nunca llegó. Fue entonces cuando comprendió que el propósito estaba en sus manos y que él debía ser quien interviniera.

El momento decisivo ocurrió un domingo de 1999 mientras cenaba en casa con su esposa. En la televisión aparecieron las imágenes de más de 100 jóvenes ejecutados en el extinto presidio sampedrano y apenas media hora después se difundieron los nombres de las víctimas, entre ellos estaban amigos de Arnold, compañeros de escuela y vecinos de la cuadra.

El génesis

“Cuando miré eso me impactó, comencé a llorar”, manifestó con la voz entrecortada. En ese momento, Arnold era padre reciente de su amada Sara Linares, y la magnitud del riesgo apenas comenzaba a ser clara. Nadie le había explicado lo que significaba intervenir en el mundo de las maras, las amenazas ni los riesgos que implicaba salvar vidas en medio de un conflicto tan violento, pero fue precisamente ese dolor lo que encendió su misión.

Adentrarse en los territorios de las maras no era un juego, para Arnold significaba entrar en la colonia Brisas, controlada por "Los Vatos Locos", una banda de aproximadamente 300 miembros donde ni la Policía ni nadie más se atrevía a ingresar. Aunque era conocido como pastor en su cuadra, en este sector descubrió que su reputación no tenía peso alguno.

Fotografía: Héctor Paz / LA PRENSA

Antes de ir, habló con los miembros de su iglesia y les pidió que oraran por él, muchos temían por su vida y no querían apoyarlo, pues el riesgo era evidente; sin embargo, armado con su fe, su camisa por dentro y su Biblia grande levantada, se adentró, sabiendo que podría morir.

Al llegar, los vecinos lo observaron con desconfianza, dos muchachos vigilaban desde un cerco, y al acercarse, su corazón latía a mil por hora y cada movimiento erizaba su piel.

Saludó y dijo que venía a hablarles de Cristo, de repente, unos 80 jóvenes, varios armados, salieron desde carros viejos y casas, Arnold se encontró en medio de ellos, siendo empujado de un lado a otro, con la Biblia aún en la mano. Uno de ellos incluso sacó un punzón y se lo puso sobre la espalda para incrustárselo, la tensión era extrema, el sudor recorría todo su cuerpos y los nervios estaban al límite.

“Yo era un títere en medio de ellos”, dijo. Entonces apareció un hombre clave, el líder de la banda, totalmente tatuado, quien lo miró fijo y le exclamó: "¿Quién sos y qué hacés en mi territorio?", a lo que Arnold apenas podía hablar y respondió: "soy pastor".

El líder del grupo le reclamó que los pastores no los querían y explicó por qué. A modo de anécdota, le contó que una vez entró armado a una iglesia la noche de Navidad con la intención de matar a un rival, pero algo inexplicable lo detuvo.

Al observar a la congregación, él y los miembros de su grupo sintieron un golpe emocional al percibir rechazo por parte de las personas presentes. Incluso le confesó que, por un momento, pensó en matar al predicador que estaba al frente del culto.

Después le hizo una pregunta absurda en medio de la tensión: "¿Quiénes eran los mejores jugadores de sexto grado?", Arnold quedó desconcertado, su mente estaba dividida entre el miedo y los recuerdos, pensaba más en su vida, en el peligro que lo rodeaba y en si saldría vivo de aquel lugar, aún así hizo el esfuerzo de recordar.

Mencionó a uno de los jugadores, luego pensó en otro nombre (era él mismo), pero el tercero no lograba venir a su mente. Ese hombre con el rostro manchado le confesó seguidamente: "El otro soy yo". El ambiente de tensión se quebró por un momento, ese recuerdo del pasado, de los días de escuela y del fútbol creó una conexión humana entre ellos.

Mientras la tensión comenzaba a bajar y el diálogo apenas abría una pequeña grieta en medio del peligro, Arnold decidió proponer hablar de deporte, sabía que el fútbol era un lenguaje común y que podía acercarlo a aquellos hombres que lo rodeaban con chimbas en mano.

El ambiente era contradictorio, mientras cantaba unos coros cristianos, el miedo seguía clavado en su pecho y sentía una pequeña esperanza de que aquel momento pudiera transformarse en algo distinto.

Mientras hablaban, algunos jóvenes comenzaron a sacar papeles y objetos de sus bolsillos, de pronto, una densa humareda de marihuana empezó a llenar el aire. Arnold se quedó en medio de aquel círculo, nervioso, con el corazón acelerado y comenzó a cantar casi en voz baja: “Solo Dios hace al hombre feliz...”

Era una gráfica surrealista, un pastor cantando un coro cristiano rodeado por decenas de pandilleros armados, en una calle donde ni las autoridades se atrevían a entrar.

Aquí, Arnold aparece junto a su esposa y uno de sus hijos, quien coordina el centro de alcance.

El trato tenía un propósito claro, si aceptaban acercarse, él se comprometía a ayudarlos a organizar una liga de fútbol, una actividad que podía convertirse en un escape temporal de la violencia que dominaba sus vidas.

Linares ahora recuerda aquel momento con una leve sonrisa, asombro y extrañeza. Dijo que, entre el miedo, el nerviosismo y el ambiente cargado de humo, sentía sensaciones extrañas, como si sus orejas se agrandaran, como si sus labios se hincharan y, al regresar caminando de aquel encuentro, tenía la sensación de que la calle se movía bajo sus pies.

Aquel encuentro en las calles de la colonia no terminó en violencia, como muchos habrían imaginado, por el contrario, sembró una pequeña semilla de confianza. Antes de despedirse, Arnold les hizo una propuesta sencilla, pero audaz, que llegaran a la iglesia el miércoles de esa misma semana.

Este es el edificio que opera como centro de alcance en Rivera Hernández. Es visitado a diario por niños, mujeres y hombres adultos para recreración.

Han pasado 25 años desde aquel primer acercamiento con los jóvenes que dominaban las calles de la Rivera Hernández, desde entonces Arnold ha dedicado su vida a intentar rescatar a muchachos atrapados en el mundo de las pandillas.

Durante este tiempo, él y su familia han recibido al menos cuatro amenazas a muerte provenientes tanto de pandillas y de estructuras vinculadas al narcotráfico. Esto se derivó porque muchos jóvenes que llegaban a la iglesia decidían abandonar la violencia, dejar de transportar drogas y apartarse de las redes criminales que dominaban el sector.

Ese proceso comenzó a provocar cambios dentro de las mismas pandillas. Según relató Linares, en los años más duros llegaron a operar hasta 18 pandillas diferentes en el sector, con el paso del tiempo y tras procesos de conversión religiosa, conflictos internos y transformaciones del crimen organizado, el número fue disminuyendo, primero quedaron cuatro y hoy predominan la Mara Salvatrucha y la Pandilla 18.

“A ellos siempre les hemos enseñado valores, cuando están enfermos les ayudamos con medicinas o comida, pero no estamos de acuerdo con lo que hacen y ellos lo saben”, afirmó el pastor.

Las amenazas también pusieron a prueba a su familia, en uno de los momentos más críticos, Linares llegó a pedirle a su esposa que se marchara junto a sus hijos para protegerlos, pero ella decidió quedarse. "Mi familia me recuerda el valor que tengo, incluso después de las amenazas, al final mi esposa se quedó conmigo”, contó con satisfacción.

Situados sobre uno de los pasajes de la Rivera Hernández que conduce a la iglesia de la cual es pastor Arnold Linares.

Las intimidaciones no venían de pandilleros conocidos del barrio, sino, según explicó, de jefes que operaban desde otros lugares, líderes que observaban con recelo cómo el trabajo pastoral estaba influyendo en los jóvenes de la comunidad.

Con el tiempo, los mismos líderes a los que miró crecer desde niños y adolescentes y que terminaron saliéndose de la zona o presos, terminaron dejando instrucciones claras a sus estructuras: "No tocar al pastor ni a su iglesia.

“Es como un código entre ellos, los jefes que ya no están dejaron la orden de no meterse conmigo ni con la iglesia, pero yo sé que es Dios”, reflexiona.

El precio personal ha sido alto, Linares reconoció que la presión constante, el miedo y los años de exposición al conflicto terminaron afectando su salud, provocándole momentos de desequilibrio físico y emocional, aún así nunca abandonó su misión.

A pesar de los años de amenazas y de caminar entre territorios dominados por pandillas, Arnold aseguró que su familia ha logrado vivir con tranquilidad dentro de la comunidad. “Mi familia se siente segura, los muchachos (pandilleros) saben quiénes son mis hijos, los tratan bien y nunca nos pidieron que se involucraran con ellos”, aseveró.

Arnold contando las diversas experiencias que ha vivido y enfrentado para salvar víctimas de la violencia callejera.

Para el pastor, ese respeto no surgió de la noche a la mañana, es el resultado de años de convivencia, de visitas a los barrios y colonias, de conversaciones cara a cara con jóvenes que, muchas veces, han sido vistos únicamente como enemigos por la sociedad.

Es precisamente durante esas conversaciones donde Linares ha descubierto algo que, según dijo, se repite en las historias de los pandilleros, la ausencia de los padres."El vacío emocional más repetido en ellos es la falta de papá”, acotó.

Recordó el caso de un muchacho particularmente violento al que atendió hace algunos años, su reputación en el sector era la de alguien peligroso y con quien nadie quería hablar, pero lo que cambió todo fue algo sorprendentemente simple.

"Un día solo le di una palmadita sobre el hombro y comenzamos a conversar”, relató Linares, a partir de ese pequeño gesto el joven comenzó a abrirse. Para el pastor, esa experiencia refleja uno de los grandes errores de la sociedad, creer que con estos jóvenes no se puede hablar.

"Tenemos el concepto de que son malos y que no se puede dialogar con ellos, pero no es así, lo que hay es un vacío enorme”, insistió.

Ese vacío, arguyó, se manifiesta incluso en los momentos más cotidianos, cuando los vecinos caminan sobre las calles y miran a un grupo de pandilleros reunidos, muchas veces optan por cambiar de ruta o pasar rápidamente para evitar problemas. El gesto parece insignificante, pero para quienes viven dentro de ese mundo refuerza la sensación de rechazo.

Su iglesia ha experimentado múltiples cambios físicos durante el transcurso de los años. Es muy visitadas los domingos por jóvenes que integran pandillas.

"Ellos sienten que la sociedad no los quiere, y muchas veces solo esperan un saludo”, concluyó Linares.

Acercarse a un joven que ha matado o extorsionado no es una tarea sencilla, Arnold lo sabe bien, a lo largo de los años ha tenido que mirar de frente historias duras, cargadas de violencia y desesperanza, pero aún así dice que nunca ha dudado en tender la mano.

“No es fácil acercarse a alguien que ha hecho tanto daño, pero uno tiene que ver más allá de eso”, reflexionó. Recordó el caso de un muchacho que, según se decía en el sector, mataba por apenas 50 lempiras, era conocido por su violencia y muchos preferían mantenerse lejos de él.

Un día, Linares decidió hablarle, le dijo que podía ayudarle a encontrar trabajo, en ese momento comenzaba a operar una maquila en la colonia Felipe Zelaya y pensó que quizá podría abrirse una oportunidad.

Durante la conversación, aquel joven le contó sobre su vida, vivía en una cuartería y miraba todos los días a un vecino que llegaba a su casa con carne y demás provisiones de comida para su familia, mientras que sus hijos apenas comían frijoles y algunas veces ni siquiera eso.

El pastor lo escuchó detenidamente y luego le dijo algo que lo dejó pensando, le explicó que aquella situación era injusta, sí, pero también le señaló una verdad difícil de escuchar, mientras su vecino trabajaba para alimentar a su familia, él llevaba comida a sus hijos producto de la violencia.

El pan que comen tus hijos está manchado de sangre”, le exclamó. El joven guardó silencio, no respondió en ese momento, simplemente se levantó y se fue, pero días después regresó para manifestarle esto: “Pastor, ya no quiero esa vida”.

Linares entonces gestionó una oportunidad para él en la maquila extranjera. Cuando habló con los encargados, le preguntaron si el joven tenía tatuajes, el pastor no lo ocultó y respondió que sí, luego quisieron saber hasta dónde llegaban los tatuajes, y Linares contestó que eso podrían verlo por sí mismos cuando lo conocieran.

Solo hizo una recomendación: No lo regañen, toda su vida lo han regañado”. El joven consiguió el empleo y durante los primeros meses el pastor le dio seguimiento de cerca para asegurarse de que no abandonara el proceso.

Cuatro meses después, en un diciembre, Linares lo encontró bajando de un autobús, venía vestido con su gabacha de trabajo y sobre las manos llevaba algunas provisiones y un ventilador que había comprado. Estaba emocionado, acababa de recibir su aguinaldo, algo que nunca antes había experimentado.

Dede este púlpito predica el evangelio buscando sanar y salvar almas para Jesucristo.

Para Linares, aquel momento fue profundamente significativo, frente a él estaba un hombre distinto, un exasesino que había dejado la calle para convertirse en trabajador. “Eso me provocó una gran alegría”, recordó el predicador.

Su trabajo con jóvenes pandilleros no comenzó con sermones ni condenas, empezó, dijo, por reconstruir la autoestima de quienes han crecido creyendo que no valen nada. "Primero trabajamos su identidad, muchos de ellos no saben quiénes son”, apuntó.

En las conversaciones que sostiene con la juventud, suele contarles su historia, la infancia impactada por la pobreza, los años cuando vendía baleadas en las calles de San Pedro Sula y las noches cuando el hambre obligaba a acostarse sin haber probado bocado.

Con los años, Linares ha tenido que dialogar directamente con líderes y jefes de maras, hombres que controlan el destino de muchos jóvenes en los barrios y colonias. “Nos hemos encontrado con ellos y hablamos, me dicen que si un muchacho está en la iglesia, me asegure de que esté allí de verdad”, mencionó.

La Biblia lo ha acompañado en todo momento y su arma más poderosa para llevar el mensaje de Dios a los barrios y colonias.

Dentro de ese mundo, la decisión de abandonar la pandilla tiene condiciones estrictas, si un joven intenta mantenerse a medias, entre la iglesia y la vida criminal, el castigo puede ser fatal. “Si está a medias lo cortan (matan), no puede volver a coquetear con la pandilla ni estar en ambos bandos”, añadió el pastor.

A lo largo de los años, Linares aseguró haber tenido que negociar con líderes de distintos grupos, entre ellos la Pandilla 18 y la MS para rescatar a jóvenes en situaciones de límite o como él describió que están a punto de "liquidarlos" (matarlos). En ocasiones ha llegado cuando una víctima está a punto de ser ejecutada por una estructura.

"Les he pedido que me lo entreguen, que lo conozco y que estoy dispuesto a llevármelo para ayudarlo”, declaró, con una paz que se percibe desde sus ojos.

No siempre funciona, pero cuando ocurre, significa salvar una vida en el último segundo. "Rescatar a alguien en ese momento, cuando lo van a matar, no siempre pasa”, reconoció.

En muchos de los casos que ha enfrentado Arnold, el rescate de un joven pandillero no cuenta con el respaldo total de la familia, el miedo, el cansancio o la resignación suelen pesar demasiado.

"Generalmente la familia no está cien por ciento dispuesta a rescatar, muchas veces somos nosotros quienes intervenimos y los sacamos del área para que puedan rehacer su vida”, indicó.

Linares también ha tenido que acompañar a madres que han perdido a sus hijos por la violencia, frente a ese sufrimiento, las palabras pocas veces alcanzan. Me ha tocado decirles que la única esperanza que tenemos en esta vida es cuando uno se va con Cristo”, señaló.

Algunas de esas madres encuentran consuelo en un detalle que para ellas resulta significativo, saber que sus hijos, antes de morir, tuvieron un encuentro con la fe.Ellas me dicen que cuando su hijo estaba conmigo aceptó a Cristo y eso les da paz”, dijo.

El acompañamiento no termina allí, cuando un joven decide abandonar la pandilla, la iglesia de este pastor intenta apoyarlo durante los primeros días, que suelen ser los más difíciles. Les ofrecen comida, orientación y respaldo espiritual durante ese momento de transición en el que deben empezar de nuevo.

Para Linares, incluso, detrás de los actos más violentos existe una historia humana que muchas veces la sociedad prefiere no ver. Cuando alguien ha matado, nosotros vemos a una persona a la que le hace falta Dios”, declaró.

A su criterio, en muchos de esos jóvenes todavía se percibe una lucha interior y una conciencia que no termina de apagarse a pesar de la violencia que han vivido.

Recordó el caso de un muchacho en la parte baja del sector que participó en el asesinato de un rival pandilleril, tiempo después, el propio joven se acercó a él y confesó que estaba arrepentido: Me dijo que no tenía que haber hecho eso”.

Según el pastor, el victimario casi siempre termina escondido, tratando de huir de lo que hizo. “Ellos saben lo que han hecho”, agregó.

Después de décadas caminando entre territorios dañados por la violencia, Arnold aseguró haber visto transformaciones que antes parecían imposibles.

Reseñó, por ejemplo, el caso de un antiguo cabecilla de pandilla que hoy vive en Estados Unidos, durante años fue temido y considerado por muchos como una de las personas más violentas del sector.

Hoy, refiere Linares, ese mismo hombre es pastor. “Era una persona mala, mala... y ahora está predicando”, comentó. Historias como esa le ilustran que el cambio es posible, aunque el camino para lograrlo sea extremadamente difícil.

Para muchos jóvenes las pandillas representan algo más que violencia, significan poder, pertenencia y reconocimiento, cosas que muchas veces no encuentran en sus hogares o en la sociedad.

Por eso, una parte de su trabajo ha consistido en dialogar incluso con los líderes de las maras para recordarles que, en medio de la guerra entre barrios, parece olvidarse con facilidad que cada vida tiene valor.

“Lo más difícil para ellos es salir de la mara”, afirmó. Cuando un joven decide abandonar ese mundo no solo enfrenta el riesgo de represalias, sino también la indiferencia social. “Al final cada quien vela por su muerto y la gente termina aceptándolo así”, ironizó.

Detrás del pastor que habla con pandilleros y negocia rescates también hay un ser humano que ha cargado con el peso emocional de todo lo que ha visto. "Soy un ser humano, soy vulnerable, me da tristeza lo que miro, hay noches en que no he podido dormir y he tenido pesadillas por todo lo que he presenciado”, confesó.

Durante años esas imágenes lo acompañaron, pero hoy ha aprendido a sobrellevarlo apoyado en su fe: “Ahora doy gracias a Dios por todo”.

Ha llegado a barrios y colonias donde los jóvenes que conocía ya habían sido enterrados ha tenido y que hablar con otros muchachos que caminan por el mismo destino. Por eso, si alguno de ellos llegara a leer su historia, Linares dice que solo les pediría una cosa: “Vayan al cementerio y miren las tumbas, lean las edades de 10, 12 y 20 años... Muchos ni siquiera llegaron a los 40, no tuvieron hijos y no formaron una familia, ese no era el plan de Dios”.

Para él, el verdadero plan es otro, es vivir, construir, visitar a los padres, formar una familia y encontrar un propósito. Hoy el panorama es diferente en Rivera Hernández, existen centros de alcance, más iglesias, parques, canchas de fútbol y espacios donde los jóvenes pueden reunirse. También han surgido programas sociales y redes comunitarias, entre ellas grupos de mujeres que trabajan por mejorar la zona.

En ese proceso, su familia también ha estado involucrada, acompañándolo durante años en medio de amenazas, temores y sacrificios.

"Negocié con jefes de las maras y pedí que me los entregaran justo cuando los iban a liquidar, les dije que los conocía", mencionó sobre su labor en la Rivera Hernández.

Arnold Linares sabe que el camino de la reinserción nunca ofrece garantías, la violencia se ha convertido en una herencia generacional, incluso quienes intentan cambiar pueden terminar pagando con la vida.

Aun así, el pastor aseguró que no siente que fracasa cuando un joven que está en proceso de transformación muere. “Si uno de esos muchachos muriera mientras está en proceso de reinserción, no sentiría que fallé, porque ya recibió la palabra, pero cuando se va y yo no puedo estar allí, eso sí duele”, lamentó.

Recordó el caso de un joven que había comenzado a asistir a la iglesia y que, poco antes de morir, había tomado una decisión que para él era definitiva. Días antes de su asesinato le confesó que reconocía todo el daño que había hecho en el pasado, pero que creía haber encontrado el perdón.

“Me dijo que había hecho cosas malas, y que aunque Dios ya había perdonado sus pecados, también sabía que sus enemigos no lo habían hecho”, ejemplifica.

Decidió seguir adelante, caminaba con su Biblia sobre la mano, recorría calles e incluso entraba en lugares donde sabía que no debía estar para hablarles a otros jóvenes sobre su fe. Una mañana, mientras trabajaba en una maquila de la Felipe Zelaya fue asesinado.

Otro caso que le ha calado en su labor con los jóvenes de la Rivera Hernández es, cuando, “un día mataron a dos muchachos y yo me molesté, después me empezaron a llamar”, recordó.

Se trataba de un jefe de la pandilla, quien buscaba hablar con él, la conversación sorprendió a Linares. "Me dijeron que me pedían perdón por la muerte de ambos muchachos y les respondí que soy pastor, que estoy para ayudar a todos y que no quería que muriera nadie”, dice.

El líder le confesó que lo conocía desde niño, cuando Linares llevaba piñatas a su comunidad. La madre del joven le había pedido que nunca olvidara su rostro y que jamás hiciera daño a la iglesia, ese niño, que años atrás era apenas un infante, se convirtió en un líder de la MS-13.

Con el tiempo, Linares desarrolló un vínculo profundo con ambos grupos de pandillas. “Soy el pastor de ellos, soy como un amigo, pero si hacen algo malo no lo voy a respaldar, sé cuáles son mis límites y hasta dónde puedo llegar, pero eso no significa que soy intocable”, sintetizó.

Grupos de pandilleros llegan con frecuencia, especialmente los domingos a su iglesia, algunos lo hacen en silencio y otros simplemente se sientan a escuchar. “Ellos saben que esta es su casa”, afirmó Linares.

Aferrado a la fe

En medio de todo ese trabajo hay una prioridad que nunca pierde de vista: su familia. “Mi familia siempre será lo más valioso, si alguien tiene que dar la vida soy yo, no ellos”, manifestó con firmeza.

Esa misma relación con los jóvenes de toda Rivera Hernández le permite moverse en lugares donde otros no pueden entrar. Linares aseguró que puede caminar en cualquier colonia y barrio.

Con el paso de los años ha llegado a conocer a muchos de los miembros de las dos pandillas que aún mantienen presencia en la zona. La mayoría lo conocen desde hace décadas, otros han llegado de comunidades cercanas y apenas saben quién es.

“A muchos de ellos los he visto crecer, los conocí cuando eran niños y hoy son hombres de 30 años”, expuso.

Su trabajo con los pandilleros no se limita a la espiritualidad. Los domingos, reuniones y actividades de la iglesia se combinan con programas de reinserción, que incluye estudios, oficios, empleo, capital inicial para pequeños negocios y, en algunos casos, apoyo para salir del país.

En sus 25 años de trabajo, Arnold estima que han logrado rescatar a más de 1,000 personas. Algunos sabemos quiénes son sus familias, a otros los hemos insertado en trabajos, y lamentablemente, algunos murieron”, mencionó.

Él y su esposa viven ahora en una de las colonias más pacíficas de todo el sector.

Julia Reyes, madre de los dos hijos de Arnold Linares y esposa por 29 años, compartió desde la perspectiva de la familia lo que significa acompañar a su esposo en su labor con jóvenes de las maras.

"Ha sido un trabajo valioso para la comunidad, no sabemos ni cómo, solo sabemos que Dios ha estado allí, que Dios ha impulsado y guardado, y ha permitido todo esto. Toda la honra y la gloria es para él; hablamos de 25 años y lo recordamos como ayer”, recalcó Julia.

Sobre Arnold, describió a un hombre humilde, sin ambiciones de reconocimiento. “Mi esposo es un hombre sencillo que nunca ha buscado reconocimiento, no lo necesita, lo que necesita es que Dios siga ayudándolo para que pueda ayudar a otros”, agregó.

La influencia de Linares se extiende, incluso, a las celebraciones comunitarias, los jóvenes pertenecientes a estructuras consultan con él sobre el Día de la Madre, Día del Niño y otras festividades, y piden permiso para que las mujeres miembros de la iglesia participen.

Julia recordó que vivió en la Planeta, territorio de la Pandilla 18, y que experimentó muchas de las situaciones que su esposo enfrentó. “Los conocí de niños también”, dijo, reconociendo cómo la historia de violencia y pobreza se relacionada con la de su familia, y cómo, a través de su fe y compromiso han buscado transformar vidas en la Rivera Hernández.

La influencia del pastor Linares no se queda únicamente en Rivera Hernández, su nombre también se escucha en sectores como Chamelecón y Los Cármenes, donde, aunque su presencia es menor, conserva respeto entre las organizaciones que operan en esos territorios.

Uno de sus grandes logros es el centro de alcance ubicado junto al par del parque central de Rivera Hernández, que cuenta con un gimnasio administrado por uno de sus hijos, consejerías familiares, computadoras para niños, salas de costura y belleza. Mantiene fuertes alianzas con la Policía local, la Municipalidad y organizaciones locales e internacionales, que durante años han apoyado y financiado proyectos de alto impacto para atender a personas en situación de riesgo social.

Aquí se muestra a Arnold Linares en una de sus tantas predicaciones en los barrios más pobres y siendo acompañado por visitantes extranjeras durante su labor altruista.

Al finalizar la entrevista nos invitó a conocer su iglesia. El templo está a unas cuadras hacia adentro de la calle principal, en pleno territorio de la Mara Salvatrucha. El equipo caminó sabiendo que estaba a pocas casas de donde viven algunos de sus jefes y que, si se se avanzaba un poco más hacia el fondo, era una zona donde la vigilancia de la pandilla es fuerte.

El movimiento de gente es constante, las miradas eran curiosas, pero la presencia del pastor Arnold daba seguridad y tranquilidad. Se avanzó entre los vecinos, hasta el pastor llevó al equipo al templo; él tomó su Biblia y, por un instante, agradeció por todo lo vivido.

Era impresionante, era imposible no notarlo, pues en cada paso alguien lo saludaba: el encargado de la pulpería levanta la mano desde la puerta; el vendedor de naranjas detenía su carrito para decirle “pastor”; un hombre que caminaba tambaleante y ebrio lo reconoció y sonrió. Desde la farmacia, detrás del mostrador, también lo llamaban por su nombre y le regalaban unas paletas, incluso familiares de pandilleros activos se acercaron a estrecharle la mano.

En estas calles todos saben quién es, no hace falta que lo diga, se siente en el ambiente, en los gestos, en la forma en que la gente lo mira. Arnold Linares no solo predica en este barrio, su palabra pesa, su presencia abre puertas y su historia camina con él entre las calles de la Rivera Hernández.

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Ariel Trigueros
Ariel Trigueros
jerson.trigueros@laprensa.hn

Reportero multimedia e investigador en LA PRENSA. Más de 10 años en medios. Licenciado en Periodismo (UNAH), máster en Comunicación (UEA) y docente universitario.