“Hay resultados preocupantes”: Medisan ofrece tratamientos apelando al miedo de pacientes

Periodistas se infiltraron en la clínica haciéndose pasar como pacientes. La oferta comenzó con una consulta gratuita y terminó frente a una máquina que, sin análisis de sangre ni muestras clínicas, arrojó supuestos padecimientos para los que ofrecían tratamientos a precios poco accesibles

“Hay resultados preocupantes”: Medisan ofrece tratamientos apelando al miedo de pacientes
Tegucigalpa, Honduras.

“Hola, ¿cómo están? ¿Me regalan un minuto de su tiempo?”. La pregunta llegó en medio del ruido de un centro comercial de San Pedro Sula.

Gente caminando de un lado a otro, carritos de supermercado, conversaciones que se cruzaban. El movimiento habitual de un lugar donde nadie parece tener demasiado tiempo para detenerse.

Pero aquella joven realizó lo que el equipo de investigación de LA PRENSA Premium y EL HERALDO Plus buscaba: detenerse para infiltrarse como pacientes en la clínica Medisan.

Era de tez trigueña, vestía como personal de enfermería y sonreía mientras hablaba con una amabilidad que, en ese primer momento, no parecía tener nada que ver con una venta.

“Mi nombre es (se omite por seguridad) y quisiera comentarles que estamos regalando un examen y una consulta gratis en nuestra clínica nueva, ¿les gustaría?”

Gratis. La palabra era el gancho y la invitación parecía demasiado buena para dejarla pasar. “Suena bien, cuénteme ¿en qué consiste?”, respondí.

A pocos metros, un quiosco instalado afuera de un supermercado servía como punto de captación. Al menos cuatro edecanes, vestidos de verde y con apariencia de personal sanitario, se repartían la tarea de abordar a quienes caminaban por el lugar y otros permanecían afuera de la clínica, ubicada en una zona menos transitada del centro comercial.

La oferta era sencilla, consistía en pasar al establecimiento, realizarse unos exámenes sin costo y recibir una consulta para conocer el estado de salud sin pagar un solo lempira. Todo, aseguraron, tomaría unos 40 minutos. ¿Por qué no aceptar?

Acepté. Pero había un detalle que quienes me abordaron desconocían y es que no era un paciente común, era una periodista infiltrada, que quería conocer qué ocurría después de aceptar aquella oferta, la cual ya acumulaba varias denuncias en redes sociales y en la Dirección de Protección al Consumidor.

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El quiosco de la clínica está ubicado en un punto estratégico dentro del centro comercial, donde los edecanes abordan a potenciales clientes.

El primer filtro

La clínica lucía, a primera vista, como cualquier establecimiento dedicado a la atención de pacientes. Había cubículos, personal vestido de blanco, recepción y una dinámica aparentemente rutinaria.

Una mujer que parecía desempeñarse como enfermera se acercó y comenzó a llenar mis datos personales. Nombre, información de contacto y datos relacionados con mi situación económica.

Entonces llegó una pregunta que llamó mi atención. "¿Cuál es su salario?", preguntó. La miré. "¿Es necesario responder eso?", pregunté.

“Sí, es parte del protocolo”, respondió la mujer, con acento colombiano.

Después vino la pregunta de si utilizaba tarjetas de crédito o débito.

"Sí", respondí extrañada.

La mujer pidió que le mostrara la tarjeta, a lo que me negué.

Pero la insistencia no terminó allí. Fue entonces cuando intervino la misma joven que minutos antes me había abordado en el centro comercial.

“Enséñesela nada más, porfa. Mire que, si no, me califican mal y este es mi primer trabajo”, pidió, afligida.

La edecán atendió al equipo de LA PRENSA Premium y EL HERALDO Plus y lo invitó a ingresar a la clínica para recibir la consulta y el examen gratuitos.

La petición cambió de forma, pero no de fondo, porque sugirió ocultar los datos sensibles y mostrar únicamente el plástico con el logotipo de la tarjeta (Visa o MasterCard).

Entonces accedí. Aquel episodio ocurrió antes de cualquier examen médico, pero dejaba la pregunta de ¿por qué necesita una clínica que ofrece un examen gratuito conocer, desde el principio, cuánto gana una persona y qué tarjetas utiliza?

La respuesta comenzó a aparecer más adelante.

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Persuaden con diálogo

Después de aquel momento incómodo, un joven vestido de verde salió a la sala y se presentó como el médico que me atendería.

Pidió que lo siguiera hasta uno de los cubículos. La consulta comenzó con preguntas aparentemente habituales como los medicamentos que tomaba, antecedentes, síntomas, malestares, alimentación y otros aspectos relacionados con el estado de salud.

Pero aquel hombre tenía una habilidad particular para mantener la conversación viva: no se limitaba a preguntar y escuchar. Hacía bromas, cambiaba de tema, regresaba a una pregunta anterior y hablaba con una seguridad que hacía que el tiempo pasara sin que uno se diera cuenta.

En un momento hablaba de alimentación; después de la importancia de tomar agua; luego, de ejercicio y, casi sin transición, de relaciones sentimentales. “Yo soy de Talanga”, comentó en determinado momento, con un acento colombiano difícil de disimular.

La conversación se extendió durante aproximadamente una hora y, mientras hablaba, comenzó a explicar el método de tratamiento de la clínica.

“Acá nosotros hacemos tratamientos, pero se enfoca a la medicina natural como tal, o sea son tratamientos diferentes a los que se hacen en otros lugares, y la gente aquí viene a hacerse los tratamientos para tener una evolución”, explicó.

“Lo que hacemos es prevenir la enfermedad futura, hacer que la persona regenere su cuerpo como tal para que se pueda optimizar el funcionamiento dentro. Nosotros complementamos el tratamiento que pueda tener la persona”, agregó.

Era una conversación diseñada para que el paciente hablara. Y hablamos.

Respondí preguntas sobre mi cuerpo, mis hábitos y mis molestias. Poco a poco, el hombre parecía construir un mapa de mi salud a partir de lo que le contaba. Hasta que, después de casi una hora, llegó el momento de hacerme el examen.

El joven se inclinó hacia un maletín que estaba a sus pies, lo abrió y dentro había una máquina negra, de apariencia compacta, con un espacio destinado a colocar la mano.

“Ponga su mano encima y respire tranquilamente”, indicó. Obedecí, la mano quedó sobre el dispositivo y esperé.

No hubo extracción de sangre, muestra de orina ni agujas, es decir, ningún otro procedimiento clínico convencional, solo una mano apoyada sobre una máquina, mientras una computadora situada sobre el escritorio comenzaba a mostrar resultados.

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Diagnóstico

Los datos aparecieron en la pantalla y, con ellos, comenzó a cambiar el ambiente del cubículo.

Hasta entonces, la conversación había sido ligera, incluso entretenida, pero el hombre empezó a mirar la computadora de otra manera.

Ya no sonreía igual, señalaba determinados resultados y hablaba de niveles elevados, órganos comprometidos y deficiencias. Todo era parte del engaño para convencerme de tomar el tratamiento.

Para quien no tiene conocimientos médicos, la pantalla podía parecer convincente. Todo tenía la apariencia de un examen técnico, y mientras más señalaba el hombre, más seria se volvía la conversación.

"Hay resultados preocupantes aquí. Veamos estos niveles, no son saludables para su edad. Es urgente que hagamos algo porque están muy elevados y todo eso impacta en cada uno de sus órganos y en su bienestar”, expresó.

Mencionó que el hígado estaba comprometido, que había exceso de estrés, presión y que había problemas estomacales. Entonces llegó la pregunta que cambiaría el rumbo de la consulta. “¿Está interesada en la propuesta del tratamiento?”, consultó.

La consulta gratuita había terminado y comenzaba la venta.

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El miedo

Dije que sí. Entonces apareció otra de sus habilidades. Tomó una hoja de papel y comenzó a escribir, pero no escribía para él, escribía para mí.

Con la hoja frente a sí, trazaba las palabras de manera invertida para que pudieran leerse desde mi lado. No necesitaba detenerse, girar el papel ni corregir lo escrito, su mano avanzaba con rapidez.

Mientras escribía, hablaba; mientras hablaba, explicaba lo que supuestamente estaba ocurriendo dentro de mi organismo y la hoja terminó convertida en el escenario donde iba construyendo su explicación y el tratamiento que se necesitaba.

Habló de sueroterapias y desintoxicaciones divididas en cuatro ciclos.

El mecanismo era sencillo, ya que primero se presentaba un resultado preocupante; después se explicaba que ese resultado podría afectar el funcionamiento del organismo y, finalmente, aparecía una solución.

En ese punto, la preocupación por la salud comenzaba a mezclarse con una decisión económica.

Este es un mecanismo conocido en las estrategias de venta de alta presión, donde primero se construye una necesidad, luego se presenta el producto o servicio como la solución y finalmente se introduce la urgencia para evitar que el potencial cliente tenga tiempo de pensarlo y comparar o consultar con otra persona. Eso fue lo que ocurrió a continuación.

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La oferta

Pregunté cuánto costaba el tratamiento, entonces el joven que decía ser médico se levantó de su escritorio y salió del cubículo.

Cuando regresó, lo acompañaba un hombre de tez trigueña, de mayor edad, también vestido como personal de la clínica. El médico lo presentó como el analista financiero.

Vestía de enfermero, llevaba tatuajes y aretes y entró sonriente, con lápiz y papel en la mano. El médico volvió a preguntar: “¿Está interesada en el tratamiento?”.

"Sí", respondí.

Entonces salió y nos quedamos a solas con el supuesto analista financiero de la clínica. “Bueno, le comento que este tratamiento que le indicó el médico (se omite su nombre) es costoso”, comenzó.

El precio original, aseguró, era de 120,000 lempiras, pero había una excepción. "Usted ha sido beneficiada con la brigada de hoy, entonces el tratamiento le quedaría a un precio de L16 mil", expresó con una especie de "cantadito", también colombiano.

La diferencia podía hacer que la oferta pareciera irrepetible, pero L16,000 seguían siendo L16,000.

Dije que "se salía de mi presupuesto", pero la respuesta del analista fue inmediata al sugerir pagar el tratamiento con la tarjeta de crédito.

Expliqué que, incluso, así estaba fuera de mis posibilidades, entonces apareció otra alternativa. "Pueden pagarlo con un extrafinanciamiento de la tarjeta de crédito, pueden llevar los L16 mil a 24 meses, con cuotas aproximadas de L666", explicó en la hoja de papel.

La cifra mensual parecía mucho más pequeña que los L16,000 completos, pues era otra forma de presentar el mismo precio, ya no como una deuda de miles de lempiras, sino como una cuota mensual aparentemente manejable.

Pregunté si podíamos pagar en efectivo. "Sí, pero ahí tendría que ser completo o sino una prima de al menos L5 mil", dijo el analista.

Agradecí la oferta y dije que trataría de conseguir el dinero, a lo que respondió que el precio era de "únicamente ese día" y que "debería pensarlo bien".

Volví a rechazarla. Finalmente, sonrió, agradeció y me invitó a salir del cubículo.

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Más personas

Mientras caminaba hacia la salida, observé que en la recepción había otros pacientes, la mayoría parecían ser adultos mayores. Algunos llenaban sus datos personales mientras eran atendidos por la joven de recepción, y afuera el mecanismo continuaba siendo el mismo.

Los edecanes permanecían de pie, sonrientes, abordando a quienes caminaban frente a la clínica.

“Examen gratis”, “consulta gratis”, era la misma promesa y el mismo gancho, con personas entrando y personas esperando.

Y, en algún punto del recorrido, la posibilidad de que una preocupación relacionada con su salud terminara convertida en una decisión financiera.

La investigación de LA PRENSA Premium y EL HERALDO Plus documentó este procedimiento desde dentro para conocer cómo opera en San Pedro Sula Medisan, una clínica que fue denunciada en Colombia y que ahora utiliza un mecanismo de captación similar para atraer a potenciales pacientes hondureños, a quienes le ofrecen medicamentos naturales con diagnósticos falso.

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