A medida que avanzan y se consolidan la corrupción e impunidad -y, paralelamente, se debilitan más y más la moral y la ética pública y privada-, irrumpen y se fortalecen los antivalores, desplazando a los valores transmitidos de generación en generación.
Si antaño se rechazaba y condenaba el enriquecimiento ilícito, hoy se le admira, calificando a quienes hacen de él su medio de vida como personas inteligentes, audaces, dignas de ser imitadas, aplaudidas, exaltadas. El más reciente caso lo constituye el entusiasmo y júbilo de vecinos de El Paraíso, Copán, respecto al retorno del exalcalde de dicha comunidad, confeso de haber asesinado a cincuenta y seis personas, cómplice en actividades relacionadas con el narcotráfico. Acusado por el Ministerio Público por lavado de activos, el juez a cargo de tal caso ordenó su libertad.
Cuando la soberanía nacional es vulnerada de diversas maneras, tales intervenciones en nuestra política interna, lejos de ser condenadas, son aplaudidas. Dejó de tener vigencia el precepto de autodeterminación de los pueblos, al punto que nuestra capacidad de dirigir el rumbo y destino de la nación quedó supeditada a intereses y conveniencias foráneas, relegándonos a segundo plano, meros espectadores; dejamos de ser actores de nuestro destino.
El honor y la dignidad han desaparecido de la conciencia individual y colectiva. La tolerancia hacia las opiniones y criterios ajenos a los nuestros ha dado paso a la intolerancia y el rechazo, considerándonos poseedores en exclusiva de la verdad, desembocando en el dogmatismo maniqueo que excluye formas alternas de pensar. La capacidad de autocrítica es cosa del pasado lejano.
La convivencia pacífica, sustituida por la violencia física y verbal; la fuerza, imponiéndose a la razón y el diálogo. El uso de la agresión por encima de la concertación. Quien disiente de nuestras posiciones es el enemigo a ser derrotado a como dé lugar. La justicia, aplicada en apego a las normas jurídicas existentes, subordinada a presiones e influencias indebidas, en que el poder político y económico se impone al momento de dictar sentencia. “Poderoso caballero es don dinero”.
La ley del menor esfuerzo prevalece sobre el trabajo cotidiano, en que el sustento es alcanzado de manera honesta, no debido a la caridad y la limosna. Nuestros gobiernos apelan a las ayudas procedentes del exterior antes que al resultado del quehacer local, quedando en el papel de pordioseros dignos de lástima, suplicando compasión. De esas maneras, lejos de avanzar y consolidar lo hasta ahora logrado, experimentamos un notorio retroceso en la consolidación de la libertad y autonomía, herencia legada por nuestros ancestros desde que alcanzamos la forja de nuestra emancipación política en 1821 y 1823.
Ignoramos las lecciones históricas que el pasado nos brinda, producto del patriotismo de nuestros próceres. El sentido de identidad y pertenencia a una colectividad nacional se diluyó.
La juventud no encuentra ejemplos de civismo y honradez con los cuales identificarse, que inspiren y sirvan de ejemplo virtuoso. Se siente engañada y alienada, defraudada por la generación adulta.
¿Seremos capaces de revertir tal descenso a los abismos?
¿Aún queda espacio para rectificar o ya es demasiado tarde?
¿Hemos llegado a un laberinto existencial sin salida posible?