En actos históricos, emotivos y sobrios se aprestan 298 alcaldes y 128 diputados electos en los comicios realizados el pasado 30 de noviembre a asumir sus cargos, unos por vez primera, otros reelectos.
Hoy, 21 del corriente, el Congreso Nacional contará con una junta directiva provisional, a ser reemplazada el día 23 por la junta directiva en propiedad, luego de los cabildeos realizados por las distintas bancadas para encontrar consensos desde el inicio. Dos días después, el 25, se instalará la primera sesión legislativa.
La culminación de todo este cívico proceso, a ratos afectado por cuestionamientos y polémicas diversas respecto al funcionamiento del Consejo Nacional Electoral y el Tribunal de Justicia Electoral, el desempeño del Gobierno de Xiomara Castro y las Fuerzas Armadas, ocurrirá el 27 de enero cuando el ciudadano Nasry Asfura Zablah sea juramentado como titular del Poder Ejecutivo para el cuatrienio 2026-2030.
La ceremonia esta vez ya no tendrá lugar en el Estadio Nacional en Tegucigalpa por decisión del presidente Asfura, que desea desde el inicio de su administración evitar gastos superfluos y onerosos que afectan los ingresos fiscales con que arranca el nuevo régimen.
Ello también evitará provocaciones que no pueden descartarse por parte de militantes del partido Libre, intransigentes ante la realidad electoral, contraria a sus expectativas por decisión del soberano: el pueblo hondureño, que con su voto optó por un cambio cualitativo en la manera en que la nación debe ser conducida, tanto en su régimen interno como en sus relaciones con el mundo.
Toca ahora a las nuevas autoridades, desde el primer día, corresponder a la confianza en ellas depositada, actuando en todo momento y circunstancia con transparencia, rendimiento de cuentas, honestidad, eficiencia, compromiso con el bien colectivo, sin nunca olvidar que todas y todos, sin distinción, son administradores y servidores públicos, que estarán permanentemente bajo la mira tanto de sus compatriotas como de los medios de comunicación independientes, unos y otros pendientes de sus respectivas actuaciones y desempeños, tanto para advertir yerros como para aplaudir logros, todo como parte de la auditoría social, indispensable para el correcto funcionamiento de un sistema democrático en que el poder corresponde al soberano y no a ninguna persona, por poderosa, pudiente e influyente que sea.
A cada funcionario electo, tanto los que aquí residimos como los que viven fuera de las fronteras patrias, les deseamos total éxito en su gestión, con la capacidad para la autocrítica y la necesaria humildad para recibir la crítica sana y bien intencionada cuando corresponda.
Los triunfalismos deben quedar atrás para dar paso a la reconciliación con la oposición, el inicio de jornadas permanentes de trabajo creativo realizado en equipo, con la correspondiente delegación de funciones para evitar el excesivo y contraproducente centralismo, propio de regímenes autoritarios y caudillismos mesiánicos.