Sean niñas, niños, adolescentes, adultos, heterosexuales o afiliados a la diversidad sexual, ambientalistas, ancianas, comerciantes, abogados, retornados, policías, guardias de seguridad, motoristas, campea la cruel y cotidiana violencia -espontánea o planificada-, que en espiral ascendente va desde los asesinatos a sangre fría, perpetrados por los autores materiales o contratando sicarios, secuestros, venganzas, disputas por la posesión de herencias, masacres, ajustes de cuentas, pleitos por territorios, abusos sexuales, desalojo forzado de viviendas, torturas físicas y psicológicas: toda una gama de homicidios y lesiones.
La agresividad y saña en la ejecución constituyen algunas características, multiplicándose ante la impunidad promedio.
Impera la ley de la selva, el sálvese quien pueda.
Feminicidios incluyendo compañeras de hogar, el rechazo ante propuestas lascivas, infidelidades reales o imaginadas.
Bajo la aparente y superficial tranquilidad subyace el miedo, desde el momento que salimos del hogar para laborar hasta nuestro regreso.
Tampoco en el seno hogareño se está en paz, ya que podemos ser víctimas de extraños o de cercanos familiares.
Se mata por apoderarse de vehículos, motocicletas, armas, celulares. La codicia, celos, venganzas, el no pago de extorsión o rescate exigidos representan algunas de las causales homicidas. Un altercado verbal puede escalar de intensidad hasta desembocar en agresiones físicas.
Ante tal indefensión, la población opta bien por adquirir armaspara su autodefensa o aplicar la ley del talión: ojo por ojo, diente por diente.
Se amurallan las casas con alambre electrificado, instalando cámaras de vigilancia, como medidas preventivas que no garantizan total seguridad.
En colonias residenciales se impide la libre circulación vehicular instalando portones que restringen el acceso.
La paranoia se ha apoderado de la mentalidad individual y colectiva, convirtiéndonos en rehenes.
No debemos permitir que tal condición prevalezca bajo ninguna circunstancia, si es que aspiramos a convivir pacífica y armoniosamente en el marco del pacto social fundacional concertado por nuestros antepasados, muchas veces vulnerado; pero eventualmente restaurado.
No podemos capitular, tanto por nosotros como por nuestros descendientes, a quienes debemos heredar un ambiente pacífico, fraterno, solidario.
Caso contrario, el caos, la anarquía,la ingobernabilidad habrán triunfado.
De ahí que el reto de las autoridades de Seguridad en estos momentos es monumental.
Se tienen que revisar -y reformularlas en el caso de que sea necesario- las políticas públicas que hasta ahora se han impulsado en este campo.
Garantizar la seguridad ciudadana es un pilar fundamental para asegurar el desarrollo que tanto necesita Honduras y con ello superar problemas estructurales como la pobreza, que golpea a más del 60% de la población.