En ocasión de la inauguración del Hospital de la Universidad Católica, nuestro purpurado, monseñor Óscar Andrés Rodríguez, ha hecho un llamado y petición al sistema educativo nacional para enfrentar la escalada generalizada de violencia, presente tanto en las ciudades como en las áreas rurales.
El líder religioso ha recomendado el fortalecimiento de la enseñanza en valores éticos y morales, los mismos que deben ser inculcados a niños y jóvenes en los hogares y en las aulas de clase, simultáneamente.
Ello, nos recuerda el líder religioso, contribuirá a la forja de una sociedad pacífica, solidaria, compasiva y fraterna, propicia y conducente al bien colectivo.
La vigencia plena de los derechos humanos forma parte de la aspiración colectiva por una nación en paz consigo misma y con nuestros vecinos, suficientemente madura para reconocer los propios yerros antes de señalar los ajenos.
La sociedad actual ha trastocado la escala de valores, glorificando antivalores: disfrute del poder y la riqueza para beneficio personal; exaltación de la acumulación de capitales, sin importar los medios para adquirirlos; recurso a la fuerza antes que al arbitraje y la conciliación como medio de solución de disputas y controversias; el engaño, fraude, estafa como procedimiento para resolver juicios y demandas, con ello atropellando y violentando el ordenamiento jurídico; el hedonismo y búsqueda del placer apelando al consumo de drogas y alcohol, a la promiscuidad sexual, al libertinaje e infidelidad conyugal; el uso de la desinformación y manipulación de acontecimientos y datos fuera de contexto con el objetivo de provocar caos y confusión.
Requerimos urgentemente recuperar valores fundamentales: la unidad familiar, núcleo de la sociedad; el trabajo creativo y honesto como fuente de bienestar y prosperidad; la autoconfianza y autoestima individual y colectiva; la fidelidad y paternidad responsable; el respeto al derecho a la vida; la honradez y probidad; la justicia y responsabilidad; la convivencia armónica y pacífica; el sentido de compromiso con nosotros mismos, la familia, la patria.
Dirigiéndose a los políticos, el cardenal Rodríguez los conminó a que “usen el poder para el bien común, no a intereses políticos”.
Requerimos que los líderes hondureños brinden el ejemplo para que así la población recupere la credibilidad en ellos y ellas. Actualmente, existe una justificada percepción de duda, desconfianza, repulsa por la manera en que han encauzado los destinos nacionales, provocando mayor pobreza material y espiritual, generando polarización y antagonismo en la familia hondureña, divisionismo antes que unidad.
Las inmortales palabras de Francisco Morazán incluidas en su testamento, a pocas horas de ser fusilado, sin otorgarle el derecho a la defensa, conservan absoluta vigencia: “Excito a la juventud que es llamada a dar vida a este país, que dejo con sentimiento, por quedar anarquizado, y deseo que imiten mi ejemplo de morir con firmeza antes que dejarlo abandonado al desorden en que desgraciadamente hoy se encuentra”.