A medida que crecen nuestras ciudades se produce un fenómeno que rara vez se discute de forma explícita, pero que condiciona profundamente la vida cotidiana: la dispersión geográfica de los servicios y actividades a los que debemos acceder diariamente.
En una ciudad pequeña, o que todavía no ha alcanzado una escala metropolitana, la vivienda, los centros educativos, los lugares de compra de alimentos, los espacios de socialización y gran parte del empleo se encuentran en una proximidad razonable.
Esto no significa que todos vivan en los mismos barrios ni que no existan zonas con características particulares; siempre las ha habido.
Las personas se agrupan por cercanía al trabajo, arraigo histórico, afinidad social o conveniencia económica. Sin embargo, aun con esas diferencias, el acceso a los servicios urbanos sigue siendo relativamente sencillo y poco costoso.
Ese fue, durante mucho tiempo, el caso del Distrito Central.Hasta bien entrados los años cincuenta, Tegucigalpa y Comayagüela funcionaban como una ciudad donde la mayoría de los servicios esenciales estaban concentrados o accesibles sin depender de desplazamientos largos.
La ciudad tenía un centro definido y una periferia cercana. El transporte motorizado existía, pero no era indispensable para la vida cotidiana.
A partir de entonces, el patrón de desarrollo comenzó a cambiar de forma gradual, pero persistente.
El crecimiento urbano se expandió territorialmente y se instaló una dependencia cada vez mayor del transporte motorizado.
Los servicios, en lugar de mantenerse concentrados o replicarse de forma planificada, comenzaron a dispersarse.