Vergüenza nacional

Honduras ha cambiado desde 1982, pero persisten la pobreza, la dependencia de las remesas y la baja productividad

Por Padura, he vuelto a leer el cuento de Washington Irving, en el que “Rip van Winkle -un campesino- se duerme durante veinte años y, al despertar, debe insertarse en un mundo que ha continuado su marcha”. Fue publicado en 1918. A finales del siglo pasado, las cosas eran diferentes de las que el campesino encuentra al despertar. Los siglos XX y XXI han experimentado un avance vertiginoso, por lo que hay que imaginar el desconcierto del campesino al despertar.

Pienso en algo parecido. Si nosotros comparamos lo que había en 1982 y lo que hay ahora, las cosas han cambiado en el mundo y en Honduras. Tenemos más población que entonces. Más carreteras pavimentadas y de terracería, circulables en veranos y muy reducidas en su capacidad para permitir el transporte en los inviernos caprichosos. Más energía eléctrica que en el tiempo en que Suazo Córdova inició su gobierno. Comunicación telefónica con la casi totalidad del país. Televisión vía cable que nos permite enterarnos de lo que ocurre en el mundo al instante. Ciudades más grandes donde se puede comprar todo lo que una persona quiera. Y aeropuertos y puertos marítimos, donde llegan y salen viajeros y mercancías de Honduras hacia el mundo y desde el mundo hacia Honduras. Y el 25 % de la PEA trabajando en el exterior: en Estados Unidos, España e Italia.

No cuadra y, más bien, confunde comparar la Honduras de 1982 con la del 2026. Somos menos productivos, más dependientes del gobierno que nunca, trabajamos menos horas; y como en ningún otro tiempo, en vez de aumentar la igualdad, las diferencias entre los que comen los “tres tiempos” y las mayorías que duermen sin cenar son abismales. Somos el país más pobre del continente americano porque Haití parece haber sido eliminado de las encuestas. No producimos ni siquiera lo que nos comemos. La mayoría de las cosas las importamos y, como no tenemos el dinero para pagarlo, vivimos de milagro, de las remesas de los pobres que trabajan como esclavos en el exterior para que podamos vivir con arrestos de ricos, con una burocracia inconsecuente que pide y pide. Que cuando no se le da, se declara en huelga usando como rehenes a los pobres. Algunos expresidentes se echan agua florida torrencialmente sobre éxitos inexistentes.

“Todos sin excepción han sido inútiles”, decía Gautama Fonseca. Unos más que otros. El atraso del país en términos de autonomía es su responsabilidad. No cumplieron con su deber. No planificaron el futuro. Fueron simplemente “administradores del atraso”, acuñadores de los problemas para entregárselos ardientes al siguiente gobernante, mintiéndonos siempre. Ahora, al concluir el primer cuarto del siglo XXI, siguen haciéndolo, diciendo tonterías, creyendo que aquí nada ha pasado, que en el mundo nada ha cambiado y que, entonces, las exigencias para que cada uno de nosotros debe trabajar más, producir más y contribuir más al desarrollo son una falsedad. El discurso del país sigue siendo falso, destinado a engañarnos.

Siempre hay un pelo en la sopa. El ministro de Economía -por el que nadie daba un peso- ha dicho lo inesperado. Eddy Ordóñez Rubí, con valentía, nos ha bajado de la nube. Ha dicho que somos unos incompetentes; que no producimos lo que nos comemos siquiera y que, en vez de hacer esfuerzos para mejorar la situación, nos cruzamos de brazos. Durmiéndonos. Porque solo funcionamos gracias a las remesas. Desafortunadamente, Ordóñez solo es una golondrina que no hace verano.

Creemos que pocos harán caso de lo dicho por Ordóñez. Nos ocupamos de ello porque creemos que no podemos seguir como hasta ahora, viviendo dentro de la mentira y exhibiéndonos como una vergüenza nacional.

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