Una virtud poco popular

La templanza y la sobriedad, dos virtudes poco valoradas en una sociedad marcada por el consumo y los excesos, son claves para alcanzar una vida equilibrada

  • Actualizado: 02 de septiembre de 2026 a las 00:00 -

De las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, la última es la menos conocida y sobre la que menos se escribe. De hecho, aunque la prudencia ha sido siempre considerada la más importante, y existen razones de peso para que así sea, es de la justicia de la que más se habla y discute. Además, cuando se exige justicia, el reclamo suele centrarse en los derechos y poco en los deberes, por lo que el abordaje resulta parcial y frecuentemente condicionado por los intereses de quien la reclama.

Pero ese tema da para otra columna. Ahora quiero referirme a esa cuarta virtud cardinal que nos muestra la importancia del control racional, del uso correcto de los bienes materiales, de evitar los excesos y de mantener en su justo lugar los apetitos naturales.

Sabemos que una persona templada procura conservar un sabio equilibrio entre lo que desea y lo que objetivamente le conviene; reconoce los límites dentro de los cuales debe moverse para satisfacer sus tendencias naturales y da prioridad a la razón sobre el sentimiento, sin negar, por supuesto, la importancia de este último.

La templanza, además, tiene una hija que hoy goza de escasa popularidad y que, sin embargo, es esencial para llevar una existencia tranquila, sin estridencias, sin rebasar los límites en la búsqueda, tan humana, del placer o de la satisfacción de las inclinaciones naturales. Esta hija es la sobriedad.

Una mujer o un hombre sobrios entienden, por ejemplo, que la comida sirve para alimentarse, nutrirse, obtener la energía necesaria para trabajar, practicar deporte o desarrollarse intelectualmente. Por ello evitan hartarse, excederse en las comidas o en las bebidas.

Entienden también que el vestido sirve para cubrirse y protegerse de las inclemencias del clima, y que ello puede lograrse con una cantidad razonable de ropa; que no es necesario tener un clóset repleto para presentarse con dignidad y decoro en los distintos escenarios en los que se desenvuelven.

Una persona sobria sabe administrar su dinero: no lo malgasta, no compra lo que no necesita ni busca impresionar a nadie con los bienes que posee.

Como puede verse, la sobriedad facilita una vida serena y permite aspirar a la felicidad, objetivo último de las virtudes humanas. Sin embargo, hoy es poco popular porque se ha puesto de moda el derroche, la intemperancia, el exceso y la desmesura.

Así, nunca nos sentiremos satisfechos, sino que viviremos en un constante afán por tener más y consumir más. Y esa es una carrera que no tiene línea de llegada.

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