Una virtud capital

La reciedumbre, entendida como la fortaleza para afrontar las dificultades sin quebrarse, sigue siendo una virtud indispensable en tiempos de incertidumbre, donde la resiliencia y el carácter marcan la diferencia frente a la adversidad

  • Actualizado: 22 de julio de 2026 a las 00:00 -

Aunque se suele ver hacia los tiempos idos con cierta nostalgia y se llega a pensar que han sido mejores que los actuales, lo cierto es que todos los tiempos, todas las épocas, han tenido sus propios desafíos y sus naturales dificultades.

De ahí que, en todo momento, haya sido necesario echar mano de una de las hijas de la virtud de la fortaleza, y que se llame reciedumbre.

En el lenguaje común se dice que alguien es recio cuando es físicamente fuerte y, como imagen, tiene sentido. Una persona recia hace gala de una notable musculatura, con la que puede enfrentar sin mayor dificultad al oponente y vencerlo con rapidez.

Pero, en el plano ético, la reciedumbre consiste en no romperse, en no quebrarse ante los problemas y en superar airosos los innumerables retos que la vida nos plantea de forma casi ininterrumpida.

Una persona recia no es insensible, pero sabe recomponerse ante las adversidades y no se queda “tirado sobre la lona” cuando la vida lo ha maltratado.

Evidentemente una mujer o un hombre recios tienen mayor posibilidad de llevar una existencia serena, sin mayores sobresaltos, porque tienen los recursos para vencer el miedo o el temor ante el futuro incierto.

Hoy es necesario volver sobre esta virtud porque anda por ahí mucho “licenciado vidriera”, aquel personaje de una de las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes, que presa de un encantamiento, se creía de cristal y huía de la gente para que no lo rompieran y se transportaba sobre una carreta llena de heno por la misma razón.

Un individuo poco recio es un candidato seguro para el sufrimiento, para ser víctima de los demás y de sí mismo.

Justamente, la virtud de la fortaleza, de la que depende la reciedumbre, nos ayuda a acometer el bien y a resistir el mal. Cuando se pone en ejercicio la reciedumbre, se tienen las agallas para hacer cosas buenas y para evitar hacer las malas, aunque eso cueste y no conlleve una ventaja inmediata, sino todo lo contrario.

La convivencia cotidiana, la relación con la familia, con los colegas y con los amigos, se facilita cuando soportamos con garbo las contrariedades y no nos sentimos atacados ni infravalorados por los demás.

Problemas, malentendidos, roces, los habrá siempre. Lo importante es comportarnos como el buen deportista, que se cae, pero se levanta, se sacude y sigue jugando sin hacer drama.

A eso nos ayuda ser recios; por eso es por lo que la reciedumbre es una virtud capital que debemos ejercitar.

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