Los prejuicios, en general, no suelen ser buenos. El problema con ellos es que consisten en opinar o hacer una declaración sobre algo o sobre alguien sin tener el contexto ni la información suficientes. Por lo anterior, los prejuicios pueden ser injustos, y es mejor evitarlos o no fomentarlos.
Las personas llenas de prejuicios se acostumbran a desconfiar de los demás, a mirarlos con recelo y a actuar con poca transparencia, porque viven en un mundo de sospechas y casi siempre esperan lo peor de los demás. Claro ejemplo de un prejuicio es aquel refrán que reza: “Piensa mal y acertarás”. Refrán terrible y enemigo de la convivencia pacífica y civilizada.
Sin embargo, podemos aprender a emitir juicios, aunque no se cuente con todo el contexto o la información, sin echar tierra sobre los demás, sino, más bien, esperando cosas buenas de ellos. Este sería el buen prejuicio de siempre: pensar bien de los demás. Es decir, ante la duda sobre el comportamiento de alguien, pensar que está actuando con rectitud de intención, que a lo mejor solo se ha equivocado o ha cometido un error, pero nunca imaginar que ha procedido con maldad o con intención torcida.
Lo que pasa es que, muchas veces, los seres humanos partimos de nuestra propia perspectiva para juzgar a los demás. “El que las usa se las imagina”, dice otra sentencia popular. Aquel que vive de la trampa, que rehúye la sinceridad, que solo busca su propio beneficio, etc., llega a pensar que el resto de la humanidad se comporta de la misma manera.
Pero el individuo honesto, el que busca andar por el sendero rectilíneo, el que muestra la misma cara independientemente del público que lo observe, seguro que concluirá que los demás actúan igual.
Debe ser difícil, y tremendamente infeliz, pasarse la vida pensando que todos tienen malas intenciones, que constantemente buscan nuestro daño o que quieren aprovecharse de la gente honrada. En el mundo hay pícaros, eso lo damos por descontado, pero la mayoría de la gente, y de esto estoy firmemente convencido, es buena, no juzga por las apariencias, no desea el mal ajeno ni se complace en la desgracia del otro.Y, aunque hayamos vivido la experiencia de ser víctimas de un prejuicio, no por eso debemos perder la fe en la humanidad.
Por lo menos procuremos, en los ambientes en los que nos movemos, luchar contra los juicios adelantados o contra el pesimismo sobre la conducta ajena. Repito: cultivemos el buen prejuicio de pensar siempre bien de los demás.