Cada septiembre, la Iglesia en Honduras vuelve a poner la Sagrada Escritura en el centro de su vida pastoral. No se trata simplemente de dedicar unas semanas a promover la lectura de la Biblia ni de multiplicar cursos, entronizaciones o concursos bíblicos. El verdadero desafío es mucho más profundo: pasar de tener Biblias como adornos en casa a construir una auténtica cultura bíblica.
¿Y qué significa eso? Una cultura bíblica existe cuando la Palabra de Dios deja de ser un texto reservado para la misa, la catequesis o los grupos de oración y comienza a iluminar la manera de pensar, decidir, educar, trabajar, gobernar, perdonar y relacionarnos. No consiste en citar versículos a cada momento, sino en aprender a mirar la vida con los ojos de la Escritura.
Los católicos hemos tenido históricamente una relación intensa con la Biblia dentro de la liturgia, pero no siempre hemos desarrollado la misma familiaridad personal con ella. Escuchamos cada domingo varias lecturas, proclamamos salmos, respondemos «Palabra de Dios», pero muchas veces desconocemos el hilo profundo que une esas páginas y, sobre todo, permitimos que su mensaje quede encerrado dentro del templo. Ahí está quizá una de nuestras urgencias pastorales.
Una Iglesia bíblica no es una Iglesia de biblistas especialistas, sino una comunidad donde cada creyente puede abrir el Evangelio, comprenderlo con la ayuda de la Tradición y del Magisterio, rezarlo y confrontar con él su propia existencia.
Como recuerda san Jerónimo, cuya memoria celebramos precisamente el 30 de septiembre: «Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo».
Pero conocer la Biblia tampoco significa convertirla en un manual de respuestas rápidas. La Palabra de Dios es más exigente. Nos obliga a preguntarnos por la justicia cuando convivimos con la corrupción; por la fraternidad cuando normalizamos la violencia; por la esencia cuando las redes premian la máscara; por la dignidad humana cuando el pobre se vuelve invisible; por el perdón cuando preferimos vivir alimentando resentimientos.
Entonces, la Biblia deja de ser decoración religiosa y comienza a hacerse cultura. Como dice el salmo 119, 105: «Tu palabra es antorcha de mis pasos, es la luz en mi sendero».
Honduras necesita esa luz y esa cultura bíblica. No porque falten expresiones religiosas, sino porque muchas veces existe una distancia dolorosa entre la fe que proclamamos y la vida que construimos. Podemos ser un pueblo que invoca constantemente a Dios y, al mismo tiempo, acostumbrarnos a la injusticia, la indiferencia o la corrupción. La Sagrada Escritura viene precisamente a romper esa contradicción.
Necesitamos una generación de católicos capaces de leer la realidad desde Abraham, los profetas, los salmos, las parábolas y, sobre todo, desde Jesucristo mismo.
Este mes debería impulsarnos a recuperar un gesto sencillo: abrir cada día la Biblia, leer un pasaje, guardar una palabra y preguntarnos qué exige de nosotros hoy. Porque la Palabra no fue dada para permanecer sobre un ambón. Fue proclamada para bajar a la calle, entrar en las casas, atravesar las decisiones y formar conciencias.
Una auténtica cultura bíblica comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente qué dice la Biblia y empezamos a preguntarnos, con seriedad, qué debe cambiar en nosotros después de haberla escuchado.