Saber estar, saber convivir

Una reflexión sobre la importancia de la cortesía y las normas de convivencia como base de la educación y las relaciones humanas

  • Actualizado: 29 de abril de 2026 a las 00:00 -

Entre más años pasan, más agradezco a la familia en la que me tocó nacer por haber cuidado algo que hoy no todos valoran, pero que hace una enorme diferencia en la vida profesional y, en general, en la relación con los demás. Me refiero a esas maneras de comportarnos que facilitan nuestra interacción con otras personas y que se han dado en llamar normas de cortesía o, en lenguaje clásico, etiqueta básica. Porque no se trata de tener una conducta “versallesca”, pero sí de manifestar un comportamiento humano que nos diferencia claramente de los animales, de las bestias.

La mesa familiar, ese ámbito al que Covey, en “Los 7 hábitos de las familias altamente efectivas”, comparaba con un altar, sigue siendo el lugar en el que se nos recuerda cosas como: no hablar con la boca llena, servirse lo que se va a comer, no poner los codos sobre ella, no monopolizar la conversación, evitar las estridencias en el tono de voz, no usar palabras malsonantes, etc. En ese espacio, desde que somos muy jóvenes, se nos enseña; se nos debe enseñar, a respetar esas reglas que hacen la convivencia más agradable y que muestran nuestra consideración por el otro.

Recuerdo haber leído, hace ya muchos años, un artículo en una revista que afirmaba que las normas de cortesía eran “un resabio burgués”, y que habían sido establecidas para marcar unas “diferencias de clase”, de clase social, claro. Nunca estuve de acuerdo con aquella postura, más ideológica que otra cosa, porque siempre he valorado esas “convenciones” que lubrican las relaciones entre las personas y que evitan el maltrato y los atropellos que produce la mala educación.

Pedir permiso, disculparse por llegar tarde, pedir perdón por haber causado un inconveniente a los demás, hablar en tono amable, saber dar la mano, sentarse sin “echarse” en una silla, mantener la distancia física adecuada, dejar hablar a los demás y no interrumpirlos, llegar a tiempo, vestirse según la ocasión, evitar las procacidades en el vocabulario, etc., son, y seguirán siendo, hábitos buenos que se valoran y ayudan a conservar la civilización.

Lo que sale de nosotros es lo que llevamos por dentro. Y da pena observar a una persona que se supone medianamente educada elevar la voz cuando no hace falta o soltar una palabra o frase desafortunada fuera de contexto.

Hagamos el esfuerzo por ser corteses, por hacer agradables nuestras interacciones con otras personas, por comportarnos como seres humanos; que eso somos.

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