Hay varios refranes, esos que tan bien resumen la sabiduría popular, que nos advierten de la importancia de saber callar. Hay uno que dice que “en boca cerrada no entran moscas”, otro que señala que “el que mucho habla, mucho se equivoca”, y un tercero que sentencia que “calladitos nos vemos más bonitos”.
Y es que saber guardar silencio, saber cuándo hablar y cuándo no hacerlo, además de ser una manifestación de la virtud de la prudencia, la madre de todas las virtudes, “genitrix virtutum”, le decían los latinos, es una muestra de inteligencia, de sagacidad, incluso. Una persona sabia sabe cuándo abrir la boca y cuándo cerrarla; cuándo emitir su opinión y cuándo reservársela.
Como ya les he contado en más de una ocasión, a lo largo de mi vida he procurado apegarme a dos principios que me han ahorrado vergüenzas y disgustos: el primero consiste en no ofrecer mi punto de vista mientras no me lo pidan, que es lo mismo que no opinar cuando nadie me lo ha solicitado. Así he evitado que se me califique como “metiche”, “zampalimones”, dicen en mi pueblo. Porque si a alguien le interesa saber qué pienso sobre algún asunto, ya me lo preguntará sin que yo me adelante.
Y el segundo es el de no preguntar sobre aquello de lo que no me han hecho partícipe. Con lo cual, he mortificado mi curiosidad y no me he enterado de lo que no tengo por qué saber.
Además, saber callar nos abre a la oportunidad de observar serenamente el mundo y lo que en él sucede; nos permite reflexionar con profundidad y nos ayuda a recoger los sentidos, algo tan importante para darle sentido y hondura a la existencia.
La gente ruidosa, la que opina sobre todo y no para de hablar, no deja de ser un fastidio. Cuando alguien quiere que se conozca lo que piensa a cada momento y en cada circunstancia, acaba por dejar de ser tomada en serio, y los demás terminan por oírla, pero no escucharla.
Es decir, perciben la cadena de fonemas, pero ignoran lo que dice.
Nunca hay que olvidar que antes de hablar hay que pensar, y pensar en serio toma tiempo. Un individuo verdaderamente listo sabe callar, y no habla mientras no tenga todos los datos en la mano y clara conciencia de que lo que va a decir tiene sentido. La vida me ha enseñado que, muchas veces, es mejor pasar por “tonto” que ser de verdad insensato.