En la cocina de la casa de mi infancia y adolescencia, en Juticalpa, había una pequeña piedra de río, lisa y sólida, sin arista alguna, que servía para machacar sobre todo ajos con los que se condimentaban muchas comidas. Aquella piedra seguramente había sido llevada por la corriente, había rodado a saber cuánto tiempo y cuántos kilómetros y, a punta de chocar contra otras, había perdido sus aristas y se había vuelto suave al tacto y bastante útil.
La imagen de la piedra lisa de río, convertida en utensilio de cocina, me ha servido muchas veces para reflexionar sobre cómo las aristas de los demás, los defectos de los otros, pueden y deben ser aprovechados para la propia mejora personal.
En nuestro rodaje por la vida es natural que vayamos alternando con personas que tienen otra perspectiva, que se comportan de manera distinta, que muestran diversos caracteres y humores, y que nos obligan a echar mano de virtudes como la tolerancia o la paciencia y que, por lo tanto, nos ayudan a crecer como seres plenamente humanos. Y digo plenamente porque solo aquellos que son capaces de respetar las diferencias, de reconocer la riqueza que radica en la diversidad de gustos y conductas, son capaces de asumir su humanidad y percibir la de los demás.
Si todos fuéramos iguales, si hubiera uniformidad en lo opinable, este mundo no sería mundo. Si todos estuviéramos “cortados con la misma tijera”, nos perderíamos la oportunidad de conocer otros puntos de vista, de enriquecernos con las experiencias ajenas, de limar nuestras aristas.
Los demás, igual que nosotros, ya lo dije la semana pasada, tienen defectos. Pero esas carencias tan humanas no deben convertirse en muros infranqueables que nos lleven a aislarnos o marginar a nadie. Más bien, las aristas ajenas deben servirnos como lija que nos ayude a volvernos lisos, como la piedra de mi cocina materna; suaves, delicados en el trato.
Claro, solo vamos a estar dispuestos a convertir los defectos ajenos en oportunidades educativas si no nos creemos perfectos, si no nos consideramos la medida de todas las cosas. Y eso exige cierta dosis de humildad; ese hábito ético no siempre bien entendido. Porque la persona humilde es consciente de sus falencias y, por lo mismo, acepta las de los demás, y así se pone en situación de aprovechar lo que el otro o la otra le ofrecen para esforzarse por ser un mejor ser humano.