Toda revolución comienza con un ruido que pocos saben escuchar. En la Inglaterra de 1811, ese ruido fue el crujido de la madera astillándose en la madrugada. Hombres encapuchados entraban a los talleres de Nottingham y destrozaban los telares mecánicos con martillos, mazas y una furia que la historia decidiría llamar barbarie.
Los llamaron luditas, seguidores de un tal Ned Ludd, que quizá nunca existió, y durante dos siglos los condenamos como fanáticos que odiaban el progreso, brutos incapaces de comprender el porvenir, enemigos pintorescos de la máquina y del futuro.Mentira. Los luditas no eran ignorantes ni cobardes.
Eran artesanos calificados, tejedores diestros que comprendían perfectamente la tecnología que destruían. No rompían los telares porque temieran a la máquina; los rompían porque comprendían, con una lucidez que nosotros hemos perdido, que la máquina llegaba para enriquecer a los dueños del taller mientras condenaba a sus familias al hambre.
No protestaban contra el progreso, protestaban contra el reparto de su botín.Vuelvo a ellos porque sospecho que estamos a punto de volverlos a necesitar. Lo digo sin alarmismo y sin profecías baratas: en los próximos cinco años veremos un cambio estrepitoso, vertiginoso, casi brutal. La inteligencia artificial no viene por el campesino ni por el albañil, viene por el oficinista. Viene por quien se sienta frente a una pantalla a redactar, a contabilizar, a organizar, a calcular, a clasificar expedientes y traducir documentos.
El trabajo que durante décadas vendimos a nuestros hijos como el camino seguro hacia la clase media -estudia, gradúate, consigue un escritorio- es precisamente el más expuesto al filo de esta nueva guadaña digital.Y aquí conviene escuchar a Carl Benedikt Frey, economista de Oxford, que en la trampa de la tecnología hizo lo que nadie quiere hacer: mirar la letra pequeña del progreso.
Frey documenta una verdad incómoda: la Revolución Industrial sí generó una riqueza descomunal, pero pasaron tres generaciones antes de que esos frutos llegaran al trabajador común. Tres generaciones. Mientras los economistas celebran el largo plazo, las personas viven y mueren en el corto. Y la pregunta decisiva, advierte Frey, nunca fue si la máquina llegaría, sino quién tendría el poder político para repartir lo que la máquina produce.
Esa es la lección que Honduras no puede darse el lujo de ignorar.Porque somos un país que apenas alcanzó a industrializarse y ya enfrenta la desindustrialización del conocimiento. Un país donde el joven que estudió administración, contaduría o derecho creyó haber comprado un seguro contra la pobreza, sin saber que compraba un boleto hacia la obsolescencia. ¿Qué haremos cuando el algoritmo redacte el contrato, audite la planilla y traduzca el expediente por una fracción del salario de quien hoy lo hace? ¿Quién protegerá al catracho de escritorio cuando descubra que su diploma se volvió ceniza?
No propongo romper los servidores ni incendiar los centros de datos. Sería repetir el error que los propios luditas no cometieron: confundir a la máquina con su dueño. La inteligencia artificial, como el telar, no es el villano.
El villano es la indiferencia con que una élite reparte las ganancias del progreso mientras le entrega al pueblo, religiosamente, el costo.Los luditas perdieron porque carecían de poder político. Esa, y no su martillo, fue su verdadera derrota.Así que la pregunta no es si la tormenta viene.
La tormenta ya está aquí, golpeando la ventana. La pregunta es otra, más antigua y más nuestra: cuando la máquina multiplique la riqueza de unos pocos, ¿tendremos nosotros la voz, la organización y la valentía para exigir nuestra parte? ¿O volveremos a aprender, demasiado tarde, que el progreso jamás reparte solo lo que produce?