Antes, el periodista luchaba principalmente contra la censura, el silencio impuesto o la falta de acceso a la información. Su tarea consistía, muchas veces, en abrir puertas cerradas, preguntar donde nadie quería responder y publicar aquello que el poder prefería mantener oculto. Esa lucha no ha desaparecido. En Honduras y en muchas democracias frágiles sigue viva, aunque ahora pueda presentarse con otros rostros: presión, amenaza, descrédito, precariedad, ataques digitales o intentos de convertir la crítica en enemistad.
Pero hoy el periodismo enfrenta también una amenaza distinta: la sobreabundancia de mensajes falsos, manipulados, emocionales o interesados que circulan más rápido que la verificación. Ya no vivimos solamente en sociedades donde falta información. Vivimos también en sociedades saturadas de contenidos que parecen informar, pero confunden; que parecen opinar, pero manipulan; que parecen denunciar, pero a veces solo buscan destruir.
Esa es una de las grandes pruebas del periodista contemporáneo. En tiempos de desinformación, su trabajo no consiste únicamente en publicar primero, sino en verificar mejor. No consiste solo en tener voz, sino en sostener criterio. No consiste únicamente en narrar lo que ocurre, sino en ayudar a la sociedad a distinguir entre el hecho, el rumor, la propaganda, la emoción y la mentira bien empaquetada.
Por eso, este 25 de mayo, Día del Periodista, no debería ser solo una fecha para felicitar un oficio. Debería ser también una oportunidad para preguntarnos qué lugar ocupa la verdad en nuestra vida pública. Porque cuando se debilita el periodismo, no pierde solo el periodista: pierde el ciudadano que necesita saber antes de decidir, pierde la democracia que requiere vigilancia y pierde la sociedad que necesita conversar sobre la realidad, no sobre ficciones convenientes.
También es cierto que la libertad de expresión exige responsabilidad. No todo lo que se publica informa. No toda opinión ilumina. No toda denuncia construye. El periodismo digno necesita independencia, pero también rigor; libertad, pero también ética; valentía, pero también método.
En una época donde cualquiera puede publicar, el periodista sigue teniendo una misión irremplazable: ordenar el ruido, contrastar versiones, incomodar al poder cuando sea necesario y recordar que la verdad no siempre grita, pero siempre importa.
Antes se intentaba callar la verdad. Hoy, muchas veces, se intenta ahogarla en ruido. Por eso el periodismo todavía importa.