Para conducirse siempre con apego a la ética es fundamental tener una conciencia bien formada. Esa brújula que nos señala siempre hacia el norte y que nos alerta si actuaremos o hemos actuado bien o mal, debe funcionar correctamente y no dar señales equívocas, y mucho menos aplaudir cuando hemos cometido una fechoría ni permanecer dormida cuando debería estar más que despierta.
La conciencia es el primer punto de referencia para determinar cómo nos hemos comportado; si hemos buscado el bien objetivo o nos hemos dejado llevar por los impulsos o por la personal conveniencia.
Lo que sucede es que, en el lenguaje cotidiano, se hacen una serie de valoraciones equivocadas sobre el concepto de conciencia o se tiene una visión totalmente errada de ella. Así, no falta quien diga “allá él, o ella, y su conciencia”, y con eso basta para justificar cualquier barbaridad, cualquier trastada.
Sucede que para vivir de acuerdo con la norma ética hay que tener una conciencia bien formada, y evitar tener una conciencia perpleja, una laxa o relajada, o una cauterizada, para hacer uso de la clasificación clásica.
Se tiene una conciencia perpleja cuando no se tiene claridad sobre la bondad o maldad de una acción. Este tipo de conciencia denota un pobre proceso de formación y una falta de guía adecuada en la familia y en la sociedad para reconocer cuando atinamos y cuando erramos en el plano ético o moral. La perplejidad en lo ético nos pone en riesgo de equivocarnos y dar “palos de ciego” en nuestra conducta diaria.
Una persona con una conciencia laxa es, como su nombre lo dice, la que deja hacer y deja pasar todo. Para esta persona todo está bien, no importa el daño que se haga ni las consecuencias de los actos propios y ajenos. En el fondo, es alguien que prefiere no juzgar para no ser luego juzgado. Una veleta en el plano moral podría ser una buena imagen de esta conducta.
Y, finalmente, tiene una conciencia cauterizada el que vive de espaldas al prójimo, el indiferente, aquel al que “le vale todo”, aquel al que el sufrimiento ajeno, causado por el mismo o por otro, le tiene sin cuidado. Aquí hay mucho egoísmo, un egocentrismo de campeonato, una sangre fría que causa estupor.
Por lo anterior, los educadores, en todo momento y en todo lugar, comenzando por los padres, por supuesto, debemos alimentar la conciencia de la prole desde los primeros años. Así tendrán las herramientas básicas para diferenciar lo bueno de lo malo y para aspirar a la felicidad con mayores probabilidades de llegar a ella.