En Honduras nos enseñan a pronunciar el nombre de Morazán con orgullo automático, como si fuera una contraseña patriótica que no admite preguntas. Desde niños aprendemos que fue héroe, mártir, visionario. Que murió traicionado. Que la historia le quedó debiendo la victoria. Pero rara vez nos preguntan algo más inquietante: ¿qué tipo de poder quiso ejercer Morazán, y sobre quiénes?
Porque hay una verdad incómoda que casi nunca se dice en voz alta, y es que, pues, con Morazán, por un breve instante, Honduras dejó de ser periferia. Dejamos de obedecer órdenes ajenas y empezamos a darlas. No fuimos colonia, ni satélite, ni simple territorio disputado. Fuimos centro. Y ese momento —único, fugaz— se parece mucho a un ensayo de colonialismo propio.
Morazán no soñaba con una Honduras pequeña y obediente, sino con una Centroamérica ordenada, racional, moderna, diseñada desde arriba por hombres convencidos de saber hacia dónde debía caminar la historia. Su guía no fue el sentimiento nacional, sino la idea: el liberalismo ilustrado. La fe en que el progreso podía imponerse como se impone una ley, incluso a cañonazos si era necesario. No luchaba para representar a los pueblos tal como eran, sino para transformarlos en lo que él creía que debían ser.
Ahí empieza la grieta. Porque cuando El Salvador dudó, cuando Costa Rica se resistió, Morazán no interpretó esa negativa como una voluntad legítima, sino como atraso, manipulación o ignorancia. Y ese gesto —creer que el otro no sabe lo que le conviene— es profundamente colonial. No colonial en el sentido europeo clásico, sino en su lógica más cruda: civilizar sin pedir permiso.
También es necesario decir que el proyecto morazanista no fue inocuo ni limpio. En su empeño por imponer el orden liberal, Morazán recurrió a la violencia con una dureza que golpeó especialmente a comunidades indígenas y campesinas que resistían reformas que no entendían como liberadoras. En varias campañas militares, sobre todo en territorios de El Salvador y Guatemala, su ejército reprimió levantamientos populares asociados a pueblos indígenas, defendiendo la disolución de tierras comunales, el debilitamiento de la Iglesia y la autoridad del nuevo Estado. No fue una guerra racial en el sentido moderno, pero sí una guerra civilizatoria: quienes se oponían al proyecto ilustrado eran tratados como obstáculos históricos, no como sujetos con derecho a decir no.
Me parece a mí que, para muchos fuera de Honduras, Morazán no fue un libertador incomprendido, sino un hegemón armado. Alguien que hablaba de unión mientras exigía obediencia, que prometía progreso mientras traía guerra. Costa Rica no lo rechazó por capricho, sino porque no quería ser gobernada desde un centro ideológico ajeno a su ritmo, a su aislamiento, a su voluntad de paz. ¿Pueden imaginar a una Costa Rica de hace 200 años? En la periferia meridional del triángulo norte, fronteriza con una Colombia también alejada de los grandes centros de población, en ese Darién selvoso e impenetrable. El Salvador, igualmente, no lo abandonó por traición, sino por agotamiento.
Y, sin embargo, en Honduras lo seguimos venerando. Tal vez porque Morazán representa lo único que casi nunca hemos sido: un país que manda. Un país que intenta dirigir la historia regional en lugar de padecerla. Su fracaso lo convertimos en epopeya. Su imposición, en sacrificio. Es más cómodo llorar al mártir que analizar al gobernante.
A mi parecer, Morazán no fue un tirano vulgar ni un caudillo corrupto. Fue algo más complejo y más peligroso: fue un hombre convencido de que la razón lo legitimaba, de que el progreso justificaba la fuerza, de que la historia, tarde o temprano, le daría la razón.
La pregunta que nos deja no es si fue bueno o malo. Es otra, una mucho más incómoda: ¿qué dice de nosotros que la única vez que Honduras intentó ejercer poder real sobre otros pueblos lo haya hecho sin saber escuchar?