Desde el inicio de su pontificado, León XIV dejó entrever que uno de los grandes temas pendientes para la Iglesia, en este tiempo, es la inteligencia artificial.
No fue menor la elección de su nombre. Al llamarse León, el nuevo papa quiso ponerse en continuidad con León XIII, aquel pontífice que, en 1891, con la encíclica “Rerum novarum”, ayudó a la Iglesia a mirar de frente las “cosas nuevas” de la Revolución Industrial: el trabajo, el capital, la explotación obrera, la justicia social y la dignidad del trabajador.
Hoy, ciento treinta y cinco años después, las “cosas nuevas” ya no están solamente en las fábricas, sino también en los algoritmos, las plataformas digitales, los sistemas de datos, la automatización y la inteligencia artificial (cf. MH nn.3-5).
La primera encíclica de León XIV, “Magnifica Humanitas” no es un documento contra la tecnología. Sería un error leerla así. No cae en el miedo fácil ni en la fascinación ingenua.
Reconoce que la técnica puede curar, educar, conectar, facilitar el trabajo humano y abrir posibilidades extraordinarias. Pero también advierte que ninguna herramienta es neutra cuando entra en contacto con el poder, el dinero, la información y la conciencia de las personas.
La pregunta central no es si debemos usar o rechazar la inteligencia artificial, sino qué humanidad estamos construyendo con ella (cf. nn. 4-6.9).
Uno de los puntos más sugerentes del documento es la comparación bíblica entre Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén en tiempos de Nehemías.
Babel representa la tentación antigua, hoy revestida de lenguaje digital: construir una torre sin Dios, sin límite, sin fraternidad, donde todo se mida por eficiencia, rendimiento y control. Es la ilusión de una humanidad que quiere salvarse a sí misma reduciendo el misterio de la persona a datos, perfiles y productividad.
Jerusalén, en cambio, es la ciudad que se reconstruye con responsabilidad compartida, escucha, oración, trabajo común y sentido de pertenencia. El papa nos pone ante una elección: o levantamos una nueva Babel tecnológica, brillante pero deshumanizada, o reconstruimos una ciudad más justa, donde la tecnología esté al servicio de la persona (cf. nn. 7-10).
Otro aspecto verdaderamente revolucionario es que el Santo Padre sitúa la inteligencia artificial dentro de la Doctrina Social de la Iglesia.
Esto significa que la IA no es solo asunto de ingenieros, programadores o empresarios tecnológicos. Es también una cuestión moral, educativa, política, económica y espiritual.
Toca el trabajo, porque puede desplazar empleos o dignificarlos. Toca la verdad, porque puede informar o manipular. Toca la democracia, porque puede favorecer la participación o fabricar opinión pública. Toca la libertad, porque puede servir al discernimiento o crear dependencia, vigilancia y control. Toca incluso la paz, porque una inteligencia artificial sin ética puede convertirse en instrumento de guerra y exclusión (cf. nn. 17.46-47).
Pero el papa no se limita a señalar riesgos. Ofrece un cauce. Propone una inteligencia artificial gobernada por la dignidad humana, el bien común, la justicia social, la solidaridad, la subsidiariedad y la opción por los más pobres.
No basta con preguntar qué puede hacer la tecnología, hay que preguntar a quién sirve, quién la controla, a quién beneficia y a quién deja atrás (cf. nn. 13-14).
“Magnifica Humanitas” merece ser leída porque no habla solamente de máquinas, sino de nosotros. Nos recuerda que el gran desafío del futuro no será fabricar sistemas cada vez más inteligentes, sino permanecer profundamente humanos.