Que el libro que nos ocupa ahora, ese que estamos leyendo por las noches antes de dormir, el audiolibro que escuchamos mientras realizamos tareas mecánicas (como caminar, conducir, lavar trastes, etc.) y la serie de turno, una producida allá al otro lado del mundo, tengan el mismo trasfondo es una impresionante coincidencia.
En la serie, los tres protagonistas están teniendo serios problemas (a estas alturas, quién no, ¿verdad?) de todo tipo: relaciones, salud, dinero. Descubren un pintoresco pueblo cerca del mar y a una especie de chamán, cuyas sesiones espirituales son bastante populares por su eficacia.
Deciden mudarse ahí por algunas semanas, desconectarse del mundo conocido e intentar encontrar la solución a sus problemas. Pero solo lo lograrán si pueden descubrir qué fue de sus ancestros más cercanos. Si logran descubrir qué clase de vidas vivieron. Y, claro, no todas esas personas dejaron evidencia (al menos no física) de nada de eso. Únicamente aquellos descendientes que lograron encontrar cartas, notas y fotografías de sus familiares ya desaparecidos lograban descifrar aquellos tormentos que habían heredado de ellos y, por lo tanto, podían intentar sanarlos.
En Diarios de Verano, el escritor norteamericano Paul Auster escribe, de una manera exquisita, sus memorias. La forma tan descriptiva, abierta, desenfadada y franca en la que redacta los detalles más íntimos de su paso por la vida (lo hizo a los 64 años) hacen que ese libro sea una hermosa y aleccionadora lectura.Y Casa de Huéspedes, de la escritora española Ana Lena Rivera, comienza con la historia de una mujer que acompaña a su gran amiga en sus últimos momentos. Esta amiga, al conocer su condición y el poco tiempo que le queda, le pide a la protagonista que escriba sus memorias. Ella entiende que su vida, la de su madre y la de sus abuelos estuvieron marcadas por eventos extraordinarios y secretos casi inconfesables que, de un modo u otro, repercutirían negativamente en la vida de sus hijos y nietos. A menos que encontrara la forma de dárselos a conocer.
Eugene Delacroix llevó un registro de sus más íntimas reflexiones durante más de cuarenta años. El artista francés consideraba necesario escribir lo que le pasaba por la mente, sus experiencias y sentimientos, considerando “lo frágil que es la memoria y lo fugaz que es la vida”.
El premio Nobel de Literatura Albert Camus creía que era importante dejar alguna evidencia de su paso por el mundo, aun cuando no le hacía mucha gracia exponer su intimidad. En alguna ocasión reconoció: “La memoria me falla cada vez más. Debería resolverme a llevar un diario. Delacroix tenía razón: todos los días que no se han anotado, equivalen a días que no han sido”.