León

A un año de su elección, el pontificado de León XIV es visto como un llamado sereno pero firme a la paz, la unidad y el regreso al centro del mensaje cristiano

El pasado 8 de mayo se cumplió un año de aquella tarde en que la Iglesia volvió a mirar hacia el balcón de la logia de la Basílica de San Pedro y escuchó, en labios de un nuevo papa, una palabra antigua y necesaria: paz.

León XIV no llegó como una figura estridente ni como un personaje fabricado para ocupar titulares. Llegó con la serenidad de quien sabe que la autoridad en la Iglesia no se impone por volumen, sino por hondura.

Quizá esa ha sido una de las notas más valiosas de este primer año: un pontificado sobrio, menos preocupado por deslumbrar que por sostener, menos inclinado al gesto espectacular que a la paciencia pastoral. Como sacerdote y, sobre todo, como cristiano, miro este año con gratitud y también con realismo.

Gratitud, porque el Santo Padre ha recordado algo esencial: la Iglesia no existe para administrar nostalgias ni para alimentar guerras internas, sino para anunciar a Cristo en medio de un mundo cansado. Sus constantes llamados a la paz no han sido frases ornamentales, han tenido peso evangélico.

En tiempos donde la violencia se justifica con palabras nobles y donde los poderosos suelen bendecir sus propios intereses, el Papa ha vuelto a colocar la conciencia cristiana frente a lo incómodo: ninguna ideología vale más que una vida humana, ninguna victoria merece celebrarse sobre cadáveres, ningún cristiano puede acostumbrarse al odio.

También ha sido significativo su tono. No se trata de un líder débil por ser sereno. A veces confundimos firmeza con agresividad, y claridad con dureza. León XIV ha mostrado otra forma de autoridad: la de quien habla sin humillar, corrige sin convertir cada frase en controversia y busca la unidad sin pedir a nadie que renuncie a la verdad.

En una Iglesia herida por polarizaciones, donde algunos quieren un papa a la medida de sus trincheras, esa actitud resulta profundamente evangélica. El pastor no está para aplaudir bandos, sino para reunir a las ovejas dispersas.

Pero sería ingenuo convertir este aniversario en una postal devota. Quedan retos enormes. La Iglesia necesita afrontar con valentía la crisis de credibilidad provocada por abusos, clericalismos y silencios; formar mejor a los sacerdotes, acompañar más a los jóvenes, escuchar sin miedo a las periferias y evangelizar una cultura que ya no se conmueve con discursos religiosos sin coherencia.

Necesita, además, cuidar que la sinodalidad no se reduzca a palabra de moda ni que la tradición sea usada como refugio para no convertirse pastoralmente.

León XIV hereda una Iglesia viva, pero también fatigada; creyente, pero a veces desconfiada, tensionada por intereses locales, políticos y mediáticos. Precisamente por eso su primer año despierta esperanza.

No una esperanza ingenua, de aplauso fácil, sino una esperanza cristiana: la que nace cuando alguien vuelve a recordarnos el centro. Y el centro no es el papa: es Cristo.

Un buen pontificado no consiste en que todos hablen del pontífice, sino en que, a través de su ministerio, la Iglesia vuelva a mirar al Señor con más claridad.

Su Santidad ha comenzado este camino invitándonos a desarmar el corazón, a reconstruir la comunión y a no resignarnos a un mundo gobernado por la fuerza.

Este primer año no ha sido un ensayo ni una tregua: ha sido una declaración de principios. La Iglesia no recuperará credibilidad por gritar más alto que el mundo, sino por atreverse a hablar distinto desde el Evangelio.

La paz que exige el Papa Prevost no es un gesto bonito, sino un desafío que se construye cada día.

Quien tenga oídos para oír, que oiga: porque aquí no se trata de aplaudir a un hombre, sino de dejarse interpelar por los valores del Reino. Eso, como siempre, incomoda. Pero también, como siempre, libera.

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