“Hay solo tres cosas que hacer con una mujer. Se puede amarla, sufrir por ella o convertirla en literatura”: Lawrence Durrell.
En los siglos de historia es la mujer la que ha mostrado virtudes maravillosas, como la valentía para enfrentar los desafíos, la sabiduría para guiar y una sensibilidad en todo lo que implica la comprensión.
Toda mujer tiene luchas internas, vulnerabilidad y momentos de cansancio; eso no es signo de debilidad, sino que expresa que una mujer se vuelve más real, más humana y admirable.
La verdadera grandeza de la mujer está en su capacidad de levantarse, de amar aun cuando duele y de iluminar con su presencia la vida de quienes le rodean.
Hoy celebro los logros de cada mujer abnegada al trabajo y a la disciplina, que ha sabido tomar su asignación no socavando la vida de los demás y, sobre todo, que se gana el respeto y lo ha logrado respetando a los demás en su asignación.
“Porque eres mía, porque no eres mía, porque te miro y me muero. Y peor que muero si no te miro amor si no te miro”. Es el poema de Mario Benedetti.
Para el poeta, la mujer que aparece es la mujer material, que se puede besar, tocar, oler y gozar; pero nunca la mujer que se sueña, esa solo se puede ver en los sueños.
Pero hay mujeres reales que hacen pasar los pensamientos a sentimientos, y estos producen nostalgia cuando no se encuentran.
Hay mujeres en la historia que marcaron el destino por su lealtad, amor y fidelidad. Rut decidió en su corazón permanecer y hacer una declaración que marcó el destino profético: “No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios”, Rut 1:16 (RVR60).