En esta época, en la que, gracias a las redes sociales, la frontera entre lo privado y lo público se ha difuminado bastante, evito hacer referencia a asuntos personales en esta columna y en otros ámbitos en los que tengo oportunidad de interactuar física o virtualmente con otras personas. Pienso que conviene conservar ese pudor que nos lleva a proteger la intimidad y compartirla únicamente con quien corresponde.
Sin embargo, en esta ocasión quiero escribir sobre el camino recorrido desde hace 42 años con mi esposa; tal vez le ayuda a más de uno a sentirse satisfecho ante una experiencia similar o plantearse una nueva perspectiva en circunstancias complicadas y en momentos de duda.
Estuve a punto de titular a esta columna “Limón y sal”, como la canción que tanto me gusta de Julieta Venegas, porque, en más de una ocasión, mi esposa Jackie me la ha dedicado. Los que la conocen recordarán que habla sobre una relación en la que, a pesar de que hay situaciones en las que él se pone “de un humor extraño”, o sea, no se comporta precisamente amable, no por eso ella deja de quererlo.
Y es que así son todas las relaciones humanas y, entre más cercanas, se nota más. Hay días buenos y días malos; días luminosos y días opacos; días en los que se tiene la firme convicción de que habernos casado con “esa persona” fue la mejor decisión y otros en los que, como decían los integrantes de Les Luthier: “Mi honra está en juego y de aquí no me muevo”, pero más por el honor, por el compromiso contraído, que porque se tiene ganas.
Lo que sí es más que cierto es que, después de 42 años de casado, tengo la absoluta certeza de que cada año que pasa es mejor. Esa complicidad que se logra, producto de tantos días de convivencia; ese conocimiento a fondo; esa correspondencia sin que hagan falta las palabras hace que todo, y me refiero a todo, haya valido la pena.
Ahora, la gente se casa cada vez más tarde. Creo que por miedo al compromiso y porque han oído demasiadas “historias de terror”. Pero, si somos sinceros, hay más historias de perseverancia, de lucha de la buena, de generosidad y paciencia, de disposición a sobrellevar con gallardía las dificultades, que nunca faltan.
Lo de “vivieron felices y comieron perdices” es posible, siempre y cuando se tenga una idea realista y optimista de en qué consiste la felicidad. En nuestro caso, en el de mi esposa y el mío, los altos y los bajos nos han llevado a la estabilidad y a saber saltar cuando hace falta para que no nos arrastre ninguna violenta ola.