La IA, ¿el hombre contra el hombre?

Las alarmas se han disparado. Días antes de que una de las principales firmas productoras de medios de IA saliera al mercado bursátil, varias voces han llamado la atención sobre su peligrosidad. El papa León XIV, en su primera encíclica Humanidad Natural, nos llamó la atención sobre su peligrosidad para la existencia de la humanidad. Y pidió que los gobiernos la controlaran.

La UE, desde hace pocos años, ha empezado una cierta regulación, lo que ha disgustado al gobierno de los Estados Unidos, que cree que no debe hacerse tal cosa y que más bien se debe alimentar un sistema jurídico de plena libertad, incluso justificando su control en el peligro cierto que pudiera tener para la humanidad. China, el tercer protagonista, calla absolutamente. Es decir que, junto al peligro detectado por los científicos, Estados Unidos defiende su desarrollo sin ningún mecanismo reglamentario, porque lo contrario favorecerá a su competidor.

China ha reaccionado defendiendo su derecho de continuar explorando las fronteras de su evolución, en razón de su seguridad nacional. En otros términos -un poco alarmistas, como pueden serlo-, varios científicos que han renunciado a las tecnológicas afirman que la humanidad solo tiene hasta el 2030 para evitar su desaparición. Nos hacen creer que la humanidad otra vez está como a finales de los años cuarenta, cuando se supo que los científicos podían dividir el átomo y liberar la energía nuclear.

Entonces Einstein escribió al presidente de Estados Unidos explicándole el peligro que se usara tal conocimiento para producir armas de destrucción masiva, creadas a partir del uso de la nueva energía descubierta.

El presidente Roosevelt y sus asesores no escucharon el reclamo -como parece que ocurre actualmente- y, más bien, se tomó la decisión de que Estados Unidos fuera la nación que tomara la delantera. Truman ordenó su uso sobre Japón, y todavía la humanidad recuerda el doloroso uso militar de la energía nuclear.Es cierto que su fabricación ha continuado.

Cada día más. Y que lo único positivo, hasta hace poco, fueron los tratados de no proliferación nuclear. Los que se han roto en las últimas dos décadas al renunciar a los mismos Estados Unidos y Rusia, las dos naciones con más poderío y capacidad para autodestruirse.

El concepto de que nadie saldrá indemne de una guerra nuclear ha sido superado por el viejo cuento de que el que pega primero, pega dos veces. Y puede eliminar al adversario, cosa que los más serenos hombres de Estado del mundo no creen.

La IA se ha venido usando desde hace varias décadas en el proceso de automatización de las operaciones laborales, médicas, educativas y científicas. Es decir que el mundo -contrario a lo ocurrido con la energía nuclear- la ha usado pacíficamente y con resultados positivos por casi la mayoría de las naciones poderosas del mundo. Es después que cree que hay que regularla. No suprimirla. La humanidad depende mucho de ella.

El problema es entonces de tiempo. Creen los que la temen que todavía es tiempo; mañana será muy tarde. Un científico incluso ha dicho que han estado a punto de producir armas biológicas utilizando la IA. O usándola para que se multipliquen exponencialmente los factores o agentes multiplicadores de una pandemia desconocida que destruirá parte o la totalidad del mundo.

El dilema es que la regulación -en este momento en que se reabren las heridas de la Guerra Fría y que de nuevo el mundo enfrenta el fantasma de la guerra general- es que hacerlo tiene fines políticos y obviamente significará frenos militares a favor de unas naciones avanzadas y en contra de otras que consideran amenazadas en su existencia por el avance de las primeras.

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