Los hospitales en Centroamérica, originalmente, fueron actividad de la Iglesia Católica. Sin médicos y medicinas, eran lugares en donde la alimentación y la atención de religiosos y monjas paliaban los sufrimientos humanos.
En Honduras, la Iglesia Católica no fue durante la colonia una institución con gran preocupación por el tema. Tampoco el gobierno, el que solo una vez que se iniciara la Reforma Liberal bajo el liderazgo de Marco Aurelio Soto, se inicia la construcción y operación de hospitales. El primero fue el hospital San Felipe en Tegucigalpa.
Simultáneamente, la Reforma Liberal también se preocupó por la creación y funcionamiento de la Facultad de Medicina y la graduación de médicos. La situación era difícil. No había suficientes para atender a los enfermos y, además, dar cátedra en la Facultad de Medicina para formar profesionales médicos, farmacéuticos y dentistas. Ni material didáctico.
En la costa norte, en la década de los veinte del siglo pasado, se crea el hospital que hoy lleva el nombre del médico que dio su vida luchando contra una epidemia de devastadoras consecuencias: el doctor Leonardo Martínez.
También en la costa norte, la operación de las compañías bananeras propició la apertura y funcionamiento del Hospital Vicente D’ Antoni de indiscutible prestigio. Y después, en la década de los años treinta, una Misión Evangélica construyó y manejó exitosamente el Hospital Evangélico de Siguatepeque que además operaba con una extensión muy original: “Alas de la Salud”, en virtud de la cual el hospital iba en avioneta por los enfermos y, una vez sanos, los devolvía a sus comunidades. Ese modelo no ha tenido continuidad en ningún momento en el país.
Durante el gobierno de Villeda Morales, el país experimentó un fuerte impulso a la atención hospitalaria. No solo se creó el Seguro Social -para cuidar la salud de los trabajadores-, sino que además fundó el “Hospital Materno Infantil”, que posteriormente evolucionó en el actual “Hospital Escuela” de Tegucigalpa, donde además se forman los médicos generales y especialistas que el país necesita.
Ahora, la Iglesia católica se suma a la tarea.
Por las dificultades que tenían los estudiantes para hacer sus prácticas profesionales en el Hospital Escuela, la Jerarquía Católica se comprometió, desde hace más de diez años, en la construcción de su propia unidad médica en la que, además de servir al prójimo, construyó el espacio para formar los nuevos médicos que necesita el país en la atención de su creciente población.
El Hospital Católico Universitario “Virgen de Suyapa” tiene capacidad para atender 200 enfermos en sus cinco pisos de moderna construcción. Las instalaciones están diseñadas dentro de los mejores conceptos hospitalarios mundiales.
Será un hospital de cuarto nivel, es decir, que además de la atención a los enfermos, será un espacio para la formación de los “médicos católicos” que necesita el país. Está dotado de los mejores adelantos médicos en términos tecnológicos y ubicado en una zona accesible de la ciudad para los pacientes fuera de la capital.
Pero la diferencia básica -además de la calidad científica del servicio- será que la atención al paciente tendrá una dimensión diferente a la que ofrece el sistema público y privado actualmente: la superioridad del enfermo, la visión de la enfermedad como un desarreglo global; y la relación fraterna entre médico y paciente, con una tendencia horizontal dictada por una estricta nueva ética médica cristiana.
No se puede esperar otra cosa. Los médicos que atenderán a los enfermos, los que educarán a los nuevos galenos y los estudiantes mismos, trabajarán bajo una nueva óptica del paciente que pasará de objeto para sus prácticas, observación y hallazgos a la exaltación del ser humano, merecedor del mayor de los respetos.