El tiempo avanza inexorablemente. Hace un par de días, haciendo memoria, caí en cuenta de que mi carrera docente comenzó hace ya cuarenta y tres años. Tenía veinte cuando, como instructor, comencé a dar clases de Español General en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras.
No olvido que, el primer día de clases, entré al aula llena de estudiantes, en el entonces edificio 4B, y todos pensaron que era un compañero más. Hasta que saqué la tiza y el borrador, cayeron en cuenta de que yo sería su profesor. Y entonces nació una pasión que hoy se mantiene. Aunque ya no doy clases hablando en sentido estricto, voy por la vida intentando transmitir ideas que he ido madurando con el transcurrir del tiempo y, cuando puedo, tratando sobre literatura, sobre los entresijos de la lengua o sobre la complejidad que conlleva sobrellevar un buen matrimonio o la educación de los hijos.
A medida que he ido “creciendo”, que suena más elegante que envejeciendo, he visto, con meridiana claridad, que hay aprendizajes que tienen una función, digamos, transitoria, mientras que otros trascienden o van ganando cada vez más importancia a lo largo de la vida. En la escuela, en el colegio, en la universidad, llegamos a estudiar una gran cantidad de contenidos, unos muy útiles, otros que acaban por resultar inútiles o que, por lo menos, son transitorios o no son más que obligatorios para cumplir con un currículo.
Viendo las cosas desde la perspectiva que hoy la vida me brinda, concluyo que hay cosas que hay que aprender para tener de qué comer, pero otras que nos permiten bienvivir, que no es lo mismo que vivir bien. Tener una vida buena va mucho más allá de pasarla sin sobresaltos y con las necesidades básicas satisfechas y un poco más.
Una vida buena es aquella que nos permite vivir en armonía con los demás, aportar a la existencia de amigos y colegas, iluminar la vida de aquellos con los que nos ha tocado coincidir en un tiempo y un espacio determinados, no ser un dolor de cabeza para nadie, o al menos para la mayoría.
Desde hace años, además, tengo la certeza de que un educador, un formador, debe, sobre todas las cosas, amueblar la cabeza de sus discípulos con ideas que les llevan a aspirar a la felicidad por medio de una conducta ética; poseer unos valores que los muevan a ejercitar unas virtudes humanas que los vuelvan “convivibles”, hombres y mujeres de bien. Y esa será la mejor contribución que se haga a la sociedad.
Mañana es Día del Maestro en Honduras y pensé que era oportuno recordar cuál es nuestra verdadera misión como formadores de personas.