San Nicolás, Santa Bárbara. En el corazón de San Nicolás, Santa Bárbara, un enorme árbol de Anacahuite se levanta como uno de los símbolos más representativos de este municipio.
Bajo su sombra han transcurrido generaciones enteras, entre juegos de infancia, celebraciones, encuentros familiares y acontecimientos que forman parte de la memoria colectiva de los sannicolasenses.
Para quienes han crecido alrededor de este árbol, su presencia va mucho más allá de su tamaño y antigüedad. Es parte de la historia del pueblo, un testigo silencioso de los cambios que ha experimentado San Nicolás y una referencia que permanece en la vida cotidiana de sus habitantes.
Entre quienes guardan recuerdos de sus primeros años junto al árbol está Chepito Reyes (de 73 años). Su memoria lo lleva a aquellos días en los que, siendo niño, jugaba trompo, pelota y canicas bajo las enormes ramas del Anacahuite.
“Este precioso árbol”, como él mismo lo llama, también fue escenario de sus aventuras infantiles. Recuerda que algunas veces lo levantaban para subirlo a las ramas y que incluso llegó a saltar desde ellas. Hoy, décadas después, cuenta que ya no necesita trepar para alcanzar algunas de sus ramas.
Pero la historia del árbol también está ligada a los relatos que han pasado de generación en generación.
Chepito recuerda que su madre, quien murió a los 84 años en 2004, le hablaba de otro árbol que existía en una esquina cercana a la escuela. Según ese relato, aquel árbol fue cortado con autorización de un antiguo alcalde y de su madera se elaboraron tablas y hasta una especie de embarcación utilizada para transportar leche.
La memoria de los habitantes también relaciona el actual Anacahuite con el profesor Gilberto Valle Castellón, quien habría sido director de la escuela de San Nicolás.
De acuerdo con la tradición oral, Valle Castellón llevó semillas de árboles desde La Esperanza y las entregó a Florentina Pérez. Posteriormente, una de esas plantas habría llegado a manos del propio Valle Castellón para ser sembrada en la plaza.
Sin embargo, los registros históricos publicados cuentan una versión parcialmente diferente. Una publicación de LA PRENSA señala que el árbol fue plantado el 28 de mayo de 1928 por Gilberto Valle Castellón y que fue donado por Ventura Pérez.
La diferencia entre ambas versiones forma parte de una historia que todavía merece ser investigada. También existen distintas referencias sobre la edad del árbol. Mientras la tradición oral habla de una antigüedad cercana a los 180 años, los registros que sitúan su plantación en 1928 apuntan a una edad aproximada de 98 años en 2026.
Memoria viva de San Nicolás
Más allá de las fechas y de las versiones sobre su origen, hay una certeza que permanece: el Anacahuite ocupa un lugar especial en la identidad de San Nicolás.
Su enorme copa ha acompañado celebraciones, actividades comunitarias y momentos cotidianos de los habitantes. Bajo sus ramas han jugado niños que hoy son adultos, han conversado familias y han pasado generaciones enteras.
El árbol permanece en el centro del municipio mientras muchas cosas a su alrededor han cambiado.
Por eso, para San Nicolás, el Anacahuite no representa únicamente naturaleza. Representa memoria. Representa pertenencia. Representa la historia de un pueblo que ha encontrado bajo su sombra un punto de encuentro durante décadas.
Y quizá por eso su historia puede resumirse en una imagen sencilla: una semilla que un día fue plantada y que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más grandes de San Nicolás.