El verdadero enemigo

¿A quién está culpando de sus propios errores? ¿Sobre quién está descargando sus frustraciones? Muchas veces culpamos a los demás de nuestra ira, frustración, impaciencia o amargura.

  • Actualizado: 07 de agosto de 2026 a las 15:14 -

Cuenta una antigua historia que un joven muy rico decidió desprenderse de todos sus bienes, ingresar en un monasterio y dedicar su vida a Dios. Allí se entregó a la oración, al ayuno, al sacrificio y al servicio, convencido de que finalmente encontraría la paz que buscaba. Sin embargo, con el paso de los años descubrió que todavía llevaba dentro una hoguera que no lograba apagar: su mal carácter. Se airaba con frecuencia. Reñía con sus hermanos porque desentonaban en el coro, porque dejaban desordenadas sus cosas o porque algunos llegaban siempre tarde. Cualquier pequeño inconveniente despertaba su enojo.

Un día fue donde el director del monasterio y le dijo: “Aquí no he encontrado la paz que buscaba. Estoy desengañado. Me iré al desierto a vivir completamente solo. Allí nadie podrá molestarme”. El director intentó convencerlo de que no se marchara, pero el joven no quiso escuchar. Tomó sus pertenencias, su cántaro y emprendió el camino. Al llegar al lugar escogido, durmió feliz sobre la tibia arena.

Al amanecer oró, recitó sus salmos y salió en búsqueda de agua. Cuando regresaba cantando, tropezó y derramó todo el líquido. Volvió al manantial, llenó nuevamente el cántaro y emprendió el regreso, pero volvió a tropezar. Por tercera vez buscó agua, y por tercera vez la derramó. Entonces, lleno de ira, rompió el cántaro de una patada. Durante largo rato permaneció en silencio, contemplando los pedazos esparcidos sobre la arena. Finalmente comprendió su situación.

Regresó al monasterio llorando y le dijo al director: “Acépteme nuevamente. Ahora sé que la causa de mi cólera no estaba en mis hermanos. El enemigo está dentro de mí. Está aquí...”, decía, mientras se golpeaba el pecho.

La moraleja de esta historia es muy clara: ¿A quién está culpando de sus propios errores? ¿Sobre quién está descargando sus frustraciones? Muchas veces culpamos a los demás de nuestra ira, frustración, impaciencia o amargura. Pensamos que encontraremos paz cuando cambien las circunstancias o las personas que nos rodean. Sin embargo, Jesús enseñó que del corazón de uno mismo es que salen los malos deseos y las malas actitudes, incluidos la ira y el enojo (Marcos 7.20-23). Por eso, antes de señalar a los demás, debemos examinar primero nuestro propio corazón.

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