Se cuenta que, hace mucho tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito callejero que buscaba refugio del sol logró colarse por un agujero en una de las puertas. Subió lentamente por las viejas escaleras de madera y, al llegar arriba, encontró una puerta entreabierta. Con curiosidad, se asomó y entró al cuarto.
Para su sorpresa, descubrió que dentro había veinte perritos más, observándolo fijamente, tal como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a levantar las orejas poco a poco. De inmediato, los veinte perritos hicieron lo mismo. Entonces sonrió y ladró con alegría; y, para su asombro, los veinte perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Al salir, pensó: “¡Qué lugar tan agradable! Voy a venir más seguido a visitarlo”.
Tiempo después, otro perrito callejero entró en la misma casa y llegó al mismo cuarto. Pero, a diferencia del primero, al ver a los veinte perritos sintió miedo y desconfianza, ya que lo estaban mirando con recelo.
Gruñó, y vio cómo los veinte perritos le gruñían también. Ladró con ferocidad, y todos le respondieron de la misma manera. Cuando el perrito salió del cuarto, pensó: “¡Qué lugar tan horrible! Nunca más volveré a entrar aquí”. Y mientras se alejaba, en la entrada de la casa se podía leer un viejo letrero que decía: “La casa de los veinte espejos”.
Podemos apreciar en este relato cómo nuestra actitud puede transformar, más de lo que pensamos, los entornos donde nos movemos. Debemos reconocer que la mayoría de las veces las personas van a comportarse con nosotros tal como nosotros nos comportemos con ellas. Si mostramos amabilidad, recibiremos amabilidad; si mostramos agresividad, se nos devolverá lo mismo. Por eso Jesús decía, en su famosa versión de la Regla de Oro: “Traten a los demás como ustedes quieran ser tratados” (Mateo 7.12; TLA).
Aunado a esto, aunque ambos perritos estuvieron en el mismo lugar, vivieron experiencias completamente diferentes. El lugar no cambió. Lo distinto fue su punto de vista. De ahí que, a menudo, lo que determinará que una situación sea buena o mala será la actitud con la que decidamos afrontarla.