Las crisis no comienzan el día en que estallan. Comienzan mucho antes, cuando una sociedad se acostumbra a ceder pequeñas cosas: la verdad por conveniencia, la justicia por cansancio, la conciencia por miedo. Ninguna nación colapsa de golpe. Se desmorona lentamente, mientras la gente aprende a convivir con lo inaceptable y a llamar normal a lo que en el fondo sabe que no lo es.
La historia reciente de nuestro continente latinoamericano obliga a una pregunta incómoda: ¿cómo se llega a elegir líderes tan nefastos, que terminan dañando profundamente a su propio pueblo? La respuesta no se encuentra solo en la ambición de algunos, sino también en la fatiga moral de muchos. Cuando una sociedad deja de exigir, de discernir y de participar con responsabilidad, el poder queda sin contrapesos y comienza a deformarse.
La Sagrada Escritura lo expresa con crudeza: “Mi pueblo perece por falta de conocimiento” (Os 4,6). No se trata de ignorancia académica, sino de algo más grave: la pérdida del juicio moral, la incapacidad de reconocer cuándo una promesa es engaño, cuándo un liderazgo ya no sirve a la vida ni a la dignidad humana.
La Doctrina Social de la Iglesia es clara: la autoridad política no es un fin en sí misma, sino un servicio ordenado al bien común (cfr. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nn. 168-170). Cuando el poder se absolutiza, cuando se coloca por encima de la ley o vacía las instituciones, pierde legitimidad moral, aunque conserve apariencia legal. El Estado deja de ser garantía y se vuelve amenaza.
El problema, entonces, no es solo quién gobierna, sino qué tipo de ciudadanos se forman. Los países que buscan salvadores providenciales, mesías, caudillos fuertes o líderes que prometen soluciones fáciles a problemas complejos suelen pagar un precio alto. La Palabra de Dios ya lo había advertido cuando el pueblo pidió un rey “como las demás naciones” (cfr. 1 Sam 8,10-18). Dios no se los negó, pero les mostró el costo: abusos normalizados, libertades reducidas, poder concentrado.
El Magisterio de la Iglesia recuerda que la democracia no se sostiene solo con elecciones, sino con una cultura ética, participación responsable y respeto efectivo de los derechos humanos (cfr. CDSI, nn. 406-407). Cuando la ciudadanía renuncia a su responsabilidad, cuando se acostumbra al clientelismo o al silencio cómplice, la democracia se vacía por dentro y queda expuesta al autoritarismo.
Evitar el colapso social exige algo más que reformas legales o cambios de gobierno. Exige una conversión cívica y moral. Exige ciudadanos que no vendan su conciencia por un favor, que no justifiquen la injusticia por afinidad ideológica, que no deleguen toda la responsabilidad en el gobernante de turno. La participación política, recuerda la Iglesia, es un deber moral, no una opción secundaria (cfr. CDSI, n. 189).
Jesús fue directo y profundamente realista: “El que quiera ser primero, que sea servidor de todos” (Mc 9,35). No es una frase piadosa. Es un criterio de discernimiento. Cuando el liderazgo deja de servir y comienza a protegerse, la fractura ya está en marcha.
Las naciones no se pierden solo por malos líderes, sino por pueblos que dejaron de vigilar su alma. Cuando una nación baja la guardia ética, otros deciden por ella. Cuando renuncia a la verdad, termina pagando con libertad. La historia no se repite por fatalidad, sino por descuido. Y Honduras todavía está a tiempo de aprender antes de pagar el precio.