El infierno no siempre tiene llamas. A veces tiene solamente un ojo que nunca se cierra.
Crecí escuchando que el infierno cristiano era fuego, azufre, un descenso. Con los años entendí que su verdadero castigo era otro: la certeza de estar eternamente visto, sin rincón, sin sombra propia donde esconder el pecado ni el pensamiento. Nada de lo que hagas, dice esa teología, escapa a la mirada. Y quien vive así, vigilado sin tregua, termina por vigilarse a sí mismo antes de que nadie más lo haga. Ese, y no el fuego, es el verdadero tormento.
En 1785, un inglés llamado Jeremy Bentham diseñó una cárcel circular con una torre de vigilancia en el centro, capaz de ver todas las celdas sin que ningún preso pudiera saber si, en ese instante, era observado. La llamó panóptico. Doscientos años después, Michel Foucault tomó ese edificio de ladrillo y lo convirtió en un diagnóstico de época en Vigilar y castigar: la disciplina moderna, escribió, ya no necesita azotar cuerpos en la plaza pública. Le basta con la sospecha de una mirada. El preso que no sabe si lo observan termina comportándose como si siempre lo observaran. La cárcel deja de estar en los muros. Se muda adentro.
Edward Snowden nos regaló, sin quererlo del todo, la prueba empírica de esa tesis.
En 2013 mostró que la torre del panóptico ya no era de piedra, pues ahora es fibra óptica, servidores, un algoritmo que archivaba cada llamada, cada búsqueda, cada silencio digital de millones de personas que jamás habían sido acusadas de nada. Ya no hizo falta ningún carcelero real, de carne y hueso, con llaves y uniforme. Bastó la posibilidad de que alguien, en algún lugar, estuviera mirando. Cambiamos de conversación cuando aparece un tema incómodo cerca de un micrófono. Editamos la foto antes de publicarla. Borramos el mensaje que escribimos con rabia. Nos autovigilamos, que es la forma más eficiente de vigilancia jamás inventada, porque no cuesta un solo policía, no necesita cárcel ni cadenas y funciona incluso cuando el vigilante duerme o ya ni siquiera existe.
Pero hay algo más frío que la mirada del algoritmo: su código. Una ley humana, por dura que sea, admite jueces, apelaciones, excepciones y la posibilidad —siempre imperfecta— de argumentar. El código, no. Si el límite de velocidad de tu carro está escrito en el software a sesenta kilómetros por hora, será de sesenta siempre, en la emergencia y en la calma, sin abogado que discuta el caso ni juez que entienda el contexto. Eso es lo profundamente antidemocrático del código: no oprime como un tirano al que se puede derrocar, ni como una ley que se puede reformar en el Congreso, sino que oprime como una ecuación, silenciosa e inapelable. No es casualidad que las mismas voces que hoy venden zonas gobernadas por reglamentos privados y algoritmos —en Honduras las conocemos bien— hablen del "imperio de la ley", mientras diseñan, en realidad, el imperio del código. Tampoco es casualidad que, mientras la inteligencia artificial crece, nuestras democracias se marchiten. Son la misma curva vista desde dos ángulos.
Nietzsche habría reconocido este cuento. Para él, el cristianismo había inventado un dios testigo, una mirada celestial permanente que producía culpa, y esa culpa domesticaba al hombre fuerte, lo convertía en rebaño antes de que pudiera atreverse a ser el Übermensch, el que crea sus propios valores más allá del bien y del mal heredados. Hoy no hace falta un Dios. El servidor cumple esa función con más eficiencia y menos fe, sin templo, sin domingo, sin necesidad siquiera de creer en él para obedecerlo. Nos volvimos, otra vez, un rebaño calculable, cada uno correctamente limitado a sesenta kilómetros por hora, correctamente predecible, correctamente vigilado.
¿Puede nacer un espíritu libre bajo un ojo que jamás pestañea, un código que jamás perdona, una torre que ya no necesitamos ver porque la llevamos, encendida, en el bolsillo?