Se cuenta que, en cierta ocasión, el poeta Jean-Baptiste Rousseau se encontraba en una reunión, rodeado de personas distinguidas que no cesaban de lisonjearlo y de alabar su capacidad literaria. De repente, entró un hombre de apariencia humilde, modestamente vestido, que se acercó a él con los brazos abiertos y una sonrisa en su rostro. Rousseau lo observó con desdén y, apartándolo con desprecio, murmuró diciendo: “Yo a usted no le conozco”. “¡¿Cómo?!”, replicó el hombre con voz temblorosa. “¿Acaso no me reconoces? ¡Soy tu padre!”.
Rousseau bajó la mirada y, lleno de vergüenza, salió de la sala como si ser hijo de un zapatero fuese la humillación más profunda. Un caballero compasivo acompañó al anciano a su casa, mientras el hijo, inmerso en su orgullo, escuchaba cómo la gente que había presenciado tan lamentable escena, admiraba su talento, pero repudiaba su carácter.
Solo tras la muerte de su padre, la conciencia de Rousseau despertó. Sin embargo, ya era demasiado tarde para reparar el daño. La culpa lo acompañó hasta el último de sus días, permaneciendo como un peso silencioso sobre su alma. En el año 1741, Rousseau murió en Bruselas, solo y olvidado.
De este relato aprendemos que la verdadera grandeza del ser humano no se mide por la fama o el reconocimiento de los demás, sino por la humildad y el trato amable para con el prójimo, especialmente por aquellos que nos dieron la vida. Por eso, querido lector, no espere a que sea demasiado tarde para valorar y honrar a sus padres. Si en este momento usted se encuentra distanciado de su padre, no deje pasar más tiempo. Este es el día para sanar y reparar ese vínculo.
Dice el apóstol: “Cada uno cosecha lo que siembra” (Gálatas 6.7b, NVI). Rousseau sembró desprecio y orgullo, y cosechó remordimiento y soledad. Si hubiera honrado a su padre, su conciencia habría estado en paz. Que este no sea su caso. “Si insultas a tu padre o a tu madre, se apagará tu luz en la más densa oscuridad” (Proverbios 20.20, NTV).