Dios me salvó de morir, pero...

“No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente...”‭‭Romanos‬ ‭12‬:‭2‬ ‭NVI‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬‬

Soy sobreviviente del cáncer. Dios me salvó de morir, pero no lo merecía. He tardado 23 años en reconocer, con convicción, su misericordia. No solo me salvó, me dio el privilegio de comunicarse conmigo: dudé, desconfié, fui soberbio, orgulloso y arrogante. Hasta le pedí pruebas de su presencia.

¡Su paciencia, misericordia y generosidad no tienen límites! Me dio las pruebas.

A finales del 2002, a mis 36 años, ejercía el periodismo en diario La Prensa de Honduras, en San Pedro Sula, cuando surgió un tumor. Tras la biopsia: cáncer. Desperté en la habitación del hospital acompañado de mi madre, esposa, hermanos y sus esposas. El médico no dudó: es cáncer y las posibilidades de vivir son de un 20%. Quedé en un profundo shock, pero recuerdo al doctor decir: “Es difícil, pero ayuda orar y esperar un milagro”.

Mi madre siempre ha sido creyente de Dios, de Jesucristo. Yo, un supuesto renegado lingüista y literato refugiado en las corrientes de seudo intelectual, donde la negación o proclamarse agnóstico es una moneda de sabiduría humana.

A la segunda o tercera semana de quimioterapia, cuando me bañaba, tuve un sobresalto que me quitó el shock en que seguía: sentí escalofríos, luego vi y toqué como se caí el pelo. Lo quise sobar, pero los puñados quedaban en mi mano y los miraba deslizarse por el piso y caer al desagüe. Sentí que eran pedazos de mi cuerpo, de mi vida, como la basura callejera que cae en las alcantarillas en los días de lluvia.

Ese escalofrío, por el pelo al recorrer mi cuerpo antes de caer al piso, es una de las más espeluznantes sensaciones de mi vida. Jamás volví a ver una película de miedo o terror. No quiero rememorar ese momento.

Si recuerdo, avergonzado y agradecido, el apoyo incondicional, emocional y espiritual de una barbaridad de personas: familiares, amigos, compañeros, conocidos y desconocidos. Todos alentándome para luchar por vivir. Algunos amigos -escritores y periodistas- consideraban único el tremendo material para escribir un libro o un reportaje. Yo asentía. Pero mi corazón era una mueca desalmada.

La validación humana social. Un profesional del magisterio, un lingüista con sección literaria en periódico; un escritor novato con poemas y ensayos; un periodista editor, un corrector de estilo superado; un hijo, un hermano de seis; un esposo, un padre de dos y un padastro. Pero nada de eso servía de mucho en ese momento.

Y no aprendí la lección. Al recuperarme, unos años después pasé a las relaciones públicas en agencias de publicidad. De nuevo, un profesional correcto y entregado, pero sin Dios en mi vida.

“TE VOY A SALVAR” - “POR LOS QUE ORAN... Pero, ¿cómo fue mi experiencia con Dios en aquel momento?

Dios me dijo en un sueño: “Te voy a salvar”. No oí su voz: formó el mensaje en una especie de valla publicitaria. Quizá anunciándome el cambio al sector publicitario un par de años después.

“Te voy a salvar. No porque lo merezcas. Hay mucha gente orando por ti. Te voy a salvar por ellos”. Contundente y preciso.

Pedí pruebas para creer. Al momento desperté y mi vista me llevó a la Biblia que mi madre mantenía en la mesita de noche: extrañamente estaba sobre la cama. Volví a caer dormido. Al despertar, la Biblia seguía en la cama, pero, al otro lado. Más tarde, le pregunté a mi madre si había entrado a la habitación o había puesto la Biblia en la cama: No. Seguí incrédulo.

No sé si fue ese mismo día, o al siguiente, que vi la Biblia en la mesita. Me dormí o caí en ese estado de subconsciente recurrente desde que estaba en quimioterapia. Muchas veces no notaba la diferencia, quizá solo cuando oía la voz de los vendedores de verduras que pasaban frente a la casa.

Pregunté por la prueba, o si era mi conciencia tirando los dados de mi destino. Otra vez el sueño. O quizá esta vez fue una visión o un recuerdo. Ahí estaba: el mensaje se formaba apareciendo letra por letra en la valla. Letras claras, era una escena estilo atardecer oscuro como en ciertos días de lluvia. Desperté sudando y agitado: la Biblia estaba sobre la cama.

Cuando mi madre entró para saber si habían disminuido los dolores de pecho o podía comer, le pregunté si ella o mi esposa habían entrado antes: No. Sola ellas ingresaban a la habitación o consentían cuando alguien más podía hacerlo. Mi recuperación era en casa de unos de mis hermanos donde vivía mi madre; por seguridad para mí y mis dos hijas escolares. Mi esposa se esforzaba mucho para aparentar tranquilidad y serenidad. Me entristecía hacerla pasar por esa situación. Mostraba entereza. Me hablaba del día a día de nuestras hijas. Y eso... eso, era mi impulso principal de lucha: mis hijas. Luego mi esposa, mi madre, mis hermanos -que se esforzaron mucho para financiar la situación-, mis cuñadas -una de ellas me llevaba siempre a las “quimios”- y las demás personas.

Mi madre y mi esposa me tenían al tanto del apoyo. A veces escuchaba a las personas orando en la sala de la casa, sé de mormones, católicos y evangélicos. No hubo casi ninguna semana en que no llegaron grupos de personas a orar, durante unos seis meses.

Seguí la quimioterapia. No dije del mensaje que me dio Dios. En una ocasión, no recuerdo si antes o después del mensaje, mientras dormía: vi un túnel que resplandecía al final, lo comencé a caminar, viendo como crecía un resplandor luminoso. Estaba a punto de llegar a la parte final, de traspasarlo, de repente pensé en mis hijas, vi hacia atrás, con añoranza por mis hijas, y desperté.

Meses después, terminando la recuperación, conté sobre el sueño a mi familia. Mi madre lloró. Como creyente sabía de situaciones similares. Cuando este año 2026 le hablé de escribir esta experiencia y de mi entrega a Cristo, tras más de un año de no vernos personalmente porque vivimos en distintas cuidades, me confió:

“Un día, cuando estabas muy grave. Me arodillé a orar desesperada. Dios me tocó el hombro, y me dijo: ¨No llores, lo voy a salvar por los que oran, por los que lo aman y por los que lo necesitan¨. Tus hijas te necesitaban”.

Del sueño también hablé en el trabajo cuando me reintegré. Al principio, por unos tres meses, siempre llevaba la Biblia y eventualmente la leía al iniciar la jornada. En el diario había un pasillo extenso poco iluminado, una noche -lo normal era que saliera entre 11:30pm a 12:30am-, a pocos días de haberme integrado, vi a un ejecutivo que palideció, tembló y se sobresaltó al verme, me saludó titubeante. No le habían dicho que sobreviví. Me dio pena. Fue un susto como el escalofrío que tuve.

Nunca conté -hasta ahora- mi respuesta a Dios tras la tercera vez que la Biblia me sirvió de señal. Mi soberbia y ego humano replicaron: “Si lo cuento será a gente cercana. No espero andar en iglesias contando esto. Solo en los lugares donde me manejo y si me preguntan”. Palabras más, palabras menos. Si aún estoy vivo, es por la inmensa misericordia de Dios. Solo lo ha detenido su propósito conmigo.

LA MAGNIFICIENCIA. A saber si por eso la historia de Job, fue -años antes de enfermarme- junto a Jonás, los libros seleccionados para analizar y exponer en las clases de Historia de la Literatura en la universidad. El diálogo con Job es la pieza literaria más asombrosa que me ha impactado. Acaso Job podía responder semejantes preguntas, se puede recibir tanta insignificancia.

Y yo poniendo condiciones.

¨»¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra? ¡Dímelo, si de veras sabes tanto! ¡Seguramente sabes quién estableció sus dimensiones y quién tendió sobre ella la cinta de medir!...

»¿Quién encerró el mar tras sus compuertas cuando este brotó del vientre de la tierra? ¿O cuando lo arropé con las nubes y lo envolví en densas tinieblas? ¿O cuando establecí sus límites y en sus compuertas coloqué cerrojos? ¿O cuando le dije: “Solo hasta aquí puedes llegar; de aquí no pasarán tus orgullosas olas”? »¿Alguna vez en tu vida has dado órdenes a la mañana o has hecho saber a la aurora su lugar, para que tomen la tierra por sus extremos y sacudan de ella a los malvados?...

»¿Has llegado a visitar los depósitos de nieve y de granizo, que guardo para tiempos de angustia, cuando se libran guerras y batallas?... ¿Acaso la lluvia tiene padre? ¿Ha engendrado alguien las gotas de rocío? ¿De qué vientre nace el hielo? ¿Quién da a luz la escarcha de los cielos?...

»¿Acaso puedes atar los lazos de las Pléyades o desatar las cuerdas que sujetan al Orión? ¿Puedes hacer que las constelaciones salgan a tiempo? ¿Puedes guiar a la Osa Mayor y a la Menor? ¿Conoces las leyes que rigen los cielos? ¿Puedes establecer mi dominio sobre la tierra? »¿Puedes elevar tu voz hasta las nubes para que te cubran aguas torrenciales? ¿Eres tú quien señala el curso de los rayos? ¿Acaso te responden: “Estamos a tus órdenes”? ¿Quién infundió sabiduría al corazón o dio inteligencia a la mente? ¿Quién tiene sabiduría para contar las nubes?...¨

Tomado de Job, algunos versículos del capítulo 38 de la Biblia, versión NVI.

EL ARREPENTIMIENTO. En octubre del 2025, me arrepentí ante Dios. He aprendido a orar y a confiar en Dios, en Jesucristo y en el Espíritu Santo. Días después, me quitó el velo, descorrió el entenebrecimiento o el oscurecido entendimiento de mi mente, el mismo que cubre a los fariseos, ateos y agnósticos. El entendimiento intelectual no lo comprende, solo el espiritual, solo con luz interior. El corazón está endurecido. No hay sensibilidad divina, solo sabiduría humana, solo pensamientos oscurecidos.

Es casi inverso a su mundo. La mayoría no entienden un Picaso o un Salvador Dalí, ellos sí. Parece ironía de la vida, los discípulos de Jesús fueron personas comunes, no intelectuales de la epóca como los fariseos, o como los de ahora, que siguen sin comprender el mensaje del evangelio de Jesucristo. No entienden la oración, no creen en lo invisible, en la convicción de lo que no se ve -fe; pero sí en la musa o la inspiración que surge por momentos para revelar o crear su arte. Tampoco eso se ve. Yo lo sé muy bien porque lo sentí en varios de mis poemas y cuentos cortos.

Ahora, Dios me ha dado de beber de su sabiduría leyendo su Palabra, orando, meditando y alabando. No ha pasado día o noche sin que lo haga. Ha permitido que el Espíritu Santo me escudriñe, guíe, enseñe y acompañe en mi nueva vida. Adiós a la vieja naturaleza. Está asolapada y seguro tiene sus pataleos, pero esta vez lucho llevando toda la armadura de Dios, peleamos contra legiones, pero estoy en el equipo de Dios Padre, de Jesucristo, del Espíritu Santo y de los hijos de Dios.

Lucho para ser justo, porque “el justo por su fe vivirá”: aquí y eternamente. Nunca es tarde, para nadie. Todo es gloria y misericordia de Dios. Pero el tiempo se agota, sépalo: Hay un solo mediador... Jesucristo.

“Yo soy el camino, la verdad y la vida —contestó Jesús—. Nadie llega al Padre sino por mí.
Juan 14:6

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