¿Por qué confiar en los demás es tan importante para la convivencia humana? Pues, simple y sencillamente, porque la duda permanente, la eterna sospecha sobre las intenciones del otro, la desconfianza, torna imposible la vida en la familia, en el trabajo, en las relaciones de amistad, en la existencia ciudadana.
Todos necesitamos creer en nuestros interlocutores, considerar como verdadero lo que nos dicen, descartar la hipocresía y suponer que la sinceridad preside la conducta de los demás tanto como la nuestra.
Pero, ¿qué tiene que suceder para que todos seamos dignos de confianza? En primer lugar, es indispensable que luchemos por ser coherentes. Con esto quiero decir que debe haber coincidencia entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.
Dicen que es más fácil alcanzar a un mentiroso que a un cojo. Y esto no solo es una afirmación contundente, como un puño, diría Cervantes, sino, además, triste y decepcionante.
Cuando se ha depositado la confianza en alguien, cuando se han tomado como verdaderas sus palabras, y luego son falsas, resulta sumamente frustrante, y no importa el ámbito en el que esto suceda.
Porque son igualmente destructoras la infidelidad en la relación conyugal, la falta de transparencia de un colega o de un amigo, o las mentiras de un político.
Una vez que se pierde la confianza, toma tiempo y esfuerzo recuperarla.
Además, para ser dignos de confianza, es indispensable que tratemos bien a los que nos rodean: en la casa, en la oficina, en el taller o en los sitios en los que coincidimos con los amigos.
A nadie le resulta simpático sentirse irrespetado, ignorado o humillado. El respeto es uno de los mejores lubricantes para evitar los roces que podrían darse en el trajín cotidiano.
Las prisas, el frenesí del día a día, las obligaciones por cumplir nos pueden llevar a perder el tacto, a maltratar, sin querer la mayoría de las veces, a los demás.
Y es entonces cuando surge la desconfianza. Porque no se puede vivir a merced de las salidas de tono, de la falta de delicadeza de alguien, de la falta de autorregulación emocional y continuar confiando en esa persona.
La famosa “Regla de Oro”, común a tantas culturas, advierte que debemos tratar a los demás como nos gusta que nos traten a nosotros.
Y, todavía más allá, habrá que hacer el esfuerzo para tratar al otro como a él le gusta ser tratado, porque su sensibilidad podría ser distinta a la nuestra.
Pero lo primero ya es ganancia. Tratemos, pues, de comportarnos de tal modo que los demás puedan confiar en nosotros y nosotros en ellos.
No hay otra manera de conquistar la armonía en la sociedad.