Después del brindis

Cerrar un año no garantiza empezar de nuevo. Honduras entra a 2026 con cansancio, fe golpeada y una pregunta urgente: cómo vivir con dignidad sin perder la esperanza. El año se cierra sin estridencias, no con certezas rotundas ni con promesas cumplidas, sino con un cansancio compartido que atraviesa hogares, calles y conversaciones. La nación llega a este fin de año con una mezcla conocida: esperanza frágil, memoria herida y una pregunta silenciosa que muchos prefieren no formular en voz alta: ¿qué tipo de país queremos seguir siendo? Entrar en 2026 no es simplemente cambiar el número del calendario. Es reconocer que los problemas no se disuelven con los brindis ni con los discursos solemnes. La pobreza sigue teniendo rostro, la violencia continúa dejando cicatrices y la desconfianza permanece instalada en el corazón social. Sin embargo, algo persiste con una fuerza discreta: una fe terca, golpeada muchas veces, pero nunca del todo extinguida. La Sagrada Escritura lo expresa con una honestidad desarmante: “Aunque la higuera no florezca y no haya fruto en las vides... con todo, yo me alegraré en el Señor” (Hab 3,17-18). No se trata de ingenuidad, sino de una esperanza que no depende de condiciones favorables, sino de una confianza más honda. Somos un país que cree, incluso cuando duda. Cree aun cuando se siente decepcionado. Pero esa fe, repetida con frecuencia en palabras, necesita madurar y encarnarse. Creer no es esperar soluciones mágicas ni milagros automáticos. Creer es aprender a vivir con responsabilidad, con conciencia y con sentido, aun en medio de la incertidumbre. El Evangelio lo recuerda con claridad: “Por sus frutos los conocerán” (Mt 7,16). La fe que no se traduce en vida concreta termina agotándose en gestos vacíos. El desafío del año que comienza no será únicamente político o económico. Será profundamente humano y espiritual. El reto estará en no acostumbrarse al deterioro, en no normalizar la injusticia, en no confundir resignación con realismo. El verdadero peligro no es la crisis, sino la indiferencia que se instala cuando el cansancio se vuelve costumbre. San Pablo advertía: “No se conformen a este mundo, transfórmense renovando su manera de pensar” (Rom 12,2). Esa exhortación sigue interpelando a una sociedad tentada a sobrevivir sin preguntarse hacia dónde camina. Existe una tentación silenciosa que recorre el país: vivir a la defensiva, encerrarse en lo propio, limitarse a resistir el día. Pero una nación no se construye solo resistiendo. Se construye cuando recupera la capacidad de confiar, de cuidarse, de apostar por el bien común incluso cuando hacerlo parece inútil o costoso. La esperanza que Honduras necesita no es ingenua ni ruidosa; es sobria, trabajada, cotidiana, la que se expresa en el padre que no renuncia a su familia, en la madre que sigue sosteniendo el hogar, en el joven que no vende su futuro al camino fácil, en el funcionario que opta por la honestidad aunque nadie aplauda. El Papa León XIV ha recordado que el mal no tiene la última palabra y que la humanidad está en manos de Dios, invitando a caminar unidos, sin miedo, con una esperanza que se cuida y se cultiva. El nuevo año exigirá menos discursos grandilocuentes y más coherencia, menos promesas y más gestos concretos, menos quejas repetidas y más responsabilidad compartida. Porque el futuro no se hereda ni se improvisa: se construye. Y si Honduras logra vivir este año con mayor conciencia, con fe encarnada y esperanza sobria, entonces, aunque el camino sea largo, el país no habrá perdido el rumbo.

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