El Reino de Dinamarca, una vieja potencia que en su momento conquistó Noruega, partes de Suecia y estrechos estratégicos del comercio global, decidió un día sembrar su bandera lejos del hielo, en unas islas cálidas donde el sol no conocía la palabra invierno.
Así llegaron los daneses a lo que hoy llamamos las Islas Vírgenes de los EE UU, aunque entonces no eran ni vírgenes ni estadounidenses, sino plantaciones, látigos y cuerpos negros convertidos en contabilidad. Quien las bendijo con su nombre fue Cristóbal Colón en su segundo viaje, según cuentan los libros.
Las islas fueron adquiridas por Dinamarca en el siglo XVII, no como acto de exploración romántica, sino como inversión. Azúcar, ron y esclavitud, pues los daneses, tan correctos en sus libros de historia europeos, administraron las islas con una eficiencia cruel de la mano de los franceses, quienes entrenaban en conjunto ya que estos se dedicaban a la opresión en la isla cercana de Martinica.
Esclavos traídos de África, forzados a trabajar al ritmo de un látigo, enriquecieron al imperio y a sus colonos a través de la caña de azúcar, algodón y añil por más de 175 años.
Cuando hubo rebeliones, porque siempre las hay en sistemas de esclavitud, fueron aplastadas. Cuando llegó la abolición de la esclavitud en 1848, llegó tarde y mal, sin reparación, sin tierra, y sin futuro para los recién liberados esclavos. La libertad fue legal, mientras que los obreros indígenas y negros fueron condenados a la miseria estructural a través de contratos laborales que los mantenían viviendo en la muchedumbre.
Además de los disturbios, vinieron los desastres, terremotos, tsunamis, y el huracán de 1867, el cual casi destruyó la isla. Y entonces, la metrópoli perdió interés. Dinamarca, ocupada en sus propios problemas y en su decadencia imperial, abandonó a la población isleña a su suerte. Las islas dejaron de ser negocio y pasaron a ser carga.
Pero vender no fue fácil. EE UU, ya convertido en potencia emergente en la segunda mitad del siglo XIX, llevaba décadas ojeando las Islas Vírgenes, acechando a la presa como un buitre paciente, girando en círculos altos, esperando no el momento justo, sino el momento débil. Pues a lo largo del siglo XIX el Caribe no sería un paraíso de paz, sino una autopista militar para la expulsión de los europeos de la mano del tío Sam y la doctrina Monroe.
Washington intentó comprar las islas varias veces a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Una y otra vez. Y una y otra vez, el parlamento danés se resistía, no por amor a los isleños, sino por orgullo geopolítico, pues para entonces las islas ya no eran rentables.
La escena más grotesca ocurrió cuando, en 1902, en uno de esos intentos de venta, las élites danesas, decididas a frenar la transacción, llevaron literalmente a un representante anciano, moribundo, a la cámara legislativa para que su voto inclinara la balanza. Un cuerpo casi sin vida usado como ficha política. No era teatro, sino las élites de un imperio en descomposición aferrándose a sus posiciones de poder.
Al final, la historia siguió el curso que siempre sigue cuando el dinero, la guerra y la presión internacional se alinean. En 1917, con Europa ardiendo en la Primera Guerra Mundial y con Estados Unidos consolidándose como poder mundial, Dinamarca cedió. Fue una venta bajo presión estratégica ya que Washington no quería que Alemania pusiera un pie en el Caribe, y Dinamarca no quería problemas. Las islas se vendieron y los habitantes no fueron consultados, como sucede en los juegos de poder entre imperios.
Hoy, cuando escuchamos las tensiones internacionales alrededor de Groenlandia, el cuento se repite, solo que con otros escenarios y otros recursos. Ahora, hablamos de hielo, minerales raros y rutas árticas, no algodón. Otra vez el Reino de Dinamarca se encuentra en su posición de potencia sin dientes, defendiendo territorios que no son Dinamarca.
Esta es otra ventana a los grandes juegos de realpolitik de las potencias de nuestros tiempos; élites peleando por un asiento en el tablero global.Y la moraleja, simple y brutal, en especial para nosotros tan lejos en esta linda América Latina, es que estas siempre han sido peleas de ricos, de imperios, y de testaferros.
De hombres que negocian mapas como si fueran propiedades privadas. Para ti y para mí, no cambia nada quién gobierne esa bandera. Cambian los uniformes, no las condiciones. Las Islas Vírgenes no fueron salvadas por Estados Unidos ni traicionadas por Dinamarca. Fueron moneda de cambio.