Ningún reactor nuclear resuelve el problema de dar de comer a veinte mil personas.
Esa es la paradoja de la flota estadounidense frente a Irán. Un portaaviones de propulsión nuclear puede navegar décadas sin repostar, casi indefinidamente. Pero los aviones y helicópteros que despegan de su cubierta consumen millones de galones de combustible convencional cada semana; la tripulación necesita comer tres veces al día y ningún reactor atómico produce arroz, agua potable ni medicinas. La fuerza naval desplegada en la región suma unos veinte mil marinos e infantes de marina, entre dos portaaviones, doce destructores con cerca de tres mil setecientos efectivos y un grupo anfibio de otros cinco mil. Esa fuerza consume más de cuatrocientas veinte mil raciones de comida y alrededor de ocho millones de galones de combustible por semana, dos millones solo para el ala aérea de un portaaviones, pese a que el barco que la transporta no necesita combustible para moverse.
El problema no es la energía, sino la logística, esa disciplina silenciosa que rara vez aparece en los titulares hasta que colapsa. El veintiocho de febrero, primer día de la guerra, Irán destruyó la principal base logística naval en Bahréin. Los demás puertos de la región capaces de recibir buques de este tamaño quedaron dentro del alcance de misiles y drones iraníes, prácticamente cerrados. La base útil más cercana hoy es Diego García, un atolón en el océano Índico, a más de dos mil doscientas millas de donde opera la flota. La alternativa, Singapur, exige cruzar el estrecho de Malaca y sumar casi tres mil setecientas millas.
Diego García tampoco es un dato geográfico neutral. Gran Bretaña sigue arrendándola a Estados Unidos como base, pese a haber cedido su soberanía a Mauricio, tras décadas de reclamos por el desplazamiento forzado de su población original, desenlace que el propio Donald Trump calificó de error grave. Ninguna gran potencia parece capaz hoy de proyectar fuerza sin apoyarse en territorios ajenos cuya historia colonial casi siempre se calla en el comunicado oficial.
Sin puertos regionales disponibles, la flota depende de un procedimiento tan antiguo como arriesgado: el reabastecimiento en mar abierto, cada cinco o seis días. Dos buques navegan en paralelo, a la misma velocidad y rumbo, separados apenas cincuenta metros, durante horas. La tripulación dispara líneas delgadas con rifles de un barco al otro; luego tiende cables de acero por donde corre el combustible y la carga, mientras helicópteros trasladan suministros en redes suspendidas en el aire. Una coreografía que exige precisión bajo amenaza real de ataque.
El costo humano ya se hizo visible. La tripulación del portaaviones Abraham Lincoln pasó nueve meses en el mar sin un solo permiso en puerto, despliegue que terminó en agotamiento generalizado, problemas de moral y hasta intentos de suicidio entre marinos exhaustos. Ningún ejército, por avanzado que sea su armamento, escapa a los límites del cuerpo humano.
Ese desgaste ya cruza fronteras. En Yemen, los hutíes ya amenazan instalaciones de Saudi Aramco en Yanbu al-Bahr y alcanzaron Riad con un misil balístico por primera vez, mientras Arabia Saudí pide con urgencia intervención militar directa a Washington. La respuesta ha sido un no. Funcionarios citan un supuesto compromiso hutí de no atacar intereses estadounidenses, pero la razón de fondo parece otra: que el arsenal de interceptores antimisiles de Estados Unidos y sus aliados se agotó sosteniendo la campaña contra Irán, y Riad busca ahora ayuda de emergencia en Francia, Reino Unido, Pakistán y Egipto. Un exembajador estadounidense lo resumió sin rodeos: “Arabia Saudí invirtió décadas en su alianza militar para un momento como este, y cuando llegó, Estados Unidos no respondió”.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse un poder militar que depende, en última instancia, de rifles disparando cuerdas sobre el mar y de jóvenes soldados a los que no se les permite pisar tierra firme por casi un año?