Con paciencia

La paciencia, entendida como una virtud ligada a la fortaleza y la humildad, es presentada como una herramienta esencial para fomentar la convivencia, el respeto y la comprensión entre las personas

  • Actualizado: 05 de agosto de 2026 a las 00:00 -

Hija de la virtud cardinal de la fortaleza, la paciencia se ha definido como la capacidad de sufrir con entereza los defectos de los demás. Cada día, en el hogar, en el trabajo, en la calle, nos topamos con frecuencia con actitudes, con conductas, que no nos agradan, que, incluso, pueden “sacarnos de quicio”, y que, para hacer posible la convivencia civilizada, debemos aprender a tolerar.

El obstáculo más formidable contra el que suele estrellarse la paciencia es ese vicio imponente que se llama soberbia. Este personaje nefasto, pero siempre presente y actuante, nos hace creer que somos la medida de todas las cosas, que todos son imperfectos, menos nosotros; que los demás son menos listos, menos guapos, menos eficientes, y que el mundo sería mejor si estuviera poblado por millones de copias de nosotros mismos.

La soberbia enturbia toda relación y es el motivo de interminables pleitos. Y no es para menos: si siempre pensamos que llevamos la razón y el resto está equivocado, solo es encender la mecha y tendremos fuego y explosión, con todas las consecuencias subsiguientes.

Una persona que lucha por ejercitar la virtud de la paciencia rara vez pierde los papeles; se mantiene ordinariamente serena. Y es que el hombre o la mujer pacientes han echado antes mano de la virtud de la humildad y han reconocido que, así como los demás tienen carencias, ellos les llevan la delantera en ello.

En otras palabras, a los pacientes, la humildad les ha hecho ver antes sus miserias que las de los demás. Lo que no deja de doler, pero da una perspectiva más objetiva de la conducta ajena.

Claro, la paciencia no nos vuelve impasibles, no nos convierte en una especie de esfinges inanimadas o carentes de emociones o pasiones. Pero nos reconduce, nos lleva por caminos que evitan, justamente, la impaciencia.

La paciencia evita la desesperación, el juicio precipitado, la furia sin contención, las caras de disgusto, incluso.

La paciencia nos hace ver que no todos aprendemos al mismo ritmo; que los procesos de maduración varían de individuo a individuo; que hay rutas distintas a las nuestras para llegar al mismo fin. De esa manera aprendemos a respetar a los otros y a reconocer la belleza de la diversidad.

Cuando entendemos la importancia de cultivar esta virtud, comenzamos el camino, no poco arduo, de la comprensión, de la tolerancia, como antes mencioné, del desarrollo de la capacidad de ver en los demás a personas que valen precisamente porque, con sus diferencias, enriquecen nuestro mundo.

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