Para viajar de mi natal Villanueva hacia San Pedro Sula, en aquellos años de la niñez, había que madrugar porque el recorrido duraba tres horas, ya que la carretera era de tierra y no pasaba por Chamelecón porque solo estaba el puente del ferrocarril. Así que la baronesa tomaba el desvío de Búfalo para salir a La Lima, donde se detenía para que los pasajeros compraran algo de comer.
Luego continuaba su lento viaje hasta la ciudad de destino, que comenzaba a abrirse al desarrollo.Por ese tiempo, uno de los deleites era ir a saborear una media luna y una soda al salón Camagüey, en las visitas esporádicas que hacía con mi padre a la Ciudad de los Zorzales.
El Camagüey era por esa época uno de los centros de recreación de lujo, pero a la vez muy populares. Con solamente 30 centavos, los jóvenes, que eran sus principales clientes, se tomaban una gaseosa y comían la mitad de un emparedado de jamón y queso llamados media luna.
El propietario del negocio era Osvaldo Fernández, un cubano bonachón conocido como Camagüey por ser originario de esa ciudad de la isla caribeña. Su altruismo y su amor por San Pedro Sula lo puso de manifiesto el señor Fernández a través de voluntarias gestiones de servicio público, entre ellas, la fundación del Cuerpo de Bomberos. Otro de los salones de moda era el Bell, famoso por sus tacos crujientes y sus vacas negras, una mezcla de “ice cream” con refresco cola. Era el preferido por estudiantes del instituto José Trinidad Reyes, que en ese tiempo funcionaba en un elegante edificio del barrio Los Andes, el cual ahora se encuentra en ruinas.
Muchas parejas que ahora son abuelos también se enamoraron frente a dos interminables vasos de refresco en el salón Robert, que atendía donde ahora está La Pamplona, frecuentado sobre todo por estudiantes del colegio San Vicente de Paúl. En ese tiempo poco se conocían las baleadas.
El “boom” fueron los sándwiches y “hamborgas”, al estilo norteamericano, a las que después llamaron hamburguesas. Los cinematógrafos que recuerdo eran el Hispano, el Clamer y el Colombia. Su clasificación de salas (galería, luneta y palco) pasó a la historia luego de que fuera inaugurado, el 17 de abril de 1959, el cine Tropicana, deslumbrando con un sistema de aire acondicionado y asientos pulman que hasta ese momento no tenía ningún cine.
El Tropicana desapareció con la llegada de los cines a los sofisticados centros comerciales conocidos como “mall”, que centralizan, en lujosas instalaciones climatizadas, las principales actividades comerciales de la metrópoli.
En la parte baja de las tiendas, instaladas en ambos lados de la Calle del Comercio, estaban los negocios y arriba vivían los dueños con su familia, algunos de los que paseaban a pie con sus hijos sin temor. Nadie se asombraba de verlos barrer las aceras de sus negocios, que ahora lucen atestadas de basura y vendedores estacionarios.