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Hondureña Gabriela Bueso, un gran talento en miniatura

  • 03 agosto 2015 /

Lo que le falta en cuerpo, debido a su trastorno de crecimiento, le sobra en capacidad a la pequeña Gabriela Bueso.

San Manuel, Cortés.

La profesora Mayra no soportó la emoción de ver a su alumna cantar y bailar mientras participaba en el festival de la canción de su colegio, por eso se salió del salón con un nudo en la garganta, al borde de las lágrimas.

Todos los demás maestros y estudiantes del Instituto José Manuel Arriaga de la comunidad de El Plan en San Manuel, Cortés, quedaron boquiabiertos al ver a Gabriela Bueso mover su diminuto cuerpo al ritmo de la canción Mala Suerte con la que al final ganó el primer lugar de aquella competencia estudiantil.

La maestra de música se conmovió cuando la colegiala sacó a relucir la vocación artística que tenía escondida, moviéndose con soltura, pues siempre se le ve tambaleándose al caminar debido a que pierde el equilibrio por sus deformaciones. Los médicos que asistieron el parto de su madre, allá en Santa Bárbara, diagnosticaron que tendría dificultades motrices y que no crecería mucho.

Pero lo que le falta en cuerpo le sobra en talento a la pequeña Gaby, según lo demostró con su brillante participación en aquella ocasión.

Nació con un daño esquelético que bloqueó su crecimiento, pero eso no ha sido obstáculo para figurar como una de las mejores alumnas del colegio en el que cursa el tercer ciclo.

De no ser porque fue operada recién nacida para estirarles los tendones de los pies deformes, no hubiera aprendido a caminar, mucho menos a bailar como lo hizo en el festival interno de su colegio.

Apenas mide 75 centímetros a causa del trastorno de crecimiento llamado acondroplasia del cual no se sabe la causa, según dijo el doctor Servio Danilo Cabrera quien le enderezó los pies para que pudiera calzarse y andar apoyando las plantas.
Aprendió a caminar reclinándose en un perrito que era su mascota y parecía que entendía lo que la niña quería, dice la familia. Al principio se iba rodando cuando quería moverse de un lado a otro, comenta su padre.

Ahora que ya es toda una muchacha porque en este mes cumple sus quince primaveras, no quiere recordar que su segunda mamá le ponía vestidos de tierna y la llevaba a la escuela en el cochecito de su hermano menor cuando ya ella tenía 10 años. En ese tiempo vivían en Choloma.

Foto: La Prensa

La joven es muy querida entre sus compañeros de clases.


Su familia ha llevado una vida nómada

Nació en el hospital de Santa Bárbara Integrado, pero vivió además en Colón, de donde su familia se trasladó a la aldea en la que ahora la menor busca superarse sin importarle sus limitaciones físicas.

Aparte de no haber desarrollado normalmente su cuerpo, padece de miopía y estrabismo como también le tiembla un ojito, pero se puede operar, dijo su padre.

Por el momento tiene que seguir usando sus lentes gruesos porque la familia no tiene recursos para pagar una cirugía. Ella se sostiene con ayudas económicas hasta de los maestros porque el padre no tiene un trabajo fijo debido a una lesión que sufrió en el brazo izquierdo. Incluso el celular que ella guarda celosamente en su mochila se lo regaló uno de sus mentores.

Sin embargo, la jovencita dice que espera graduarse en la universidad para trabajar y ayudar a su papá. Su madre biológica se alejó del hogar, así que Gaby y sus tres hermanitos dependen únicamente de su padre y su madrastra; pero esta tampoco trabaja porque está dedicada a cuidarlos a ellos.

El papá la lleva a veces al colegio, empujando su silla de ruedas en un trayecto de un kilómetro porque ella no tiene fuerzas para manejarla. Cuando puede le paga mejor un carro de alquiler para que la transporte.

Dibujante

En su casa, la quinceañera pasa encerrada en su cuarto haciendo tareas o dibujando, pues el arte gráfico es otra de sus aficiones. Le gusta dibujar, sobre todo modelos femeninos y lo hace casi como una profesional; pero también ayuda en los trabajos domésticos. “No me gusta mucho jugar”, manifiesta.

Su profesora Mayra dice que cierta vez que fue por ella a la casa la vio lavando ropa encaramada prácticamente sobre la pila. Se asustó, no tanto por lo que hacía su alumna, sino porque le pareció que podía caer dentro del depósito de agua y ahogarse. “Estaba parada sobre un banquillo para poder alcanzar el rival”, dijo.

Alabó el optimismo con que la estudiante ve la vida y sus ansias de superación. “No se acompleja por nada”. Sin embargo, su futuro es incierto porque el padre está haciendo planes para irse a Estados Unidos y llevarse luego a su compañera de hogar, creyendo que así saldrá de sus penurias.

La esperanza es que la abuela que vive en Santa Bárbara y vio por ella cuando estaba niña se haga cargo de la nieta, pero resulta que la señora ya tiene más de noventa años y está enferma. Gaby parece ajena a esta realidad, pero en el fondo se preocupa por sus estudios.