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Había soñado que llegaba al cielo antes de que lo mataran

  • 02 agosto 2015 /

Javier Bautista López, un apasionado de los tambores y fiel creyente, fue asesinado en Cofradía.

San Pedro Sula, Honduras.

Comenzaba a anochecer en San Pedro Sula el viernes antepasado. En una casa sencilla enclavada en una loma del sector La Puerta, don Julio y su esposa Marta esperaban que su hijo Javier regresara de Cofradía cuando cayó la llamada.

Lo habían ultimado a balazos a los pocos minutos de haber terminado de practicar en la banda de guerra del Instituto Departamental Evangélico de Cofradía.

Es posible que para la Policía el asesinato de Javier Bautista López (18) pase a formar parte de los anales del olvido, como ha sucedido en casos similares, pero el recuerdo del joven no desaparecerá del corazón de sus padres.

Ellos le enseñaron a andar por los caminos del cristianismo y el trabajo. Don Julio, experimentado maestro de la construcción, se lo llevaba para que lo acompañara como ayudante desde que tenía 10 años.

“Manejaba la piocha y la pala, jalaba arena y hacía poquitos de mezcla”, recuerda el padre un poco repuesto por el golpe de haberlo perdido a sus 18 años. Era el último de cuatro hermanos.

Amaba su “tarola”, una batería de tres tamboriles unidos que tocaba en la banda del colegio por puro amor al arte porque ya había terminado sus estudios de secundaria y no ganaba más que puras satisfacciones.

Hasta ayudaba a instruir a los otros integrantes de la banda ganadora de varios trofeos. Precisamente el domingo siguiente, el grupo iría a competir con otros colegios en Yoro, pero la muerte se interpuso y se canceló el viaje.

Ser músico fue su sueño de niño. Hacía sonar cuanto traste encontrara a su paso. Así fue aplastando los calderos de la cocina, que golpeaba como si se tratara de instrumentos de percusión.

“Solo falta que practiqués en mi cabeza”, le decía el papá sin el ánimo de ofenderlo porque era un cipote obediente y educado. “Nunca decía malas palabras”. No era para menos si servía en la iglesia del Ministerio La Cosecha desde que tenía seis años.

Un joven ejemplar

Cuando lo mataron tocaba la batería en el grupo de la iglesia y servía como supervisor de diaconado. Así satisfacía su vocación cristiana y su pasión por la música. Le gustaba evangelizar a sus amigos, incluso a los integrantes de pandillas que viven en la colonia en la que creció, dice su padre.

Uno de sus sueños era ver terminada la casa que estaba construyendo con su padre allí mismo en la La Puerta número dos, frente al Campo Agas, pero quería que, aunque sencilla, fuera de dos pisos.

Unos días antes de que las balas terminaran con su sueño había llevado arena y varillas de hierro a la construcción que hoy más que nunca don Julio se ha propuesto terminar.

“Cuando la termine se la voy a dedicar a él”, dice el hombre.
El joven decía que sería pastor y a la vez estudiaría para abogado, para lo cual se matricularía el otro año en la universidad.

Caminaba por una oscura y empedrada calle con un amigo y una amiga, después de practicar en el colegio, cuando fue ultimado en circunstancias aún no esclarecidas.

La directora del colegio, Mirian Pineda, dijo que la muchacha le pidió que la acompañara a su casa antes de que él abordara el bus que lo transportaría a San Pedro Sula.

Su madre solía esperarlo al pie de la loma donde está la vivienda, pero todavía no había bajado cuando a don Julio lo llamó la novia de Javier, que vive en Ocotepeque, para darle la noticia.

Lo raro para el padre es que a la muchacha le avisaron del suceso desde el mismo teléfono celular del muerto. “Acaban de joder a Javier”, escuchó ella al otro lado de la línea y de inmediato se comunicó con don Julio. ¿Por qué la Policía no recogió el celular?, se preguntó el hombre sin esperar respuesta.

Mejor piensa en la eterna sonrisa del muchacho mientras muestra el pensamiento que le dedicaron sus amigos: “Apagaron tu música, pero tu alma se queda con nosotros, ahora formas parte de la banda celestial”.

Foto: La Prensa

Los familiares de Javier siempre se sintieron orgullosos de su hijo.

HONOR

“De todos los cipotes que he tratado, a él no le escuché ni una mala palabra; eso se justifica porque era cristiano”, dijo la madre de uno de sus compañeros. El próximo trofeo que gane la banda se lo dedicarán a él y se lo entregarán al padre, dijo.