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SAN PEDRO SULA.
En sus manos, la maravillosa naturaleza se ha transformado en minúsculas e invaluables obras de arte verde.
Carlos Paz Haslam y su esposa Giselle Downing, ligados a la medicina y la salud por profesión, pasan interminables horas en la placidez de su jardín, un jardín diferente en el que curiosamente lo que menos hay son flores.
Simplemente este pequeño universo natural es magnífico. Han hecho que su hogar atesore el milenario cultivo de bonsáis o árboles enanos, haciendo de esta pasión todo un estilo de vida.
Detrás de los muros de su refugio familiar está el gran tesoro que llevan cultivando por casi 20 años y que cuidan celosa y apasionadamente.
Todo inicia prácticamente a las 5:00 am que comienzan a vivir el día a día, entre la familia, sus trabajos y compromisos personales, pero sin duda el más importante son los bonsáis.
“Son como bebés. Necesitan cuidados precisos. La temperatura, el agua y sus cantidades, la poda y sobre todo el amor que le damos a cada uno, porque ellos en realidad sienten. Si los descuidamos por dos o tres días, empiezan a resentirlo, y eso se nota en su color y textura”, explica el experto.
Increíble habilidad. El doctor Paz, como es conocido en San Pedro Sula, y Giselle comenzaron hace 19 años. “Ahora tenemos 234 terminados y 62 en proceso; porque desde el inicio hasta llevarlos a su punto final son varios años”, explica Giselle.
La fase de creación de un árbol enano tiene como base la paciencia y la delicadeza de su artesano.
Es una terapia y relajación estar en plena faena procurando darles la forma deseada a las ramas y evitando con la poda que el bonsái logre más dimensión.
“El de mayor edad es una herencia de una señora de Filipinas que se fue a vivir a Estados Unidos porque su esposo era gente de una maquila y no le permitieron llevárselo. Había estado en su familia por tres generaciones”.
Esa dama buscó al doctor Paz, porque al ser algo que no tiene precio, lo que ella quería era un experto que lo cuidara como un miembro más de su familia. Debe estar tranquila y feliz, ya que este bonsái tiene 84 años de vida, 12 de ellos, en manos de los esposos Paz Dowing, quienes lo tienen en un lugar de privilegio en ese impresionante oasis japonés.