San Pedro Sula, Honduras. Para la profesora Natalia Barahona, educar no se limita solo a explicar una lección, pues luego de 35 años como docente, ha aprendido que en algunas ocasiones también hace falta acompañar, escuchar y, sobre todo, hacer que un niño pueda sentirse nuevamente estudiante incluso dentro de un hospital.
Barahona es la maestra de la escuela Oasis de Esperanza, un centro educativo que desde hace 24 años funciona dentro del hospital Mario Rivas, mediante un convenio con la Secretaría de Educación, con el propósito de dar continuidad a los procesos educativos de los niños que permanecen hospitalizados.
Allí atiende estudiantes desde prebásica hasta noveno grado, algunos en el salón de clases y otros directamente en las salas, cuando su condición de salud no les permite movilizarse.
Su jornada comienza recorriendo las áreas de hospitalización para identificar a los niños en edad escolar y conversar con sus padres acerca del grado o nivel que cursan, información que posteriormente le permite organizar las actividades que desarrollará durante el día, tomando en cuenta no solo su formación académica, sino también cómo se sienten física y emocionalmente.
“Aquí aplicamos la pedagogía hospitalaria. Buscamos hacerle un poquito más fácil el proceso de enfermedad al niño”, explicó la docente, quien procura que las clases sean dinámicas y se adapten a las habilidades, intereses y condiciones de cada estudiante, porque sabe que detrás de cada tarea también hay un niño atravesando un tratamiento, esperando una cirugía o recuperándose de ella.
Algunos permanecen en el hospital apenas unas horas o unos días, mientras otros pueden pasar semanas e incluso hasta tres meses, especialmente aquellos que requieren procedimientos o seguimientos prolongados.
Durante ese tiempo continúan realizando actividades escolares y, cuando reciben el alta, Oasis de Esperanza les extiende una constancia con el trabajo desarrollado para que los docentes en el centro educativo de origen puedan tomarlo en cuenta.
La dinámica, sin embargo, dista mucho de la de una escuela convencional, ya que Barahona debe aprender a medir los tiempos de acuerdo con el estado de cada niño. Hay quienes llegan al aula después de una cirugía, otros atraviesan episodios de fiebre o dolor y algunos únicamente pueden permanecer durante períodos cortos; aun así, cuando se sienten con ánimo para regresar, encuentran nuevamente las puertas abiertas.
Esa cercanía le ha permitido construir una relación especial con sus estudiantes y darle un sentido distinto a una profesión que eligió desde niña. “Esta experiencia me ha servido para seguir con lo que más me encanta en mi vida: educar, formar, porque no solamente es en proceso pedagógico, sino en darles amor”, compartió.
Solo en 2025, el centro recibió alrededor de 420 niños y diariamente atiende entre cinco y 15 estudiantes bajo sus dos modalidades, en el aula o en sus camillas. Cada uno llega con una historia y una necesidad diferente, por lo que asegura que su objetivo es que, aun estando hospitalizados, no sientan que han quedado olvidados o completamente alejados de la vida que tenían antes de ingresar.
Para conseguirlo, buena parte de lo que ocurre fuera de las clases también depende de su gestión. A través de amigos, iglesias, instituciones educativas y el apoyo de su propia familia, Barahona consigue útiles escolares, materiales didácticos y algunas meriendas para los niños, siempre respetando las indicaciones médicas sobre su alimentación, mientras que el hospital facilita el espacio y el internet.
Lejos de conformarse con lo alcanzado, este año también impulsa un proyecto para fortalecer las habilidades digitales de sus estudiantes. La meta es reunir unas cinco computadoras portátiles que puedan utilizarse en el pequeño salón, donde actualmente los niños realizan algunas actividades digitales con el equipo de la propia docente.
Con este proyecto, explicó, busca ampliar las oportunidades de aprendizaje de los niños y acercarlos a nuevas herramientas, de manera que el tiempo que permanecen hospitalizados no represente también un rezago en su formación.
En este Día del Maestro, la historia de la profesora Natalia muestra una faceta de la docencia que pocas veces se ve, porque entre las hojas de tarea, tratamientos médicos y visitas a las salas, su trabajo busca que los niños no solo mantengan un vínculo con la escuela, sino también que encuentren un espacio de tranquilidad en medio del ajetreo diario del hospital y en días que pueden resultar difíciles.