"Escuché el bombazo y empezó a salir humo": la hondureña que vivió la guerra USA-Irán desde un crucero

Reina Odeth Ramírez de 31 años, trabajaba en el área de bar de un crucero cuando detonó la guerra en el Golfo Pérsico hace un mes. "Lloré como cuando se muere un familiar... pero era yo la que sentía que me iba a morir", contó en exclusiva a LA PRENSA

Escuché el bombazo y empezó a salir humo: la hondureña que vivió la guerra USA-Irán desde un crucero
  • Actualizado: 27 de marzo de 2026 a las 14:33 /
San Pedro Sula, Honduras

Hay historias que no se escriben: se sobreviven. Y luego, con las manos todavía temblando, se cuentan.

Reina Odeth Ramírez, 31 años, hondureña, madre, migrante, trabajadora de crucero, estuvo 19 días atrapada en un barco en Dubái cuando estalló la guerra entre Estados Unidos e Irán. Mientras en cubierta sonaba la música y los turistas brindaban, ella miraba por las ventanas cómo un edificio cercano ardía tras un bombazo.

A un mes del inicio del conflicto, ya está en casa. Pero su relato sigue en altamar. Así lo contó a LA PRENSA Premium:

Mañana sábado 28 de marzo de 2026, el conflicto entre Estados Unidos e Irán cumple un mes de hostilidades activas, tras haber iniciado a finales de febrero con ataques aéreos conjuntos con Israel.

Tras un mes de hostilidades, el conflicto ha escalado hasta alcanzar un costo diario para Estados Unidos de aproximadamente mil millones de dólares, impulsado por el uso intensivo de tecnología misilística y el despliegue de portaaviones.

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Esta carga financiera se suma a un saldo humano trágico en territorio iraní, donde las bajas civiles y militares ya se cuentan por miles tras los bombardeos estratégicos a infraestructuras clave.

Mientras tanto, Irán mantiene una postura de resistencia con la movilización masiva de sus tropas y el bloqueo de rutas marítimas esenciales, lo que ha transformado la región en un polvorín de alta intensidad.

En el ámbito global, la guerra ha disparado el precio del petróleo por encima de los 100 dólares por barril, desestabilizando los mercados energéticos y provocando una crisis de suministros que afecta desde el transporte hasta la producción de alimentos.

El cierre del Estrecho de Ormuz ha estrangulado el comercio internacional, obligando a potencias mundiales a buscar mediaciones urgentes.

A pesar de la devastación económica y el riesgo de una expansión regional del conflicto, la tensión diplomática persiste, dejando al mundo a la espera de un avance real en las negociaciones que detenga esta hemorragia de recursos y vidas.

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Un hijo, un diagnóstico y muchas cuentas

Antes de su historia en los barcos, la vida de Reina Odeth estaba ligada a las ventas y el comercio. “Yo hacía de todo”, dice. Vendía ropa, buscaba ingresos donde fuera posible, como tantas mujeres hondureñas que sostienen la casa con lo que tienen a mano.

Su hijo, Lennon, fue el motor de todo. Diagnóstico de autismo a los cuatro años, terapias constantes, gastos que no dan tregua. “Llegó un punto en que ya no pude costear todo... me quedé sin ni un peso”, recuerda. Fue entonces cuando tomó la decisión más difícil: irse.

Sabía inglés. Tenía el sueño de navegar, postergado por la maternidad. Un hermano la ayudó a pagar los cursos y se embarcó. Desde 2023 trabaja en cruceros, atendiendo bares. Con ese trabajo logró sostener el tratamiento de su hijo, incluso ver avances. “Él estaba en grado 2 y bajó a grado 1”, dice, como quien resume años de sacrificio en una sola línea.

Así fue como se embarcó. Trabaja en cruceros que recorren los archipiélagos de las íconicas islas griegas en Cícladas, el Dodecaneso y las Islas Jónicas, pero en diciembre de 2025, su empresa decidió algo distinto: en lugar de terminar operaciones en noviembre como siempre, abrir una nueva ruta en el Golfo Pérsico. Era un movimiento comercial. Nadie hablaba de guerra.

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Hasta que el 28 de febrero, todo cambió. El crucero Celestial Discovery, con ella y otros seis hondureños a bordo, como parte de una tripulación de al menos 500 personas, estaba anclado en Dubái cuando estalló el conflicto.

La orden fue inmediata: nadie se movía. El barco quedó detenido, con pasajeros a bordo, como suspendido en un punto del mapa donde todo podía pasar. Y sin embargo, la vida siguió... al menos en apariencia.

“Cuando yo me levanté el día dos y subí a la piscina... todo mundo estaba bailando, bebiendo, normal”, cuenta. Afuera, no. Afuera, la guerra ya había empezado. “Cuando miro por las ventanas, un edificio estaba echando humo... había caído un bombazo”. La distancia: unos 20 minutos caminando.

Pero el miedo no llegó como uno imagina. No hubo gritos generalizados. No hubo pánico inmediato. Hubo silencio.

“Era un silencio bien extraño... nos mirábamos entre nosotros, sabíamos lo que estaba pasando, pero nadie decía nada”. Durante días, la tripulación siguió trabajando como si nada, atendiendo a turistas que ni siquiera podían bajar del barco porque los aeropuertos estaban cerrados. Fingían normalidad. Sus ojos, sus miradas hablaban por ello. Es que por dentro, era otra historia.

Reina Odeth y su hijo Lennon se funden en un abrazo que parecía imposible, a su llegada hace unos días a San Pedro Sula. Hoy, ya descansada y retomando su ajetreo, da gracias a Dios por estar en casa con su hijo y su familia.

“Yo estaba sirviendo bebidas... y cayó un bombazo a 20 minutos”

El tercer día fue distinto. Reina estaba trabajando en la discoteca, en la parte abierta del barco. Desde temprano, el cielo no dejaba de rugir. “Escuchaba mucho zumbido de aviones de guerra... yo miraba al cielo y decía: Dios mío, lo que va a pasar”. A las once y media de la noche, los vio bajar. Dos aviones. Uno persiguiendo al otro.

“Pasaron tan bajo que les vi las letras... uno era de Irán y el otro de defensa de Emiratos”. Dieron vueltas. Se perdieron entre edificios. Y luego, el estruendo. “Solo se escuchó el gran bombazo... y empezó a salir humo”.

Esa noche no lloró. “No tuve ni siquiera la reacción de llorar... solo sentí una presión en el pecho, como que alguien me lo apretó”. Algunos niños sí rompieron en llanto. Los adultos, no. Se quedaron paralizados, como si el miedo hubiera encontrado otra forma de quedarse en el cuerpo.

En el barco había más de 1,200 pasajeros. Un blanco enorme, inmóvil, en medio de una zona de conflicto. “Claro que pensaba que podía caer un bombazo... éramos un blanco muy bueno”, admite.

Dato

Gasto diario de USA

Se estima que las operaciones de guerra están costando aproximadamente mil millones de dólares por día.Primeros seis días: Solo en la fase inicial, el Pentágono informó un gasto de 11,300 millones de dólares, cifra que excluye costos de despliegue a largo plazo.

Y aun así, nadie les explicó nada. “Ninguna autoridad nos dijo qué estaba pasando... solo nos daban el horario de trabajo”. Afuera interceptaban misiles. Adentro, servían cócteles. La guerra se escuchaba en el cielo, pero oficialmente no existía.

Las noches eran otra cosa. Antes de dormir, Reina hacía lo único que podía: encomendarse. “Si pasa algo... en nombre de Dios, yo voy a dormir”. Sabía que un impacto sería definitivo. “Ese barco está lleno de combustible... no daría tiempo ni de decir ‘ay’”.

Hubo momentos en que se quebró. Uno, sentada en la parte trasera del barco, viendo el mar. “Lloré muchísimo... porque sentía que había una gran posibilidad de que no iba a regresar a casa”. Otro, en su cabina. “Lloré como cuando se muere un familiar... pero era yo la que sentía que me iba a morir”.

No llamó a su familia. No tuvo valor. “Yo sabía el peligro... pero no quería alarmarlos”. Solo hizo algo: enviar dinero a su mamá, como quien deja todo en orden sin decirlo en voz alta.

El crucero sigue anclado de Dubái, muy cerca del Estrecho de Ormuz, de donde no puede salir por la tensión y estrictos controles en la zona.

Decidida a volver a casa

El punto de quiebre de Reina Odeth llegó con una orden simple: preparar una maleta. Solo una. Les dieron cuatro días para evacuar. Pero también una advertencia: si había una emergencia, podían sacarlos en cualquier momento. “Nos dijeron que podíamos salir corriendo... solo con una maleta”. Habían hecho simulacros. Tenían puntos de reunión.

Ese día se quebró de verdad. “Yo estaba guardando mis cosas... y pensando en qué momento iban a decir que había que salir ya”. Lloró amargamente. Porque el futuro dejó de ser incierto y pasó a ser peligro real.

Pero, mientras muchos esperaban, ella decidió moverse. “Yo fui la única que levantó la voz”, dice.

Sin gritar, sin pelear, pero con claridad, empezó a llamar, a escribir, a buscar ayuda. Se aferró al contrato, a las cláusulas que obligaban a la empresa a protegerlos. Contactó Cancillería, embajada, a quien fuera necesario. “Yo buscaba ayuda, pero también daba las herramientas por dónde me podían ayudar”.

Conectarse y pedir ayuda hizo que lograra salir con éxito de la zona en conflicto.

Tenía algo claro: no iba a cruzar el Estrecho de Ormuz. “Si se les ocurría cruzar... yo no lo iba a hacer”. Era quedarse o salir.

Y eligió salir. La evacuación no fue sencilla. El aeropuerto de Dubái también era un blanco. “Estar ahí ya era una hazaña... era volar con el riesgo o no volver a ver a mi familia”. Pero no dudó.

“Por amor a mi hijo, yo atravieso lo que sea”, dijo. Y lo hizo.

Salió de Dubái en avión, llegó a España tras un vuelo de unas ocho horas, pasó 19 horas en escala en Madrid, y finalmente aterrizó en Honduras el 21, de madrugada. Un mes después de haber quedado atrapada en medio de la guerra.

Hoy, ya en casa, el cuerpo empieza a entender que está a salvo. “Me siento muy afortunada de estar viva... muy agradecida con Dios y con toda la gente que me apoyó”, dice. Habla también de lo que cambió. “Es un antes y un después... me siento mejor persona”.

Su hijo la esperaba.Y ella volvió.

Pero el barco sigue allá, detenido, sin cruzar el estrecho. Como si una parte de esa historia todavía no terminara. Porque mientras unos bailaban bajo luces de neón, ella entendió algo que no se olvida: que hay guerras que no se sienten cuando empiezan...

Reina Odeth con el Burj Khalifa de fondo. Este es un rascacielos de estilo neofuturista ubicado en Dubái, Emiratos Árabes Unidos. Con una altura total de 830 m y una altura de tejado ​ de 828 m, ha sido la estructura y edificio más alto del mundo desde su coronación en 2009, superando al Taipei 101, poseedor de ese estatus desde 2004.​​
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Jessica Figueroa
Jessica Figueroa
jessica.figueroa@laprensa.hn

Periodista de investigación, editora y cronista. Con 22 años en el periodismo escrito y multimedia. Con subespecialidades en diseño y edición gráfica e inteligencia artificial.